Comprender cabalmente la unidad del método y el contenido en Marx, es lo que nos permite, junto con él, ir más allá de la explicación de la realidad, y actuar intencionadamente en su transformación.

Doscientos años de lucha

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Jesús Pastor García Brigos | internet@granma.cu

Comprender cabalmente la unidad del método y el contenido en Marx, es lo que nos permite, junto con él, ir más allá de la explicación de la realidad, y actuar intencionadamente en su transformación. 

 

No sería justo hablar de que Marx nos ha dejado una herencia, porque continúa luchando, en busca de explicar la realidad para transformarla revolucionariamente y siempre insistiendo en la necesidad de enfocar los procesos integralmente, en su constante y contradictorio desenvolvimiento.

Se equivocan los que preguntan qué ha envejecido y qué ha pasado la prueba del tiempo dentro de la obra de Marx. En primer lugar, porque no se trata de una obra cerrada, terminada, sino de unos resultados que nunca pretendieron ser «respuestas finales» a los problemas que encontraba en su práctica transformadora. Estamos ante un revolucionario científico que profundiza en el arte de comprender la realidad para transformarla, y va elaborando un cuadro que constantemente busca perfeccionar, en el que propone una visión de futuro que nos llama a enriquecer a partir de esa práctica revolucionaria.

Quienes hablan de propuestas de Marx que han envejecido y pretenden así encontrar sus «errores», no están haciendo más que mostrar su enfoque «no marxista». No pretendemos «justificar» a Marx: ya la historia lo ha legitimado suficientemente como un genio. O, para decirlo mejor: la validez de su obra está confirmada plenamente por lo ocurrido en toda esta «prehistoria» humana que transcurre desde las primeras comunidades hasta el sistema del capital contemporáneo en su expresión neoliberal.

Es un error buscar en Marx respuestas a problemas concretos del mundo actual. Científico riguroso, no podía estudiar y describir lo que no existía. Esto no niega el valor heurístico de su obra, como se refleja en todas las actividades a las que prestó atención en su intensa actividad.

Ello se ve claramente cuando profundizamos en su concepción de la plusvalía y llegamos a entenderla como relación esencialmente política, expresión del dominio del capital sobre la vida del asalariado… y del propio capitalista. O cuando se dispone a estudiar el cálculo diferencial e integral, al ver en este entonces novedoso proceso matemático, potencialidades para el análisis de las crisis del capitalismo. Y elabora propuestas sobre conceptos como el de derivada, diferencial y límite, que van más allá de lo que habían hecho los «especialistas» a su alcance, y permiten comprender mejor la esencia de tales procedimientos y su valor para el estudio de la realidad.

No es suficiente plantear que lo que ha resistido el paso del tiempo en la obra de Marx es su método. Separar el contenido de la forma es una defensa poco «marxista» de Marx. Cierto es que nos brinda un método, un enfoque consecuentemente materialista y dialéctico de la realidad en su contradictorio desenvolvimiento. Pero precisamente comprender cabalmente la unidad del método y el contenido en Marx, es lo que nos permite, junto con él, ir más allá de la explicación de la realidad, y actuar intencionadamente en su transformación.

Esto es particularmente importante para los procesos sociales. En Marx tenemos elementos sustanciales de contenido para aproximarnos a los procesos reales buscando su conducción consciente, como totalidades en movimiento. En primer lugar, como procesos de interacción individuo-naturaleza-sociedad.

Comprender esto es de vital importancia para plantearnos una transformación que rebase los límites de superar el capitalismo; para plantearnos actuar en la generación y el ulterior desarrollo de las relaciones comunistas como «reino de la libertad», no como un estadio superior «de llegada», que  resultaría un «fin de la historia» hegeliano, o como el que pensó ver nuestro contemporáneo Fukuyama, con el derrumbe de experiencias socialistas europeas. Con Marx la sociedad comunista se plantea como un nivel superior del incesante y continuo proceso de emancipación, que se hace «verdaderamente humana». Es, como nos propone Fidel, «emanciparnos por nosotros mismos», en lucha con fuerzas poderosas que han dominado durante siglos.

