Vizcarra:

Ahora si te quiero ver

 

Juan Tafur

 OCTUBRE2019

 

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¡Ahora pues, presidente!: La ciudadanía se ha activado, han crecido sus expectativas y ya no tendrá en el enfrentamiento con un Congreso lamentable una vía de desfogue.


Si el presidente Vizcarra emplease una parte del arrojo e inteligencia operativa con las que, con inesperado éxito, ha derrotado al poderoso fujiaprismo, en los quehaceres propiamente gubernativos que le corresponden, otro sería el cantar de su administración.

Porque esta crisis política se debe en un ochenta por ciento a la tozudez de un partido como Fuerza Popular, cuya lideresa ha destruido el patrimonio político que heredó y administró, y en un veinte por ciento a la medianía de un Ejecutivo que no ata ni desata en materia de gestión gubernativa.

En el ámbito político, a Vizcarra le ha ido muy bien. Ha triunfado inobjetablemente. Con precisión inesperada, el mandatario moqueguano ha demolido una oposición beligerante que parecía imbatible y actuaba con prepotencia. Vizcarra aprendió rápido la lección de su inefable predecesor y a punta de confrontación ha sabido construir un gobierno viable. El suyo es el mejor homenaje al presidencialismo consagrado en la Constitución fujimorista del 93.

En ese afán, si bien se ha visto obligado a jugar en las fronteras de la constitucionalidad, se ha ceñido a ella haciendo uso legítimo de la cuestión de confianza e interpretando correctamente la denegatoria obtusa del Parlamento, que quizás nunca imaginó que este provinciano advenedizo les iba a dar la mayor lección política de su historia.

Ahora lo que corresponde es que Vizcarra acometa las tareas gubernativas respecto de las que no tiene aún mayores logros que mostrar. El panorama en materia económica, el destrabe de proyectos de inversión, las propias reforma judicial y política, la seguridad ciudadana o la mejora cualitativa de la salud y la educación públicas, no es óptimo. Por el contrario, muestra un deterioro respecto de la fecha en que el presidente asumió las riendas del Estado.

Justamente debido a la mediocridad gubernativa que se advierte, el adelanto de elecciones parecía el mejor escenario. No solo resolvía la desgastante y estéril pugna entre el Ejecutivo y el Legislativo sino que acortaba un mandato sin mayores luces, dándole la oportunidad al país de “resetearse” y afrontar el tránsito político del Bicentenario en medio de alguna normalidad expectante.

No genera entusiasmo el flamante gabinete Zevallos. Inexperto, demasiado para la coyuntura crítica que transitamos, y con singularidades tecnocráticas de poca hondura, no auguran una gestión extraordinaria y parecen confirmar los temores de que no habrá cambios cualitativos respecto del formato seguido por Vizcarra desde marzo del año pasado.

El tema preocupa porque de acá a tres meses la calle le va a empezar a exigir a Vizcarra que muestre resultados. La ciudadanía se ha activado, han crecido sus expectativas y ya no tendrá en el enfrentamiento con un Congreso lamentable una vía de desfogue.

Así, la responsabilidad que le cabe al gobierno es enorme. Si la grisura gubernativa persiste y por ende llegamos el 2021 en medio de una situación de crisis política mayor, Vizcarra habrá sido el gran responsable de entregarle la posta a algún aventurero o radical, quienes estarán empujados, además, por un viento favorable al atajo excepcional que él mismo se ha encargado de legitimar.

 

 

 

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