¿Cómo creerle al Sodalicio?

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Pedro Salinas

 
 
 

 

Porque sus voceros suelen mentir y enmascarar la verdad. Porque tienen incorporado en su ADN que la imagen de la institución es más importante que cualquier cosa. ¿Lo hacen deliberadamente? No lo sé. ¿O es quizás un acto reflejo, fruto del formateo al que han sido sometidos desde la edad escolar? Tampoco lo sé. ¿O es un mix, un poco de las dos cosas, es decir? Lo ignoro. Lo cierto es que lo hacen. Juegan a las apariencias. Falsifican la realidad. Fingen. Son hiperbólicos en sus manifestaciones de extrañeza cuando son cuestionados. O se embrollan en sus ambiguas respuestas. Y se contradicen. Tapan. Disfrazan. Desvirtúan. Y esta práctica ha durado más de cuarenta años.

¿Quieren ejemplos? Porque los hay a pastos y lamentablemente el espacio es breve. Ahí voy. Empecemos por el actual superior general, Alessandro Moroni. En la primera entrevista que concede a El Comercio (25/10/2015), señala: “Nunca me he sentido abusado”. A ver. Sandro y yo compartimos techo en las “casas de formación” de San Bartolo, y, si me preguntan, pues la cosa no es como la pinta Moroni. En mi novelita Mateo Diez se narra una infinidad de órdenes abusivas y absurdas, manifestaciones de violencia físicas y psicológicas. En clave de ficción, es cierto. Pero ocurrieron. Y Sandro las padeció y las vio. Si no me creen, hay otros exsodálites que pueden dar fe de ello. Mario Quezada, Martín Scheuch, entre otros.

A través de La República y La Mula, y en la publicación Mitad monjes, mitad soldados, dimos a conocer algunos casos de abusos físicos y vejámenes psicológicos perpetrados por el actual superior general del Sodalicio. Pero este los negó categóricamente. “Puedo haber cometido errores, puedo haber cometido pecados, pero rechazo cualquier acusación de algún tipo de abuso psicológico que yo pueda haber cometido”, dijo a su salida del ministerio público hace pocas semanas.

Y bueno. Hubo que volver a recordarle lo que hizo y gritarle los nombres de sus víctimas. Alejo Pereira. Óscar Osterling. Carlos Arturo Tolmos. Vicente López de Romaña. Javier Len. Y hay más, porque la lista es larga.

En esos instantes, casi en paralelo, Moroni ya estaba reculando en otra entrevista con el decano (17/4/2016). “¿Usted ha sido víctima y victimario de estos abusos?”, le preguntó la periodista Sandra Belaunde. “Sí, a mí me ha pasado y yo los he cometido”, reconoció finalmente. E hizo lo propio en su Facebook.

Antes de esto que les cuento, en marzo de este año, en entrevista con BBC Mundo, el encargado de Apostolado del Consejo Superior del Sodalitium, Fernando Vidal, a propósito de las bestialidades físicas y psicológicas, dijo: “Estamos seguros de que han sido hechos aislados, circunscritos”.

Al poco, el Informe Final de la Comisión de Ética expuso unas conclusiones contundentes y demoledoras, que, por cierto, dejaron en ridículo a Fernando Vidal y a todos los negacionistas. En el Sodalitium se ha vivido una innegable “cultura del abuso”, y el Informe valida en los hechos todos los señalamientos que se desprenden de la lectura de la investigación periodística Mitad monjes, mitad soldados, que relata momentos de horror, que sucedieron gracias al silencio cómplice y obsecuente del resto de sus autoridades que encubrieron todo bajo un manto de impunidad.

Por último, están las mentiras históricas. Como la que tuvo lugar hacia mediados de los ochenta, cuando fue denunciado internamente el primer caso de un jerarca como abusador sexual. Se le recluyó en una comunidad, pero no se le expulsó. Y luego, qué creen, se fue por voluntad propia. ¿Cómo explicaron el aislamiento encubridor? “Faltó gravemente a la obediencia”.

Más delirante fue la justificación del encierro clandestino del pederasta serial Jeffrey Daniels: “Está discerniendo su vocación, pues está pensando en ser monje”. Cuando la cúpula sodálite se entera del primer caso de abuso de Germán Doig, en el 2008, mantiene su proceso de beatificación hasta que, en el 2010, aparecen dos casos más. Al momento de notificar por qué deciden levantar “la causa” de Doig, esgrimen que “no llegó a alcanzar las virtudes heroicas”. Y ahí nomás, Figari anuncia que renuncia al cargo de superior general “por motivos de salud”.

El día que Diario16 destapó la primera denuncia que acusaba gravemente a Figari de abusar sexualmente de un menor de edad, la respuesta institucional fue: “El señor Figari dice que no es cierto”. Y amenazaron con tomar medidas legales contra el periódico.

Y nada. Así han actuado siempre. Mintiendo. Por eso es tan difícil creerles. Porque la transparencia para los mandos sodálites ha sido consuetudinariamente una palabra desdeñable y vacía, hueca e intrascendente.

 

 

 

 

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