LA OBRA DE MARX ES UN SISTEMA VIVO

Marx no nos da «recetas» para avanzar en esta sociedad. Pero sus ideas continúan pidiéndonos profundizar en las concepciones sobre la base de analizar las prácticas que hasta hoy han predominado acerca del «socialismo», incluidas las conducentes a experiencias autocalificadas como «socialismo real».

Con Marx podemos entender distinto los procesos reales. Y en particular, podemos entender la necesidad de ir más allá del orden reproductivo del capital, y actuar para generar uno completamente diferente. No en busca de implantar un modelo predeterminado, sino iniciando un profundo proceso de transformación, consciente, dirigida, que es mucho más que suma de cambios políticos o económicos. Se trata de una transformación radical de todo el sistema de relaciones sociales y de las relaciones entre los individuos humanos y la naturaleza. Es un proceso históricamente necesario, esencialmente contradictorio, de lucha constante para transformar la realidad y transformarnos nosotros mismos, que requiere de nuevos contenidos en todas las actividades humanas, y de nuevos conceptos para describirlas y actuar conscientemente en su transformación: no es posible con las «armas melladas» que sirvieron a los sistemas explotadores precedentes.

Marx estudió el sistema del capital existente en su tiempo, y, sobre la base de los materiales de la ciencia de entonces que estaban a su alcance, estudió rigurosamente las formas precedentes de funcionamiento y desarrollo de la sociedad.  Se dispuso a penetrar en la esencia de los procesos, con el objetivo de incorporar nuevas cualidades al progreso humano. Y con su obra fundamenta que el capital como sistema no es capaz de sustentar un futuro sostenible para la humanidad, y se hace necesario de modo revolucionario plantearse ir «más allá de sus límites», más allá de su naturaleza reproductiva.

Junto con Engels, subrayaron insistentemente la esencia de la revolución comunista como transformación históricamente necesaria, como un nuevo escalón en el funcionamiento y desarrollo de la sociedad, cuando hablaban del comunismo como «movimiento», «cambio»… aunque no «cualquier» cambio. Posteriormente el discurso revolucionario introdujo los términos de «periodo de transición», «construcción del socialismo», «socialismo desarrollado», etc., que insistimos en elevar al rango de conceptos y construir «leyes» para llevar adelante las transformaciones, «bajo las presiones» de los requerimientos cotidianos en los procesos concretos de establecimiento de esta sociedad esencialmente nueva. Y en el contexto de la aguda lucha ideológica de los tiempos de la «guerra fría», apareció el término «socialismo real». Un «término» que incluso resulta difícil de fundamentar como concepto, si somos consecuentes con la obra de Marx. Bastaría tratar de responder científicamente a la siguiente pregunta: ¿por qué, si ese «socialismo real» no incluía a Cuba, Vietnam, y la República Popular China, estos países se han mantenido enarbolando las banderas del socialismo después de que aquel sistema de «socialismo real» se derrumbó a fines del pasado siglo XX? No hay mejor demostración de que tal «concepto» artificialmente creado nada tiene en común con la obra de Carlos Marx.

Con esto no estamos negando los resultados positivos obtenidos por los procesos en Europa centro oriental, en medio de agudas confrontaciones después de la devastadora II Guerra Mundial, y mucho menos disminuir el valor del proceso pionero en la transformación comunista, iniciado por Rusia en 1917 y continuado por la URSS pese a guerras y frente a colosales obstáculos. Estamos subrayando la necesidad de perfeccionar nuestros enfoques para una práctica más eficaz, asimilando las enseñanzas de todas las experiencias, como Marx siempre insistió.

La obra de Marx se mantiene como un sistema vivo, en permanente enriquecimiento, para la comprensión y la transformación de la realidad. Se desarrolla sobre la base de la interacción entre los seres humanos y la naturaleza, en su práctica transformadora cotidiana. Una obra que se enriquece con los resultados de la apropiación humana de la realidad, en específico mediante el proceso del conocimiento científico, y seguirá siendo fundamento indispensable para responder a todos los retos de la contemporaneidad.

 

 

 

 

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