Pablo Neruda: la historia de su muerte se reescribe

Neruda, presente

©

 

Eduardo Contreras | EL siglo

 

 

“Lo único que quiero antes de morir es que el mundo sepa la verdad: que Pablo Neruda fue asesinado”. Estas fueron las palabras de Manuel Araya —chofer, asistente personal y amigo del poeta— hace seis años. Fue gracias a su testimonio que se inició un proceso judicial para determinar la causa de la muerte de Neruda. Todo apunta a que los deseos de Araya serán cumplidos.

Dieciséis expertos internacionales acaban de informar al mundo que Pablo Neruda, quien falleció doce días después del golpe militar de 1973, no murió de cáncer, por desnutrición severa, como dice en su certificado de defunción. ¿Por qué entonces los médicos mintieron? ¿Puede ser cierto que el dictador Augusto Pinochet mandó a que le inoculen una inyección letal, como denuncia Araya?

Es preciso explicar el contexto de esa muerte. Todo comenzó el 11 de setiembre de 1973 en que Pinochet le asestó un golpe de Estado al presidente Salvador Allende. A partir de allí comenzó una persecución contra los comunistas y todo el que levantara su voz en contra de los crímenes que se estaban cometiendo. El poeta no fue la excepción. Entraron con descaro a su casa para registrarla. “Miren por todas partes”, les dijo Neruda a los militares. “Solo encontrarán una cosa peligrosa para ustedes: la poesía”, los fulminó.

Reconociendo que sus vidas corrían peligro, Pablo y su esposa Matilde Urrutia decidieron montar una escena para trasladar al poeta a la clínica y así ponerse a resguardo, mientras se preparaba su asilo en México. Así lo hicieron y fue Manuel Araya quien acompañó fielmente a la pareja en todo este proceso.

El plan era el siguiente: un avión recogería a Neruda el 24 de setiembre y lo llevaría rumbo a México gracias a las gestiones del embajador Gonzalo Martínez Corbalá (testigo clave en este caso, que afirmó que en ese momento el poeta no presentaba signos de agonía, sino que “hablaba y actuaba normalmente”).

Sin embargo, el 23 de setiembre, mientras Matilde estaba recogiendo objetos personales de su esposo en su casa junto a Araya, recibe una llamada de Pablo y lo escucha exaltado. Él le contó que mientras dormía entró un doctor y le puso una inyección en el estómago. Horas después, el poeta dejó de existir.

Araya declaró ante los medios que en ese setiembre del 73, el Neruda estaba “en excelente estado, tomando todos sus medicamentos. Todas eran pastillas, no había inyecciones”. Sin embargo, luego de la misteriosa inyección, “estaba muy afiebrado y rojizo […]. Entonces le vemos el estómago y tenía un manchón rojo”.

En el acta de defunción se concluye que murió por caquexia cancerosa (desnutrición extrema), pero existen fotografías de la venezolana Fina Torres, del chileno Marcelo Montecino y del brasileño Evandro Teixeira del rostro de Neruda en el ataúd, que certificarían que conservaba un buen peso al momento de morir.

Asimismo, tras la muerte de Neruda, los médicos y la prensa oficial dieron otras dos versiones: los primeros dijeron a los periodistas que Neruda murió por una infección urinaria, y los segundos informaron que Neruda falleció de un paro cardiaco provocado por una inyección que se le puso en el abdomen y que le provocó un shock.

Posteriormente, se “extravió” la ficha clínica y el hospital no quiso entregar el listado de médicos y enfermeras que laboraron allí en ese momento.

Años después, el ex presidente chileno Eduardo Frei también murió en la misma clínica, bajo la atención de misteriosos médicos y en el mismo piso. Producto de investigaciones judiciales se encontró gas sarín en el cuerpo de Frei, por lo que se trató de un asesinato. ¿Coincidencia?

Pero si Matilde Urrutia, la esposa de Pablo Neruda, sabía de esto, ¿por qué no lo denunció? “Si inicio un juicio, me van a quitar todos los bienes”, cuenta Manuel Araya que le respondió la viuda a sus reclamos. La dictadura militar era muy poderosa y sí era probable que se cumplan dichas palabras. La historia cuenta que Matilde defendió hasta el final el patrimonio de Neruda y a ella le debemos que ahora se pueda visitar sus tres casas convertidas en museo en Chile y que podamos leer su autobiografía “Confieso que he vivido”.

De todas maneras, en el libro “Mi vida junto a Pablo Neruda”, Urrutia da importantes detalles del día del fallecimiento de su esposo: “En ese último tiempo, el doctor me había asegurado que Pablo se defendía maravillosamente del cáncer que lo aquejaba y yo lo había visto lleno de vida y entusiasmo. ¿Por qué así de repente iba a pensar en algo tan atroz como su muerte?”.De todo lo anterior se concluye lo siguiente: el cáncer de Neruda no estaba tan avanzado como para matarlo y no pudo haber sido casualidad que justo un día antes de su partida a México, el vate muriese de repente. Por lo que la teoría de que sí fue asesinado ha cobrado mayor relevancia estos días.

