Luces y sombras de la política exterior de

Tricky Dicky

©

 

Gustavo Gorriti, director de IDL-Reporteros

 

 

 

Luces y sombras de nuestra política exterior

 

Alberto Adrianzen M.

 

 

Cuando se supo que el embajador Ricardo Luna sería el Canciller del nuevo gobierno de PPK, algunos pensaron (o pensamos) que nuestra diplomacia recuperaría un mínimo de coherencia, como también un mayor protagonismo internacional, aspectos de los cuales la diplomacia nacionalista, sobre todo luego de la renuncia de Rafael Roncagliolo, había carecido. Su condición de ser un diplomático de carrera, era un punto a su favor.

 

 

Es cierto que Ricardo Luna era y sigue siendo un personaje controversial. Tenía a su favor no solo ser un diplomático de carrera sino también haber sido jefe de gabinete, junto con José Antonio García Belaúnde, de ese notable excanciller que fue Carlos García-Bedoya. A ello se sumaba una carrera académica brillante. Antes de ingresar al servicio diplomático fue estudiante de las universidades de Princeton y Columbia en la que obtuvo su maestría en relaciones internacionales. Por otro lado, fue profesor visitante en varias universidades de Estados Unidos y Europa. Un dato importante en su carrera diplomático, además de los cargos que ocupó como embajador, fue su participación activa en el grupo de Apoyo a Contadora y el Grupo Rio para la pacificación de Centroamérica y en las negociaciones de paz con Ecuador. En realidad, un currículo que cualquier diplomático envidiaría.

Gustavo Gorriti, en un reciente artículo (Caretas:27/07/17), ha puesto las sombras de su paso por la vida diplomática. Cuando fue embajador en EE.UU. (1992-1999) se convirtió en uno de los más ardorosos defensores, primero del autogolpe del cinco de abril de 1992, y luego del régimen autoritario de Fujimori. Personas vinculadas a los organismos de derechos humanos lo recuerdan como un diplomático que sostenía que en el Perú de esos años no se violaban esos derechos. Incluso, se le vincula con ser uno de los miembros que participó en la confección de la famosa “lista negra” que determinó la salida de 117 diplomáticos en 1992.

...

Sobre Venezuela, la cancillería, el gobierno y la mayoría del congreso, decidieron ponerse no solo de lado de los sectores opositores al gobierno de Nicolás Maduro, con lo cual desconocían en la práctica a los negociadores que UNASUR y el gobierno venezolano habían designado, sino también una estrategia que incrementaba la presión internacional con el objetivo de buscar una salida rápida a la crisis en ese país. Y si bien este intento fracasó en la OEA y con ello la postura peruana, quedó claro de qué lado estaba en el Perú como me dijo un embajador extranjero en la OEA: “Me parece que Perú es uno de los pocos países que cueste lo que cueste está impulsando la salida del chavismo y la restitución de la cuarta República, para eso necesitan un enfrentamiento entre militares, entre civiles y entre militares y civiles”.

 

Luego de este fracaso el Perú propuso un arbitraje internacional para encontrar una solución negociada a la crisis venezolana. Lo curiosa de esta propuesta fue que la composición de los árbitros fue la siguiente: cuatro países pertenecientes al ALBA y cuatro países “democráticos” (sic) y como árbitro dirimente al primer ministro de Canadá. Esta propuesta que fue calificada por el embajador en retiro Oswaldo de Rivero como “un gran gazapo surrealista” (Diario Uno: 19/06/17) fracasó antes nacer. Como bien dice De Rivero: “El arbitraje es una institución jurídica internacional que versa sobre controversias entre Estados que es pactada previamente como un medio para resolverlas. Y es por esto que un tercer Estado no puede pedir el arbitraje sin acuerdo de las partes. Y menos aún pedir arbitraje sobre una crisis política interna”. 

