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Ironías comunistas

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MARCO SIFUENTES

NOVIEMBRE2018

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"En su segundo gobierno, García ejerció una persecución implacable –utilizando, él sí, el Poder Judicial– contra sus opositores que, en ese momento, se ubicaban a su siniestra"

La hipótesis del asilo es muy sencilla. Aparece, por ejemplo, en los tuits bamboleantes de Hugo Guerra, en los textos lisérgicos de Mariella Balbi y en las columnas de otros alanistas políticos: Alan García es víctima de una persecución política, llevada a cabo por el totalitarismo comunista.
Isn’t it ironic?, se preguntaría la semi-tocaya Alanis Morrisette. En los 18 años que llevamos de democracia lo más cercano que hemos visto a una persecución política ocurrió precisamente durante el segundo gobierno de Alan García. Y para colmo de colmos, se ejerció precisamente contra todo lo que los alanistas llaman, en estos días, “comunistas”: un amplio espectro que iba desde cierto republicanismo liberal (o sea, los caviares, término que se popularizó desde los medios gobiernistas de entonces) hasta los chavistas, tan en boga en esa época, pasando por dirigencias indígenas y sindicales.


El ánimo era tan loco que incluso ellos mismos llegaron a creerse la paranoia macartista que habían construido. No olvidemos que Luis Giampietri alertó que, en los primeros días de gobierno, el MRTA pensaba atentar contra Palacio usando balones de gas. El MRTA, que llevaba casi una década extinto, se volvió la excusa para perseguir todo atisbo de oposición zurda. Sería divertido si no hubiese tenido consecuencias reales: una joven sanmarquina de 20 años terminó casi tres meses en –apunten la ironía– prisión preventiva. ¿La excusa? Haber compartido un bus –luego se probó que hasta eso era mentira– con un emerretista que ya había salido de prisión, rumbo a un encuentro “bolivariano”.


El mismo Javier Diez Canseco terminó detenido por unas horas en la comisaría de San Isidro cuando fue a preguntar por la situación de varias decenas de maestros del Sutep, quienes habían sido arrestados durante una marcha. Por su lado, el líder indígena Alberto Pizango tuvo que –las ironías no se acaban nunca– asilarse en la embajada de Nicaragua. Otro, Santiago Manuin, fue literalmente acribillado durante el Baguazo; sobrevivió de milagro. 


No se vea este texto como una defensa de los personajes mencionados, mucho menos de sus ideas o rutas políticas. Ese no es el punto. El punto aquí es que, en su segundo gobierno, García ejerció una persecución implacable –utilizando, él sí, el Poder Judicial– contra sus opositores que, en ese momento, se ubicaban a su siniestra (así como en su primer gobierno, la oposición vino desde la derecha). Esto lo podemos atestiguar también algunos periodistas que, sin ser de izquierda, se nos catalogó como “rojos” por el simple hecho de hacer nuestro trabajo: incomodar al poder. Fue en el gobierno de García que nació el terruqueo como fenómeno.

Sería una triste ironía que el gobierno uruguayo del Frente Amplio –una coalición de izquierda que incluye, por cierto, al Partido Comunista de ese país– declare perseguido al perseguidor.

 
 

 

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