Velasco en 2017

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Héctor Béjar

 

 

 

 
¿Es necesario todavía reivindicar a Velasco? No, el paso del tiempo, ya se encargó de hacerlo. La historia borra los detalles, no siempre calma odios ancestrales, pero borra muchos resentimientos, desconfianzas y recelos. Y ahora ya podemos empezar a decir que el de Velasco, con sus virtudes y defectos, fue el gobierno más importante que tuvimos en el siglo XX, quizá el mejor de nuestra historia republicana. En todo caso, muchos de sus detractores dejaron de serlo. Aunque los sectores más irreductibles de la derecha siguen estigmatizándolo, pero son cada vez menos.

Virtudes: valentía, organización, planeamiento de la independencia del Perú respecto de los poderes extranjeros, honestidad. Una visión avanzada de lo político y lo social. Una calidad precursora de la autogestión, de la independencia real en el terreno económico e ideológico, un intento de hacer realidad la revolución sin calco ni copia. Un nacionalismo positivo, abierto al mundo. La posibilidad de un cambio social profundo, liberador.

Eso fue. Pero también tuvo defectos, limitaciones que la gente empieza a olvidar. Hubo la amnistía a los guerrilleros pero también la masacre de Huanta. Hubo la apertura de relaciones con el mundo, la ruptura de la cárcel diplomática en que la derecha y los Estados Unidos nos tenían encerrados, pero también las deportaciones de algunos periodistas y el cierre de Caretas. Hubo burocratismo, ingenuidad en muchos órdenes, inexperiencia (no podía ser de otra manera) en otros. No hay gobierno sin culpa. Pero el de Velasco fue un proceso que limitó al mínimo esos incidentes o accidentes y nadie podrá decir que tuvo la represión como una norma de política. Fue un gobierno duro en el control del país porque tenía que hacer frente a grandes poderes externos e internos. Dictatorial en lo político pero democrático en lo social aunque esto suene incoherente, porque abrió las compuertas del sistema para el ingreso de millones de campesinos y trabajadores que habían sido olvidados por la república criolla. Reforma agraria, reforma de las empresas, pueblos jóvenes, miles de sindicatos reconocidos, apoyo al cine y la cultura, ligas agrarias, esperanza en un futuro colectivo.

¿Quién puede tirar la primera piedra? ¿Quién puede poner virtudes y defectos en la balanza? El hecho es que el cuadro general que muestra, visto cincuenta años después, es el del único gobierno que pensó el destino del Perú estratégicamente, como un destino distinto a la herencia colonial, y trabajó consecuentemente por ello.

La nacionalización de los recursos naturales, la cooperativización del campo, la organización de comunidades industriales, la cogestión y autogestión, formaron parte de un modelo mucho más avanzado que los progresismos de hoy. Y, sin embargo, el proceso no fue entendido por todos, porque fue el primero en romper esquemas y dogmas que se vendrían abajo mucho después.

Juan Velasco Alvarado supo conducir a las Fuerzas Armadas por única vez hacia su real conciliación política, económica y social con el pueblo peruano. El rol personal de Velasco fue indispensable e insustituible en ese proceso.

Fue poco tiempo para generar cambios durables. Por siete años de revolución tuvimos más de cuarenta años de contrarrevolución. Y seguimos en ella.

Sin embargo, algunos cambios quedaron. Fundamentalmente, los siervos del Perú, aquellos que venían desde la colonia, ya no tuvieron más la cabeza baja. Y los viejos señores de horca y cuchillo desaparecieron de los campos peruanos dejando solo unos cuantos rastros. Quedaron algunos y nacieron muchos otros. Fue una revolución sin terrorismo ni sangre.

No se logró la liberación del Perú ni el cambio total porque el proceso fue frustrado. La tarea queda. Y el de Velasco es el anuncio histórico de algo que puede –y debe--, suceder en el futuro, porque la injusticia, la concentración de la riqueza, la marginación de los más, fueron fenómenos que retornaron. Algo nos interpela. Nos mueve a seguir trabajando por superar el anacrónico sistema que padecemos.

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