Jorge Vásquez Rendón

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Derecha e izquierda: el buen ladrón y el mal ladrón

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 Jorge Rendón Vásquez

 

 

 

Recuerdo aún la animada conversación de un carpintero de talla pequeña e hirsuto pelo pajizo y el hermano de mi madre, un desgarbado estudiante de derecho crónico ganado por la poesía. Eran las seis de la tarde y los operarios ya se habían ido del taller. Con la mirada centellándole de inteligencia y seguridad, el carpintero decía:


—La derecha y la izquierda, amigo, nacieron en el Gólgota cuando crucificaron a Cristo. Gestas, el mal ladrón, fue colocado a la izquierda de Cristo, era el rebelde; y Dimas, el buen ladrón, a la derecha, quien arrepentido, se puso de parte del poder y ganó la postrera estima de Cristo.


Mi tío farfulló algo y se abstuvo de replicar, posiblemente por no encontrar nada en su provinciana alforja de historia o porque intuía que en esto su habitual contertulio tenía razón.


Años después, buscando material para un trabajo de Derecho Constitucional en la universidad de San Agustín, hallé que la división política entre derecha e izquierda era más reciente. Había surgido en los debates de la Asamblea, durante la Revolución Francesa de 1789. Los partidarios del rey Luis XVI se situaron a la derecha del presidente y sus adversarios a la izquierda. La derecha, por lo tanto, defendía el conservadurismo o el mantenimiento del orden establecido, y la izquierda, el cambio. Y así quedaron ambas expresiones.

Más tarde, esta dicotomía, promovida con un maniqueísmo intencionado, dividió las opiniones políticas en solo dos grandes campos: la derecha y la izquierda. El bipartidismo: republicanos y demócratas; conservadores y liberales, conservadores y socialdemócratas, reproduce en cierta forma esa división que facilita su alternancia en el poder por el voto inducido de ciudadanos manipulados por la educación y el poder mediático. De hecho, las demás opciones quedan excluidas. No son compatibles con el sistema, y terminaban siendo deglutidas o eliminadas por esos grupos, aunque en ciertos momentos algunas rompan esos diques artificiales, ya estén en uno u otro lado.


A partir de la década del ochenta del siglo pasado, la derecha fue identificada con el neoliberalismo en sus diferentes grados, y la izquierda con la oposición a aquélla, leve, mediana o radical, aunque salvaguardando el sistema capitalista. La izquierda, ese tipo de izquierda, en el poder ha puesto en práctica, sin embargo, medidas neoliberales más extremadas que las acometidas por la derecha.


Los contestatarios del capitalismo para cambiarlo del todo han sido confinados al campo de la ultraizquierda donde se han minimizado hasta serles imposible alcanzar alguna presencia en la conducción del Estado.


En el Perú, hasta la instauración del gobierno de Velasco Alvarado las opciones políticas eran identificadas por los nombres de los candidatos a la presidencia de la República, aunque contaran con agrupaciones políticas inscritas. La excepción a esta regla eran los partidos Aprista, Comunista y Socialista, a los que sólo de modo circunstancial se les catalogaba como de centro al primero y como de izquierda a los segundos.


La velada oposición al gobierno de Velasco Alvarado de los grupos afectados por la Reforma Agraria y las expropiaciones de determinadas empresas de significación estratégica para el desarrollo económico impulsó la conformación de ciertos grupos políticos, algunos de los cuales enarbolaban como ideario la revolución social. Estos grupos eclosionaron oponiéndose al gobierno militar de Morales Bermúdez y, consolidados como partidos y movimientos políticos, intervinieron en las elecciones para la Asamblea Constituyente de 1978. En ese momento, el Partido Popular Cristiano (28% de la votación) era identificado como de derecha; el Partido Aprista (37%) como de centro; y un conjunto de partidos con difusas propuestas favorables a la población de menores recursos que los había elegido como de izquierda (34%). Fue el máximo porcentaje alcanzado en elecciones por esta llamada izquierda.


A pesar de sus trampas, la Constitución de 1979 que aprobaron estos movimientos políticos por tramos podría ser clasificada como de izquierda.


En adelante la izquierda perdió fuerza. Muchos de sus dirigentes se pasaron a la derecha o al establishment. Los que se quedaron en sus agrupaciones continuaron sin definir un proyecto económico, social, cultural y jurídico, necesario y viable, incapacidad que la mayor parte de sus votantes advirtió y los determinó a abandonarlos, buscando otras opciones.


El vacío dejado por la izquierda fue ocupado desde 1990 por una nueva clase de políticos aventureros, calificados por cierta prensa como francotiradores. En realidad, son pequeños lobos derechistas disfrazados de corderos, desplegados sobre las mayorías oprimidas, postergadas y despreciadas con vagos ofrecimientos, contingente en el cual ingresa la cúpula del Partido Aprista. Es el ciclo de los Fujimori, Toledo, García y Humala y de sus huestes parlamentarias que compraron sus candidaturas. Una vez en el poder del Estado, todos ellos, despojándose de sus disfraces populares, han gobernado sin escrúpulos para el capitalismo y la corrupción, contra los ciudadanos que los eligieron. La derecha económica y política y los intereses extranjeros los prefieren, por su eficiencia en el trabajo sucio. Frente a ellos, los residuales grupos de izquierda se han empequeñecido más aún y no han alcanzado representación nacional, salvo algunos de sus dirigentes que, mimetizados en las listas de los francotiradores, han logrado colocarse como congresistas.


Cierto número de dirigentes de izquierda, que han podido llegar al control de los gobiernos regionales y municipales y de algunas universidades, se han alineado también con el neoliberalismo y la corrupción. La vigilancia de la Controlaría y del Ministerio Público, concentrada sobre ellos y ciega y sorda ante los políticos y funcionarios de la derecha, ha pescado a algunos con las manos en la masa.


Observando este panorama, vuelvo a la elucubración del carpintero y no la encuentro tan fantasiosa. Los buenos ladrones, es decir, los más hábiles en la depredación del país, la expoliación de los trabajadores, la corrupción y la evasión de su responsabilidad civil, administrativa y penal, pertenecen a la derecha. Los malos ladrones, que imitan a los otros y se dejan atrapar, están en la izquierda.


Y las mayorías sociales, hacia las que se vuelcan de nuevo los políticos de derecha, los aventureros y los improvisados conglomerados de izquierda en víspera de las elecciones del próximo año, siguen sin aprender esas siniestras lecciones de la historia. Creo que quienes así lo vemos tenemos la obligación moral de construir otra opción: dialéctica, factible, leal y esperanzadora, y proponérsela.


(25/6/2015)
 

La opinión del autor no coincide necesariamente con la de Jornal

 

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