Nelson Mandela

Negro y Rojo

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Eduardo González Viaña | Atilio Borón.

       

JULIO2018

 

 

 

 

 

 

 
 

Quienes más honores le tributan han pintado a Nelson Mandela con los colores más diferentes. De negro, de rosado y hasta de blanco. Se han olvidado de que también era rojo. Era rojo no tan solo por su propia declaración sino porque era socialista, culto, luchador, rebelde...y porque era un verdadero cristiano ... como suelen ser los rojos.

Quienes más honores le tributan ahora- después de muerto- son aquellos que aplaudieron su captura, que durmieron en paz durante su carcelería y que cerraron los ojos cuando los racistas de Sudáfrica paseaban con las cabezas de los rebeldes partidarios del héroe.

Entre quienes ahora le llevan flores blancas destaca la insospechable organización "Amnistía Internacional". La palabra "amnistía" siempre se ha parecido mucho a la palabra "amnesia". Ahora se le parece más porque "AI" olvida que todo el tiempo durante el cautiverio rehusó concederle el estatus de preso político.

No lo hicieron, según ellos, porque el gobierno de los genocidas blancos de Sudáfrica lo había declarado "terrorista".

Un hombre de paz era golpeado y agonizaba en los calabozos mientras el gobierno torturaba a sus familiares para hacerlo sufrir aun más, y sin embargo Amnistía le negaba protección tan solo porque los verdaderos terrroristas lo declaraban "terrorista".

En Londres, la señora Thatcher no disimulaba su odio contra el militante antirracista. En Estados Unidos, se le mantuvo hasta hace poco en una lista de terroristas internacionales. En Europa, pocas voces se escucharon en defensa del justo. En la América Latina lo defendieron los internacionalistas, los socialistas, los rojos, y eso lo hizo sospechosos frente a las fieras encaramadas en los gobiernos.

Lo pintan como un "negrito bueno", como un tío Tom, y olvidan que Mandela, además de negro fue un rojo hasta la médula. Como tal, fue líder del brazo armado del Congreso Nacional Africano e inició la lucha armada contra los malvados racistas. Y olvidan también que 350 mil cubanos socialistas se internaron en Angola para luchar contra el colonialismo. Ellos vencieron al ejército enviado por Sudáfrica y determinaron la liberación del héroe.

Mandela fue un socialista, y por eso, inauguró un pacífico gobierno popular, reconcilió a los antagonistas y perdonó a quienes lo habían condenado a prisión perpetua.

Mandela fue un socialista y por eso a llegar al gobierno transformó con amor una sociedad que deshumanizaba a los negros y convertía en malditos abusivos a los blancos. Por eso mismo, para expresar la doctrina socialista y cristiana del amor al prójimo, usó la palabra africana "Ubuntu" que significa "Yo solamente puedo ser yo mismo a través de ti y contigo"

Dentro de esa misma doctrina, humanizó las cárceles, las convirtió en centros educativos y eliminó el trato cruel y las condenas eternas. Lamentablemente, el ejemplo de Sudáfrica no ha sido asumido por otros países.

Mientras Mandela agonizaba, en Lima, el féretro de la madre de Víctor Polay tuvo que ser introducido a la cárcel para que el prisionero le diera su último saludo. Recién entonces nos enteramos de las infames condiciones de ese encierro, casi sempiterno calabozo y privado casi por completo hasta de las visitas familiares. Fue espantoso entender que las cárceles no habían cambiado desde la dictadura

"Ubuntu" -la doctrina de Mandela- se expresa en las palabras de su amigo, el arzobispo sudafricano Desmond Tutu: "Hemos superado lo bestial del pasado y ahora damos vuelta a la página, pero no para olvidarla, sino para construir una sociedad superior en la que el hombre recuerde que es verdadera imagen de Dios"

"Ubuntu" nos hace recordarles a los homenajeadores que Mandela no fue solamente negro y nunca fue rosado. Fue rojo y socialista, o sea de verdad cristiano. Eduardo González Viaña.
 

