Raúl Wiener Fresco

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 Nelson Manrique

 

 

 

 

Finalmente, el sábado 5, en la madrugada, se nos fue Raúl. Había derrotado una y otra vez al cáncer a lo largo de una década y nos había acostumbrado a creer que ganaría siempre, una ilusión que se ha roto.

En una bella entrevista que le hizo su hija Gabriela, Raúl se definía como poseído por dos pasiones: la militancia y el periodismo; dominantemente militante en su juventud y dedicado en cuerpo y alma al periodismo en su madurez. Diría que el hilo de oro que enlazaba ambas pasiones, y muchas otras dimensiones de su vida, era la política. Gabriela recordaba los diálogos que mantenía en su infancia con su padre, en que solían abordar el fondo y la coyuntura, y compara los diálogos sobre política que los unían con lo que para un padre y su hijo representaría ir al estadio juntos, a ver jugar (con más propiedad, perder) a su equipo, sentados en la tribuna de oriente, la de la izquierda.

Ante la muerte hay una reacción de idealizar a quienes perdemos. De esa manera solemos despojarlos de una dimensión que es parte de su ser; los defectos que los hacían humanos. Raúl termina así evocado como alguien que no se equivocaba nunca y que sólo tenía virtudes. Nunca he compartido esta manera de pensar. Somos humanos, con virtudes y defectos, grandezas y debilidades, y sólo cuando somos integralmente asumidos somos quienes somos. Hablaré de sus defectos.

El Raúl militante era incapaz de dudar. Su apasionamiento lo llevaba a asumir sus opciones sin dejar espacio para cualquier dubitación. A raíz de la publicación del informe final de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación él publicó un conjunto de artículos atacando las conclusiones del documento. Esto dio lugar a que fuera invitado a todos los medios de expresión de la derecha, que obviamente no compartían su visión de las cosas pero estaban encantados de tener una crítica contra la CVR desde la izquierda, para alimentar sus ataques. Dos eran las objeciones fundamentales que Raúl hacía a la CVR: que el número de bajas se estimara en alrededor de 70,000 muertos, y que el mayor número de muertes hubiera sido ocasionado por Sendero Luminoso y no por las Fuerzas Armadas. Yo había trabajado en la CVR, tenía razones para creer que estaba equivocado y objeté sus opiniones. Un buen amigo común, que había militado largo tiempo junto con él, me dijo riéndose: “¡Te fregaste! ¡Cómo se te ocurre polemizar con Raúl! Eso es imposible. Él no admite razones. Publicará respuesta tras respuesta y al final terminará ganando por cansancio, ya verás”. Redacté entonces una extensa réplica, que finalizaba recordando la advertencia que me habían hecho y señalando que ésta sería la única intervención que haría. Como me habían advertido, él respondió con una buena cantidad de artículos. Hoy sólo el número de desaparecidos acreditados por las investigaciones forenses se calcula en alrededor de 15,000 (el doble de lo que la CVR había estimado). Me alegró mucho leer recientemente un texto de Raúl en que reconocía que la mejor aproximación a lo que representó este período oscuro de nuestra historia es el informe de la CVR.

Considero que Raúl se equivocó, asimismo, en otras cosas, como su evaluación del gobierno de Juan Velasco Alvarado (una equivocación que, junto con buena parte de mi generación, comparto), o en la evaluación de lo que significaron políticamente hablando primero Antauro, y después Ollanta Humala.

¿A qué viene hablar de errores ante la pérdida de alguien a quien queremos y respetamos? A subrayar que Raúl tuvo siempre el valor de reconocer públicamente cuando se había equivocado. No es un gran mérito no cometer errores porque los únicos que nunca se equivocan son los que no hacen nada. Quien nunca se define nunca va a estar en la posición errada, pero eso por supuesto no iba con Raúl. Como personaje comprometido estaba tan naturalmente inclinado a tomar posición pasionalmente que las oportunidades de errar se multiplicaban. Era por temperamento un guerrero, invariablemente identificado con los de abajo, los humillados y los ofendidos. Siento que la experiencia vivida le aportó al final una mayor flexibilidad, que enriquecía esa bondad, alegría, preocupación por los demás que le reconocen tirios y troyanos, sin menguar un ápice su espíritu de lucha.

Lo vi por última vez hace unos días interviniendo como ponente en la presentación del libro de Alberto Gálvez Olaechea, llevado en silla de ruedas por su incansable y amada Elsi. Había hecho que lo saquen del hospital para asistir. Así quiero recordarlo, siempre de pie, aun a pesar de su cuerpo.

 

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