Hay que saber leer entre líneas

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ANA CAROLINA ANGULO

 

 

 

 

A una le enseñaron de niña que los negros son feos, que los indios son flojos y mentirosos, que los chinos son cochinos, y que por el contrario los europeos son muy finos, bellos, inteligentes y delicados. Y que una debe ser muy respetuosa con la gente blanca. Mi madre que era morena, me machacaba que tenía que mejorar la raza. Trató de meterme por los ojos a un portugués asqueroso que regentaba una Panadería (bien cochina por cierto) en Puerto Cabello. Y me ha llevado más de quince aprendiendo a leer entre líneas todas las estupideces que nos meten. Recuerdo particularmente todas aquellas mentiras que se hicieron correr sobre Idi Amín, y que quienes más las difundieron en el mundo fueron los espantosos medios mejicanos. México es uno de los países más mediáticamente corrompidos del mundo. Y su población está grave en este sentido: el mejicano es la persona más acomplejada del planeta, ahora lo está sufriendo a montones con Trump.

El diario digital Excelsior de México publicó en 2013 el siguiente reportaje, plagado de mentiras sobre Idi Amín, todo con el fin de joder aún más los propios mexicanos. Véanlo aquí:

“Me gusta la carne humana porque es más blanda y salada y el Corán por religión, en un banquete es lo que más extraño cuando estoy fuera de mi país”, solía decir Idi Amin Dada, el ex presidente de Uganda desde 1971 a 1979. De Chávez, Bolívar, Fidel y el Che Guevara dijeron cosas peores.

Sigue diciendo el Excelsior: De acuerdo con la revista Time, nació en una pequeña tribu musulmana, a orillas del río Nilo y tuvo una infancia llena de carencias. No terminó la educación primaria, pero su imponente físico le permitió enlistarse en el ejército británico. Empezó como ayudante de cocina para luego formar parte de la represión al levantamiento de los “Mau Mau”, en Kenia. Me gusta la carne humana porque es más blanda y salada...” Idi Amin Dada, ex presidente de Uganda

Cuando Uganda consiguió, en 1962, la independencia de Gran Bretaña, Idi Amin Dada era un oficial de las fuerzas armadas, que había servido en el ejército colonial británico, en el Cuarto Regimiento de Fusileros Reales de África, poco después de terminada la II Guerra Mundial. Y ya había demostrado que los métodos que utilizaba para conseguir sus fines eran brutales.

El diario español El Mundo recuerda que Amin llegó al poder en 1971 con un rápido y sangriento golpe de estado contra el presidente Milton Obote, de cuyo gobierno fue jefe del ejército.

Aprovechó la ausencia del mandatario, en una reunión de la Commonwealth que se celebraba en Singapur, para derrocar a aquel que nueve años antes había hecho lo mismo con el rey Mutesa.

El cambio de gobierno fue visto en los primeros días con alivio y causó una sensación de liberación. El nuevo gabinete recibió incluso el reconocimiento de Londres, deseoso de ver instaurada una democracia prooccidental.

Pero el engaño no fue duradero y las promesas no se cumplieron. Big Daddy, como era conocido, se erigió en verdugo de su propio pueblo hasta abril de 1979, imitando a su predecesor, que había asumido todos los poderes y derogado la Constitución para construir una a su medida.

Convencido de que grupos extranjeros podían intentar algo en su contra, se rodeó de más de 23 mil guardaespaldas, no abandonó la jefatura del ejército y fue expulsando o matando a todos los que veía como posibles enemigos.

La marcha de los más de 90 mil asiáticos y británicos que ocupaban importantes sectores financieros, provocada, según Amin, por una “orden divina” recibida en sueños, representó una puñalada para la economía de un país cada vez más aislado del exterior.

Fue calificado por sus críticos de “paranoico” y “megalómano”, Amin se convirtió en el primer líder africano negro que rompió relaciones con Israel, hasta entonces principal aliado de Uganda.

Realizó repetidas declaraciones antisemitas y supuestamente lamentó, en una carta a la entonces primera ministra israelí, Golda Meir, que Hitler “no hubiera eliminado a todos los judíos”. Sus delirios de grandeza le llevaron finalmente a mandar un contingente de dos mil hombres para invadir a su vecino Tanzania.