 

 

 

La muerte de Nelson Mandela precipitó una catarata de interpretaciones sobre su vida y su obra, todas las cuales lo presentan como un apóstol del pacifismo y una especie de Madre Teresa de Sudáfrica. Se trata de una imagen esencial y premeditadamente equivocada, que soslaya que luego de la matanza de Sharpeville, en 1960, el Congreso Nacional Africano (CNA) y su líder, precisamente Mandela, adoptan la vía armada y el sabotaje a empresas y proyectos de importancia económica pero sin atentar contra vidas humanas.

 

Mandela recorrió diversos países de África en busca de ayuda económica y militar para sostener esta nueva táctica de lucha. Cayó preso en 1962 y, poco después, se le condenó a cadena perpetua, que lo mantendría relegado en una cárcel de máxima seguridad, en una celda de dos por dos metros, durante 25 años, salvo los dos últimos años en los cuales la formidable presión internacional para lograr su liberación mejoraron las condiciones de su detención.

Mandela, por lo tanto, no fue un “adorador de la legalidad burguesa” sino un extraordinario líder político cuya estrategia y tácticas de lucha fueron variando según cambiaban las condiciones bajo las cuales libraba sus batallas. Se dice que fue el hombre que acabó con el odioso “apartheid” sudafricano, lo cual es una verdad a medias.

 

La otra mitad del mérito le corresponde a Fidel y la Revolución Cubana, que con su intervención en la guerra civil de Angola selló la suerte de los racistas al derrotar a las tropas de Zaire (hoy, República Democrática del Congo), del ejército sudafricano y de dos ejércitos mercenarios angoleños organizados, armados y financiados por EEUU a través de la CIA.

 

Gracias a su heroica colaboración, en la cual una vez más se demostró el noble internacionalismo de la Revolución Cubana, se logró mantener la independencia de Angola, sentar las bases para la posterior emancipación de Namibia y disparar el tiro de gracia en contra del “apartheid” sudafricano.

 

Por eso, enterado del resultado de la crucial batalla de Cuito Cuanavale, el 23 de Marzo de 1988, Mandela escribió desde la cárcel que el desenlace de lo que se dio en llamar “la Stalingrado africana” fue “el punto de inflexión para la liberación de nuestro continente, y de mi pueblo, del flagelo del `apartheid`.”

 

La derrota de los racistas y sus mentores estadounidenses asestó un golpe mortal a la ocupación sudafricana de Namibia y precipitó el inicio de las negociaciones con el CNA que, a poco andar, terminarían por demoler al régimen racista sudafricano, obra mancomu-nada de aquellos dos gigantescos estadistas y revolucionarios.

 

Años más tarde, en la Conferencia de Solidaridad Cubana-Sudafricana de 1995 Mandela diría que “los cubanos vinieron a nuestra región como doctores, maestros, soldados, expertos agrícolas, pero nunca como colonizadores. Compartieron las mismas trincheras en la lucha contra el colonialismo, subdesarrollo y el “apartheid”… Jamás olvidaremos este incomparable ejemplo de desinteresado internacionalismo”.

 

Es un buen recordatorio para quienes ayer y todavía hoy hablan de la “invasión” cubana a Angola. Cuba pagó un precio enorme por este noble acto de solidaridad internacional que, como lo recuerda Mandela, fue el punto de inflexión de la lucha contra el racismo en África. Entre 1975 y 1991 cerca de 450.000 hombres y mujeres de la isla pararon por Angola jugándose en ello su vida.

 

Poco más de 2600 la perdieron luchando para derrotar el régimen racista de Pretoria y sus aliados. La muerte de ese extraordinario líder que fue Nelson Mandela es una excelente ocasión para rendir homenaje a su lucha y, también, al heroísmo internacionalista de Fidel y la Revolución Cubana. Atilio Borón.

 

 
 

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