 

Pese a ello, la postura peruana se fue radicalizando aún más. En la reunión en Lima a principios de agosto, donde asistieron 12 países y no 17 como estaba planificado, no se logró el consenso que nuestra cancillería buscaba. Por eso no fue extraño que, en la conferencia de prensa, una vez terminada la reunión, el canciller Luna haya empleado una frase que no estaba en la Declaración de Lima al calificar al gobierno de Maduro de “dictadura”.  Un dato curioso de esta conferencia de prensa fueron las palabras del canciller chileno, Heraldo Muñoz, que dijo que su país no aceptaba ni golpes o autogolpes como solución a la crisis en Venezuela, con lo cual mostraba sus discrepancias respecto a una salida rápida y no negociada entre las partes. Luego, vino la expulsión, medida que ningún país de la región ha tomado, del embajador venezolano. Hoy, lamentablemente el Perú, en la práctica, está al margen de una solución negociado y pacífica de la crisis venezolana tal como acaba de plantear el Papa en su reciente visita a Colombia.

 

Por otro lado, el Perú siguiendo el ejemplo mexicano y aceptando el pedido del presidente Donald Trump, acaba de expulsar al Embajador de Corea del Norte. Y si bien nuestras relaciones con ese país no son importantes queda claro que el Perú, como en el caso venezolano, ha terminado por alinearse con la política norteamericana lo que ha llevado a soslayar puntos importantes en la relación bilateral con ese país, como es el tema de su política migratoria que representa una verdadera amenaza a los migrantes peruanos.

 

He dejado al último el reciente escándalo provocado por la Superintendencia de Migraciones al impedir el ingreso al país de la diplomática saharaui Jadiyetu El Mohtar por considerarlo un tema interno. Según el oficio de migraciones la diplomática saharaui es un peligro a la “seguridad nacional y al orden público”, además, se le acusa de “usurpar el cargo de embajadora”. Y si bien estos argumentos son por decir lo menos “cantinflescos” ya que la diplomática saharaui no es ningún un peligro ni tampoco “usurpa” un cargo, puesta que esta calificación le compete a la República Saharaui y no a migraciones, debe quedar claro que este hecho -me pregunto si lo sabía el ministro del Interior- es consecuencia de la presión del fujimorismo y, acaso, de la propia Embajada de Marruecos.

 

Este incidente, como ahora sabemos, se inició el 14 de agosto de este año durante la sesión de instalación de la Comisión de Relaciones Exteriores del Congreso cuando el parlamentario fujimorista Carlos Tubino pidió la palabra para denunciar la presencia en el país de la embajadora saharaui. Tubino dijo cosas que no son ciertas como, por ejemplo, que “el Perú no reconoce a la República Saharaui” (RASD) para luego exigir la presencia del canciller Luna para que explica la reunión entre el director de África de la Cancillería y la embajadora de la RASD. A este pedido se sumó la congresista Cecilia Chacón que habló, además, de la “extraordinarias relaciones con el reino de Marruecos”. Luego el congresista Rolando Reategui envío un oficio a migraciones sobre este “problema”. El lobby marroquí, si cabe la expresión, no solo mostraba sus cartas sino también sus “representantes”.

 

Sin embargo, lo que no se ha dicho sobre este hecho es que la presencia de la embajadora de la RASD en el país se debía a un acuerdo entre el presidente Pablo Kuczynski y el presidente saharaui durante la asunción a la presidencia de Lenin Moreno en Ecuador, que consistía, justamente, en una visita de la embajadora saharaui a la cancillería.

 

Por último, la carta enviada a los congresistas Marisa Glave y Alberto Quintanilla por el Canciller Luna, en lugar de aclarar este incidente lo oscurece, mostrando así una visible debilidad del gobierno frente a las presiones fujimoristas lo que nos lleva a preguntarnos sobre quién maneja nuestra política exterior.  No hay que olvidarse que quien dirige nuestra política exterior, según la Constitución, es el Presidente y no la oposición fujimorista.