Cuando EU, Israel y Reino Unido se negaron a aumentar la ayuda militar, expulsó a los asesores israelíes y se lanzó a los brazos del coronel libio Muammar Gadhafi, que no dudó en intervenir y dar apoyo económico al gobernante ugandés, que luego tomó abierto partido a favor de los árabes en la guerra árabe-israelí del 73.

Canibalismo

Las acusaciones de canibalismo se multiplicaron tras su expulsión de Uganda en 1979 ya que se encontraron frigoríficos con carne humana en los sitios que acostumbraba a frecuentar y muchos de sus funcionarios confesaron esta macabra afición.

Antes de que llegara al poder en 1971, ya había dado muestras de ser un soldado despiadado. Sus superiores estuvieron a punto de llevarle a un consejo de guerra por las atrocidades que cometía con los prisioneros: les metía pañuelos en la garganta hasta ahogarlos, los sometía a castigos inhumanos y a muchos les amputo los órganos sexuales.

Pero lo que hizo durante la dictadura rebasó todos los límites. Ordenaba la retransmisión televisada en directo de sus oponentes, a los que hacía vestir de blanco “para verles mejor derramar la sangre”.

Tras haber ejecutado a sus víctimas, ordenaba que se desmembraran sus cuerpos y se sospecha que devoraba las vísceras y otras partes de su cuerpo. Adoraba humillar a la gente en público.

En una ocasión, su ministro de Justicia llegó a contradecirlo públicamente. La leyenda urbana es que el funcionario, después de ser sometido a fuerte reprimenda televisada y a una tortura despiadada, se convirtió en el plato fuerte de un banquete que se ofrecía en palacio.

Se consideraba una máquina sexual. En una ocasión, le envió un mensaje a la reina Isabel de Inglaterra, de la que se consideraba amigo, en el que se refería a ella como “Liz” diciéndole: “Deberías venir a Uganda si quieres conocer a un hombre de verdad”.

Sus esposas tampoco se escaparon de su crueldad. Su primera esposa, Kay, fue asesinada y luego desmembrada en el interior de un automóvil. Sus brazos y sus piernas fueron cosidos al revés y fue exhibida durante muchos días como ejemplo de la crueldad a la que el dictador podía llegar. Al parecer, el cadáver había sido previamente introducido en el garaje de un médico para culparle del asesinato. El galeno, temiendo la tortura y la muerte, decidió suicidarse tras quitarles la vida a sus dos hijos. El resto de sus esposas tuvieron un final parecido.

No fue mejor la situación de sus hijos, 40 según algunos analistas. Tras jactarse de su número de descendientes, lo que creía muestra de su virilidad, no parece haber mostrado un especial cariño hacia ellos. Incluso, la costumbre de llevar siempre consigo a uno de sus vástagos más pequeños obedecía a razones prácticas: una hechicera le había advertido que corría el riesgo de ser asesinado si no lo hacía. Al final, sólo dos pudieron disfrutar de la fortuna.

El también llamado “Carnicero de Kampala” fue famoso por otras excentricidades, como hacer visitas sorpresa a la reina de Inglaterra, proclamarse “último rey de Escocia” o “conquistador del Imperio Británico”.

El último rey de Escocia

Es una película británica de 2006, dirigida por Kevin Macdonald y basada en la novela homónima de Giles Foden, que fue adaptada por Peter Morgan y Jeremy Brock.

Narra la historia del dictador ugandés Idi Amin a través de su médico personal, el doctor Nicholas Garrigan; al igual que la novela, el largometraje mezcla ficción y realidad: el personaje del médico escocés es ficticio, mientras que otras personas relacionadas con Amin y algunos sucesos que se relatan sobre el gobierno del dictador están basados en personas y hechos auténticos.

Fue protagonizada por James McAvoy y Forest Whitaker, cuya interpretación de Idi Amin le hizo merecedor de un Oscar, un Globo de Oro y un BAFTA, entre otros premios.

Ahora los diarios españoles persisten en sus ataques en contra de Mugabe, y es bueno que la gente también sepa leer entre líneas estas cosas que se dicen en su cotra:

A Grace Mugabe, de 51 años, le deben pitar los oídos. Aunque ella lo niega por activa y por pasiva, la segunda esposa del nonagenario Robert Mugabe, más conocida por sus derroches y su vida de lujo, diamantes y excesos que por su capacidad política, está últimamente en boca de todos como posible relevo de su marido en la Presidencia de Zimbabue. Hace tan solo unos días, el camarada Bob, como se conoce al mandatario, la calificó de “formidable fuerza política”, volviéndola a situar en el epicentro de la tormenta sucesoria de un país que sufre una grave crisis económica y un aumento de la contestación social en la calle.

