Bolivia y el liberalismo de Vargas Llosa
 
Alberto Adrianzén M.  

04DICiembre2019

 
  Hace unos días el escritor Mario Vargas Llosa escribió un artículo sobre los últimos sucesos en el hermano país de Bolivia. Su título: El fin de Evo Morales (La República: 01/12/19). No es mi interés discutir esta suerte de obsesión de Vargas Llosa que lo lleva a decir que Evo Morales “no es un indio sino un mestizo cultural, como lo somos buena parte de los latinoamericanos”. Tampoco que nuestro escritor no mencione que lo sucedido en Bolivia haya sido un golpe militar y sí más bien que el golpe fue del mismo Evo Morales, ni tampoco que no aluda la “sugerencia” de las Fuerzas Armadas y Policía para que Evo Morales “renuncie” a la presidencia.

 
Asimismo que ponga en duda que la principal responsabilidad por los muertos que dejó este golpe haya sido de los militares y acuse más bien a las fuerzas del MAS de participar activamente en los actos d violencia ya que estaban “armados hasta los dientes” : “La acusación de que fueron los policías y soldados no está demostrada aún hay razones más que suficientes para asegurar que los partidarios del exmandatario, en especial los cocaleros del Chapare y los ciudadanos de El Alto, militantes del MAS estaban armados hasta los dientes (lo que están todavía) y causaron, por lo menos en parte, un buen número de aquellas víctimas” (MVLL). Incluso que se “olvide” del “permiso” que dio el gobierno de facto a los militares para que usen libremente sus armas de fuego en contra de los “masistas” y que no serían castigados en caso de cometer excesos. Como descargo a este “olvido” y también a esta falta, digamos de ponderación, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) ha dicho que en Bolivia “no hay garantías paras investigar de manera imparcial los hechos ocurridos luego de la renuncia de Evo Morales”. El relator del CIDH, el peruano Francisco Eguiguren ha calificado como “masacres” las muertes de 14 personas durante la represión en El Alto y Sacaba (Página 12: 30/11/19).

Me interesa más bien discutir otros dos temas. El primero es su propuesta de lo que podemos llamar soberanía limitada de los países en América Latina. En este punto Mario Vargas Llosa es muy claro: “Aunque las políticas económicas de Evo Morales no seguían para nada las ideas del socialismo del siglo XXI (felizmente para los bolivianos) él era un vasallo fiel y retórico de Cuba y Venezuela”. El mensaje es el siguiente: puedes ser liberal en economía, pero no te puedes juntar con los “chicos malos del barrio”, sino pasas a ser parte de este nuevo “eje del mal” en América Latina: Cuba y Venezuela. Dicho con otras palabras: la soberanía de un país, es decir, su autonomía de actuar libremente en el sistema internacional, no se fundamenta tanto en su capacidad de autodeterminación y en el reconocimiento de que en el mudo existe una pluralidad de naciones, con sistemas políticos, economías e ideologías diversas, y sí más bien en quién es tu “mejor amigo” y cuán parecido a él eres, es decir en un mundo homogéneo. En este contexto la vocación “intervencionista” siempre estará presente. Por eso se puede decir también que los límites del progresismo son también los límites de su soberanía como nación. El vínculo entre progresismo y nacionalismo se explica por el carácter imperial de la política exterior de Estados Unidos.

Por esas extraña coincidencias que tiene la vida, unos días después de que Vargas Llosa publicara su artículo sobre Bolivia, Mike Pompeo, Secretario de Estado de EEUU, en un discurso en la Universidad de Louisville en Kentucky, este 2 de noviembre, dijo cosas parecidas. Una de ellas que Washington ayudará a los "gobiernos legítimos" de América Latina para evitar que las protestas, que se desarrollan en diversos países, “no se conviertan en sublevaciones". Para Pompeo detrás de estas protestas están las manos “siniestras” de Cuba y Venezuela. Esta declaración es una clara advertencia de que las protestas e insurgencias sociales que hoy se viven en países como Chile y Colombia, y antes en Ecuador no pueden terminar, como diría Vargas Llosa en convertir a estos países en “vasallos de estos gobiernos”. El jefe de la diplomacia norteamericana, Mike Pompeo, afirmó que La Habana y Cuba, además de secuestrar estas protestas, tratan de “convertir estas democracias aliadas de EEUU en dictaduras”. Terminó su discurso diciendo: "Estoy orgulloso de lo que hemos hecho en la región, queda mucho trabajo por hacer en nuestro patio trasero (sic), en nuestro hemisferio" (https://www.dw.com/es).

El segundo tema es su calificación a los opositores de Evo Morales de ser en un “pueblo bravío”. Como dice nuestro novelista: “Bolivia parecía perdida para la democracia y la legalidad. No ha sido así, gracias a la valentía y arrojo de ese pueblo….”. Nadie puede negar que en las protestas contra Evo Morales y su gobierno han participado sectores populares, clases medias y sobre todo los sectores empresariales de Santa Cruz. Incluso, la Central Obrera Boliviana, aliada del gobierno, le pidió a Morales que renunciara a la presidencia. Pero tampoco se puede dejar de mencionar las manifestaciones abiertamente racistas, fascistas y coloniales de los líderes principales de estas protestas. Algunos de ellos, como Luis Camacho, en su campaña contra Evo Morales prometía que “haré que Dios vuelva a estar en Palacio Quemado” y así fue luego de la renuncia de Evo Morales. Camacho luego de ingresar a Palacio Quenado leyó la Biblia y la colocó encima de la bandera de ese país; fue, como se ha dicho, una “especie de ceremonia litúrgica”. También resulte increíble que obvie que Camacho, además de ser un católico fundamentalista, está ligado a los grupos evangélicos más reaccionarios y que hoy, estos mismos sectores, aliados con los católicos de derecha en la región, buscan llegar al gobierno para prohibir la igualdad de género y los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres. O que se “olvide” que la “presidenta” de facto Jeanine Añez, también Biblia en Mano, dijo que Dios está en el gobierno. Escenas como la de los policías arrodillados en plena vía pública agradeciendo a Dios el fin del gobierno de Morarles o quemando la Wiphala símbolo de la diversidad y del pluralismo están totalmente ausentes en la narración que hace Vargas Llosa sobre los sucesos en Bolivia.

Nadie le pide a Mario Vargas Llosa que apoye a Evo Morales o que diga que en Bolivia no hubo un golpe de Estado o, como dicen algunos intelectuales tanto de derecha como de izquierda, que fue el desmesurado afán reeleccionista y caudillista la razón principal que llevó a Morales a perder el gobierno. Vargas Llosa, como todos, tiene el derecho a opinar y criticar a Evo Morales. Pero lo que no se puede hacer es ocultar hechos importantes y hacer afirmaciones con poco o ningún sustento. No puede convertir los sucesos de Bolivia en una “ficción”, es decir, en una suerte de novela donde todo es posible. Por eso creo que “El fin de Evo Morarles” es también el fin del liberalismo de Mario Vargas Llosa y la reiteración -en verdad, hace buen tiempo está en ese camino-, de que hoy pertenece a un conservadurismo tradicional y reaccionario.
 
 

 

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