McDonald y el origen de la riqueza

 
ANTONIO CASTILLO  

02ENERO2020

 
  Título original: La madre del cordero

 

Dar por sentado que por ser empresa trasnacional cumple los estándares internacionales a nivel laboral, es adoptar una actitud de reverencia ante el gran capital. Es asumir una posición servil y mendicante que dista mucho del papel de Estado soberano que debemos asumir para cautelar los derechos fundamentales de trabajadores y ciudadanos.


“No lo hemos hecho. O sea, hay que ser un poquito sensatos, es una trasnacional que cumple, supuestamente, estándares de seguridad a nivel internacional”, es lo que dijo Andrés Ciudad, subgerente de Riesgos y Desastre de la Municipalidad de Pueblo Libre, sobre la responsabilidad de fiscalización de esa Comuna por la trágica muerte de Alexandra y Gabriel en el McDonald´s de ese Distrito.

Frase que expresa la concepción que impera no solo en la cabeza del gris funcionario de dicha corporación edil, sino en toda la estructura del Estado en sus tres niveles de gobierno, local, regional y central; y se ha logrado imprimir también en la mente de millones de consumidores, logrando que la sociedad entera asuma el carácter sacrosanto de la inversión trasnacional descontrolada, como exclusivo sinónimo de crecimiento y desarrollo, después de lo cual solo volveríamos al diluvio de Alan García que padecimos en los 80.

Por eso no extraña la sardónica publicación del Diario Gestión (18/11/19), a solo dos días de la tragedia, de que los establecimientos de comida rápida moverán $2,500 millones de dólares el próximo año, dando el claro mensaje de que “aquí mueren los pulpines, pero también traemos inversión, trabajo y suculentas ganancias”, en cruel sacada de lengua al profundo dolor y lágrimas que abaten a los deudos de los chicos que murieron electrocutados después de una inclemente jornada nocturna, y cuando recién avizoraban el amanecer de la juventud.

El fetiche y no el ser humano


Es que la gran inversión en nuestro país no solo precariza las relaciones de trabajo, como se ha escrito de manera abundante en estos días, sino que llega al extremo de fetichizar y cosificar las mismas. En otras palabras, promueve la aceptación de que no interesa la salud, seguridad laboral, ni las condiciones de vida de los trabajadores, menos si son jóvenes, eso es sobrecosto laboral que hay que aligerar; solo importa el lucro y la ganancia astronómica. Esas cifras de rentabilidad son las que aparecen en las estadísticas del “crecimiento anual” y hay que aplaudir, como la expresión infalible del desarrollo: importa la cosa, el dinero, el producto, la cifra, y no el ser humano.

Esa concepción fetichista ingresa con el producto o servicio trasnacional; por eso, hace dos años, murieron carbonizados otros dos jóvenes cuando a alguien se le ocurrió encerrarlos con cadenas en un contenedor mientras etiquetaban fluorescentes importados.

En el 2011 murió también de una descarga eléctrica Christian Alza Torres, mientras limpiaba una refrigeradora en Bembos de San Isidro, la cual ya venía presentando fallas pendientes de reparación, pero los administradores prefirieron seguirla exigiendo a riesgo fatal de la vida de los trabajadores, como en efecto sucedió.

Total, son muchachos de SJL, SMP, VMT, VS, o cualquier otra parte donde impera la pobreza, y abunda mano de obra, cholo y joven barato. Esa nefasta idea mueve a explotarlos de manera inmisericorde por dos o tres soles la hora, de manera temporal, sin beneficios sociales, y en prolongados horarios que duplican en muchos casos la jornada de ocho horas.

Estado soberano


Dar por sentado que por ser empresa trasnacional cumple los estándares internacionales a nivel laboral, es adoptar una actitud de reverencia ante el gran capital. Es asumir una posición servil y mendicante que dista mucho del papel de Estado soberano que debemos asumir para cautelar los derechos fundamentales de trabajadores y ciudadanos.

Capital e inversión extranjera, por supuesto que sí, aquí y en la China; pero también trato equitativo y fiscalización, es lo que corresponde a toda república, democrática, social, independiente y soberana. El Estado no puede abdicar de ello, porque pierde su razón de ser.

Para esto es necesario replantear también la concepción del origen de la riqueza y el desarrollo, el cual no reside solo en el fetiche de la inversión trasnacional y sus ganancias, sino, y sobre todo, en el trabajo; como lo definía claramente la Constitución Política del 79 “El Estado reconoce al trabajo como fuente principal de la riqueza” (art.42); a diferencia de la actual, del año 93, que se limita a considerarlo como un simple “deber y derecho” (art. 22). Comparen señores, allí está la madre del cordero.
 

 
 

 

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