Ocurrió el pasado 25 de febrero. Decenas de miles de estudiantes venidos en cientos de autobuses desde todos los rincones del país ocupaban las verdes colinas de Matopos, mientras las delegaciones extranjeras se comían las 150 vacas servidas como almuerzo en unas enormes tiendas de campaña blancas adornadas con carteles, pancartas y telas con el rostro del líder. Como cada año, la celebración por todo lo alto del cumpleaños de Robert Mugabe, el histórico luchador contra la dominación blanca y en la actualidad presidente más longevo del mundo, en el poder desde 1980, no dejaba indiferente a nadie.

Sin embargo, pocos días después del festejo, el líder zimbabuense partía rumbo a Singapur para un nuevo chequeo médico. A sus 93 años y oficialmente candidato para las elecciones del año que viene, su salud ya no es la que era. Sus otrora vigorosos discursos los lee hoy a trompicones, apenas con un hilo de voz, y sus olvidos constantes y su paso cansino no auguran nada bueno. De hecho, dicen que es Grace quien gestiona los asuntos de Estado y se ocupa de ciertas decisiones. Mientras el partido en el poder se desangra en luchas intestinas, el propio presidente colma de elogios y responsabilidades a la primera dama, en lo que se interpreta como una maniobra dinástica.

Nacida en Sudáfrica en 1965 y casada con un piloto militar, su ascenso al poder comienza cuando fue nombrada secretaria de Mugabe, convirtiéndose también en su amante pese a una diferencia de edad de 41 años. Desde su matrimonio en 1996 (tienen tres hijos) ha destacado por su gusto por el lujo. Apodada por sus detractores Disgrace (Desgracia) o Gucci Grace, son famosos sus viajes de compras a París, Londres o Hong Kong, en cuyas tiendas gasta decenas de miles de euros sin reparo mientras su país está sumido en la pobreza. “¿Acaso es delito ir de compras?”, replicó a sus críticos en una ocasión.

Hace unos años se vio envuelta en una agria polémica tras la filtración por parte de Wikileaks de un cable diplomático estadounidense que la relacionaba con la explotación ilegal de diamantes y a principios de 2015 la prensa local reveló que había comprado una piedra preciosa por valor de 1,3 millones de euros como regalo para su marido. Además de su fortuna personal, es propietaria de una granja y ha supervisado la construcción de dos palacios para su familia: el primero, un extravagante complejo apodado Gracelands por los zimbabuenses, que fue luego vendido a Gadafi; el segundo, construido con un coste de 26 millones de dólares. Asimismo, tiene propiedades en Malasia, Hong Kong y unos 1.000 millones de dólares invertidos en el extranjero.

Sin embargo, hasta 2014, cuando fue designada presidenta de la Liga de Mujeres del partido en el poder, apenas había mostrado ambiciones políticas. Desde entonces, a medida que la salud de Mugabe se ha ido deteriorando, ella ha limpiado de obstáculos su camino a la gloria, como cuando hizo caer en desgracia a la vicepresidenta Joice Mujuru. Con el respaldo de los jefes tradicionales del país y el beneplácito de su marido, a Grace le faltaba tan solo una acreditación académica. Dicho y hecho. En septiembre pasado, la Universidad de Harare le otorgó el título de doctora en Filosofía dos meses después de matricularse. Hasta ahora, nadie ha sido capaz de encontrar su tesis o al menos un trabajo fin de carrera.

Ella no se cansa de negarlo y ha llegado a afirmar que los zimbabuenses votarían por Mugabe “incluso si se presenta su cadáver a las elecciones”, pero todo apunta a que el viejo Bob está preparando a su esposa para el relevo. Mientras el vodevil palaciego continúa, Zimbabue atraviesa tiempos de crisis. Decenas de miles de personas están en riesgo de sufrir hambre debido a una nefasta combinación de malas cosechas, pésima gestión económica y una corrupción sistémica. Fruto de todo ello, las manifestaciones en la calle y la violenta represión ya no son algo extraño, un contexto en el que el despilfarro de los Mugabe y el fulgurante ascenso de la inexperta Grace son algo peor que el delirio del ocaso de un dictador.

 
 

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