 

 

ESTA ES LA BOMBA QUE SOLTÓ GORRITI

 

El mes de julio del año 2000 fue tenso y ominoso desde su primera quincena. La confrontación entre la dictadura de Montesinos y Fujimori con la oposición democrática marchaba hacia el inevitable desenlace de fin de mes. La atmósfera pesaba con la movilización popular enfrentada a los recursos de la propaganda, desinformación, intriga, amenaza y espionaje del régimen.


Nos encaminábamos hacia los días de definición del fin de mes sabiendo que iban a ser graves y centrales y que nuestros mejores planes podrían ser modificados o rebasados por los hechos.


Julio es, sin embargo el mes de la libertad. Antes del 28, llegó el 14 de julio. El entonces embajador de Francia, Antoine Blanca, recibió con calidez a los dirigentes de la oposición democrática en el día que celebra el mundo entero los ideales de la libertad y la democracia conquistadas y defendidas. No asistió ni un solo miembro del gobierno de Fujimori y Montesinos. Me parece que quisieron así manifestar su desagrado a Blanca por su virtualmente abierto apoyo a la oposición democrática. Y así, durante las horas de ese 14 de julio, la residencia de la embajada de Francia fue un oasis de celebración de la libertad en medio de una ciudad aún controlada por los enemigos de esta.


"El fujimorismo, que perdió otra vez el poder, se mantiene, sin embargo, cerca de él, con modos imperiosos ante un gobierno que oscila entre el apaciguamiento y la sumisión".


Lo recordé ahora, diecisiete años después, al enterarme de que este año la cancillería ordenó a sus funcionarios no asistir a la recepción del 14 de julio, para demostrar algún desagrado tan misterioso, o ridículo, que no llegó a expresarse en palabras. Sea cual fuere el origen o significado de esos pujos, la presencia del presidente de la República y su esposa en la embajada francesa los desvirtuó por completo.


Es verdad que hay más diferencias que semejanzas entre el boicot del dos mil y el de este año. En el primero había un enfrentamiento que se encaminaba a un conflictivo desenlace; en el segundo, una pataleta silenciosa que terminó en el ridículo al ser implícitamente desautorizada por el propio Presidente.


Pero por más que esto último sea farsesco, lo que hay en común entre uno y otro gesto es el estilo y, en por lo menos un caso, el personaje. El boicot del dos mil fue un típico gesto del fujimorismo y el montesinismo. Y el responsable del gesto análogo de este año, el actual canciller Ricardo Luna, fue un dedicado defensor diplomático del golpismo fujimorista desde poco después del golpe de 1992.


Hace algunos meses, en diciembre del año pasado, el periodista Alonso Ramos publicó un artículo en Hildebrandt en sus 13, en el que reseñaba el activo papel que tuvo Luna, embajador del régimen fujimorista en Washington “entre 1992 y 1999”, en la defensa del régimen golpista. Ramos mencionó también, la “controvertida participación” de Luna en la “confección de la “lista negra” que acabó con la carrera de 117 diplomáticos en 1992”. Luna lo niega, pero otros lo afirman.


Lo que no está en discusión es que, como escribe Ramos, Luna “defendió al régimen fujimorista con ardor” desde el comienzo de su gestión en Washington. Soy testigo de ello. Apenas recuperé la libertad luego del golpe del 5 de abril, busqué describir y exponer, sobre todo ante el público estadounidense, (yo escribía entonces para varias publicaciones de ese país) cuál fue la naturaleza del golpe y quiénes eran los golpistas, especialmente quién era Montesinos. Recuerdo que luego de una nota mía, publicada en The New Republic, Luna remitió una carta en la que sostenía que mi reportaje sobre el papel de Montesinos era básicamente un caso de teorías conspirativas y delirio de persecución. En otro caso, respondió un artículo sobre la corrupción de la Fuerza Armada y la Policía en el narcotráfico, negando con vehemencia los hechos señalados por el periodista que lo escribió. Ahora todos lo sabemos, pero entonces muchos ya conocíamos los niveles de corrupción y la entraña corrupta del régimen fujimorista. Así que bajo el pretexto de defender el país, Luna representó a la mafia que lo dominaba.


