¿Por qué sorprende entonces que los herederos mentales de esos pseudo-jueces, dictaminen que una niña de 13 años consentía (¡!) ser violada, o que una mujer embarazada no murió a consecuencia de patadas en su vientre?

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Los primeros jueces infames

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Eduardo Adrianzén

       

JULIO2018

 
 

La “partida de nacimiento” del sistema hispánico de administración de justicia en el Perú, se otorgó con la pantomima del juicio al inca Atahualpa luego de su captura en 1532.

 

Se le acusó de conspiración, traición, fratricidio, incesto y cuánto hay, aplicando leyes totalmente ajenas a la cosmovisión andina, como venidas de otro planeta para él.

 

Se basaron en la prepotencia del vencedor e invocaron vagas nociones de derecho penal europeo, pero sobre todo canónico.

 

Por algo llevaron al padre Valverde: necesitaban la finta de “no reconoce al verdadero dios y es idólatra”, y elaboraron un alegato que solo puede calificarse como farsa.

 

 

El cruel epílogo fue condenarlo a la hoguera. Si algo temía de verdad el inca, era que conviertan su cadáver en cenizas –la momificación era imprescindible si aspiraba a la eternidad- y por desesperación aceptó bautizarse para conmutarle la pena y que “solo” lo estrangulen.

 

Imaginemos lo absurdo de la escena: Atahualpa permitiendo un rito inexplicable para salvarse de vejámenes post-mortem. Dicen que el rey Carlos I de España recriminó a los Pizarro por disfrazar un asesinato como cumplimiento de sentencia. Ya qué diablos importaba a esas alturas.

Desde tal ejecución el 26 de julio de 1533 hace 485 años, se consagró la validez de la retórica en la “interpretación” jurídica. ¿Por qué sorprende entonces que los herederos mentales de esos pseudo-jueces, dictaminen que una niña de 13 años consentía (¡!) ser violada, o que una mujer embarazada no murió a consecuencia de patadas en su vientre?
 

 

 

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