Lo primero queda refrendado por los resultados de la investigación de los 16 expertos internacionales. “El certificado [de muerte] no muestra la realidad del fallecimiento [caquexia cancerosa]”, aseveró el médico forense Aurelio Luna, de la Universidad de Murcia, quien señaló además que se encontró una bacteria en un molar.

Y añadió que en un año se tendría “una respuesta completa y clara de los estudios del perfil genómico bacteriano”, ya que se trataría de una toxina cultivada en laboratorio, por lo que no se descarta una intervención de terceros. Como se recuerda, en el 2015 los familiares del poeta denunciaron públicamente que a Neruda le inocularon la bacteria estafilococo dorado, altamente agresiva y resistente a antibióticos.

La verdad se está abriendo paso. La historia de la muerte de uno de los poetas más importantes de todos los tiempos, Premio Nobel de Literatura en el 71, está cambiando de rumbo. En caso se demuestre que fue asesinado, los culpables deben ser condenados por magnicidio. (Tomado de Nuestra Bandera)

 

 

Más allá del silencio cobarde de El Mercurio y otros medios afines a la dictadura, la verdad se ha abierto paso definitivamente, los criminales deberán responder.
 


El 4 de octubre de 1973, pocos días después de la muerte de Pablo Neruda, otro gran poeta, el guatemalteco Miguel Ángel Asturias, también Premio Nobel de Literatura, leía en homenaje a su gran amigo, el poema “Pablo Neruda Vivo”, que acababa de escribir. Todo acontecía en la Sala Pleyel en París, Francia. Y decía, por ejemplo, “…Que no hablen de tu muerte, yo te proclamo vivo, yo te proclamo vivo, y al reclamo de Chile, tú respondes: ¡Presente!”.

En nuestro caso, luego de conocer el Informe de consenso del equipo pericial integrado por los expertos reunidos como Panel Internacional durante toda la semana pasada, para seguir ahondando en las causas reales de la muerte de Neruda, en verdad sentimos al gran intelectual y camarada muy presente. Personalidades de su altura nunca mueren y su peso en la sociedad hace inútiles los propósitos de sus asesinos.

Y lo decimos porque el Panel de Expertos, formado por 16 científicos del más alto nivel internacional, 10 extranjeros y 6 chilenos, concluyó categóricamente que el certificado de defunción de la clínica, que señalaba como causa de muerte una supuesta “caquexcia cancerosa” era definitivamente falso. Nunca existió tal “caquexcia” que es un estado de absoluta desnutrición y abandono, el enfermo no habla, no piensa, no se mueve, está en los huesos. En la clínica Neruda pensaba, actuaba, conversó con muchas personas, planificó actividades, escribió, hizo notas, dibujos (todo acompañado al proceso) y su peso y contextura eran los mismos.

Suma y sigue: el Informe concluye que, aunque padecía de cáncer, su estado no era terminal y no hay prueba alguna de que su muerte fuera inminente. Todavía más, se consigna algo crucial: no se le suministró ni la atención ni los medicamentos adecuados a su estado, por lo que, si no murió asesinado -lo que sigue en estudio- lo que ya está definido es que en todo caso le dejaron morir. No se olvide que la clínica Santa María, la misma en que asesinaron al ex presidente Frei Montalva, fue intervenida militarmente el mismo 11 de septiembre del ‘73 y que los médicos que allí vieron a nuestro insigne compañero, eran a la vez médicos del Hospital Militar y vinculados al Ejército. Todo consta en el expediente. Como también que “La Chascona”, la casa del poeta en el cerro San Cristóbal, había sido destruida y saqueada y que barcos de la Armada aparecieron en Isla Negra.

Tenía razón Manuel Araya, el chofer del Premio Nobel que hizo la denuncia en la revista mexicana “Proceso”, con el periodista Francisco Marín el año 2011, que fue lo que instó a investigar a fondo los antecedentes, lo que cumplimos con el colega Pedro Piña y otros compañeros de la región hasta que en mayo de ese año el Partido Comunista, el partido de Neruda, presentó la querella criminal judicial. Muy pronto se sumaron los familiares de Neruda y luego el Programa de DDHH del Ministerio del Interior.

Consignemos, además, que en los laboratorios de la Universidad Mc Master de Hamilton, Ontario, Canadá, se detectó la presencia en los restos de Neruda de nuevos elementos bacterianos. Esta vez similares a aquellos que se aplicó en dictadura a prisioneros políticos como está acreditado en otros procesos en nuestro país. Es lo que los peritos profundizarán en los próximos meses.

Más allá del silencio cobarde de El Mercurio y otros medios afines a la dictadura, la verdad se ha abierto paso definitivamente, los criminales deberán responder. Y mientras tanto y por siempre, Neruda estará presente. (El Siglo)

 

www.jornaldearequipa.com