Como lo hizo combinando fruncimientos con sonrisas, me presté la chapa de Richard Nixon: Tricky Dicky. Quedó a la medida.


Desde entonces, claro está, mucho ha pasado y mucho ha cambiado. Pero bastante ha permanecido también. El fujimorismo, que perdió otra vez el poder, se mantiene, sin embargo, cerca de él, con modos imperiosos ante un gobierno que oscila entre el apaciguamiento y la sumisión.


Y dentro del gobierno, los antiguos funcionarios de confianza del fujimorismo, como Tricky Dicky, encuentran quizá que gestos destemplados como los del 14 de julio ganarán indulgencias naranjas. No encuentro otra explicación a ese desatino.


Conozco al embajador Fabrice Mauriès. Es una persona inteligente, articulada, que expresa la posición de su gobierno en forma a la vez informada y directa. No ha tenido inconveniente en polemizar con funcionarios o congresistas. Prefiero cien veces la discusión inteligente y abierta sobre asuntos de relevancia pública antes que los circunloquios relamidos, los juegos de influencia y las cortesanías.


Ojalá hubiera más embajadores como Mauriès en nuestro medio. Eventualmente estimularía, así fuera por reciprocidad, el desarrollo de diplomáticos de estilo similar en Torre Tagle.

 

¿Quién es Tricky Dicky?

Esa es la chapa que Gorriti le ha puesto al canciller Luna. Así insultaban llamaban a Richard Nixon, el político republicano que se ganó ese apelativo por hacer guerra sucia asolapada contra sus adversarios.

Imagen: Perú 21

Uhm… ¿Tiene cara de asustado o de que está planeando algo fujimontesinista? Imagen: Perú 21

¿Y me estás diciendo que Luna fue un antiguo funcionario de confianza del fujimorismo?

Sí. El maestro Kenobi Gorriti presenta un montón de escenas que no dejan bien parado a Luna:

  •  “El responsable del gesto análogo de este año, el actual canciller Ricardo Luna, fue un dedicado defensor diplomático del golpismo fujimorista desde poco después del golpe de 1992”.
  • “Apenas recuperé la libertad luego del golpe del 5 de abril, busqué describir (…) y exponer cuál fue la naturaleza del golpe y quiénes eran los golpistas, especialmente quién era Montesinos. Recuerdo que luego de una nota mía, publicada en The New Republic, Luna remitió una carta en la que sostenía que mi reportaje sobre el papel de Montesinos era básicamente un caso de teorías conspirativas y delirio de persecución”.
Jaja, el fujimorismo no fue una dictadura jajaja. Imagen: El Comercio

Jaja, el fujimorismo no fue una dictadura, jaja. Imagen: El Comercio

 
  • “En otro caso, respondió un artículo sobre la corrupción de la Fuerza Armada y la Policía en el narcotráfico, negando con vehemencia los hechos señalados por el periodista que lo escribió”.

A eso súmenle el testimonio que nadie hizo caso otorgó el año pasado el constitucionalista Alberto Borea sobre Tricky Dicky:

“Luna fue embajador hasta 1999, es decir, prácticamente todo el gobierno de Fujimori, y sí era un defensor y propulsor [del retiro del Sistema Interamericana]. No solo defendía los exabruptos, sino que hacía una tarea proactiva para el retiro del Perú de la CIDH y Corte IDH. Lo que pasa es que tenemos corta memoria”.

Ahora ya entiendes mejor el roche de la embajada y por qué la bancada Mototaxi nunca pedirá la censura de Luna. Uno más para el team de Pedro Olaechea y Cayetana Aljovín.

 

www.jornaldearequipa.com