El caso Villarán

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Nelson Manrique

 

 

 

 

Las declaraciones de Jorge Barata y Valdemir Garreta, afirmando que Odebrecht aportó millones a la campaña contra la revocatoria de Susana Villarán, están siendo aprovechadas por la derecha para buscar descalificar éticamente a la izquierda, con el mensaje apenas velado de que si todos son corruptos, nadie tiene derecho a cuestionar la maloliente historia moral del aprofujimorismo.

Se instala la resignada convicción de que todos los políticos son corruptos, la izquierda y la derecha son intercambiables, y pretender cambiar las cosas –para bien– en el Perú es una empresa inútil. Villarán, además, sería víctima del oportunismo y la deslealtad, ahora que está en desgracia. Por eso es necesario esclarecer sus relaciones con la izquierda.

En las elecciones municipales del 2010 Susana Villarán construyó su candidatura en base a una pequeña organización, Fuerza Social. Buscó con éxito el respaldo de los sectores progresistas y concertó una alianza con organizaciones de izquierda como Patria Roja y Tierra y Libertad. Su candidatura alimentó la ilusión de una reunificación de las fuerzas disgregadas luego de la ruptura de la Izquierda Unida.

Con el trabajo de decenas de miles de activistas, Susana Villarán fue elegida alcaldesa de Lima. El siguiente paso, natural, era la participación del frente izquierdista que había nacido tan auspiciosamente en las elecciones generales del 2011. Se realizaron conversaciones y se firmó un pacto que fue inscrito oficialmente en el JNE. Pero sorpresivamente el acuerdo fue impugnado desde Madrid por Villarán, quien desautorizó a la dirección de su partido y lo anuló, perjudicando gravemente a sus ex aliados, al hacerlo luego de cerrado el plazo oficial para la inscripción de las alianzas electorales.

Aparentemente ella juzgó que era dueña de la votación obtenida y decidió marchar sola, lanzando la candidatura presidencial del embajador Manuel Rodríguez Cuadros y una lista parlamentaria propia. Allí terminaron sus relaciones con la izquierda. Lo que siguió fue un desastre. La candidatura presidencial no logró despegar del 0.1% de respaldo y tuvo que ser retirada apresuradamente. No tuvo mejor suerte su lista parlamentaria. Entonces escribí: “se lució como la izquierda que la derecha quiere” (“Que veinte años no es nada…”, LR 28 12 2010).

A pesar de todo, fue apoyada nuevamente por la izquierda cuando la coalición de Luis Castañeda, Alan García y las mafias de transportistas y de los mercados pretendieron vacarla. Villarán correspondió a quienes la apoyaron aliándose con Alejandro Toledo para buscar la reelección en la municipalidad, con los resultados conocidos.

Vinieron luego las elecciones generales del 2016. Ya había estallado el escándalo Odebrecht y Susana Villarán decidió participar como integrante de la plancha presidencial del nacionalismo, acompañando a Daniel Urresti, un militar enjuiciado por el asesinato del periodista de Caretas Hugo Bustíos y por la violación de Isabel Rodríguez Chipana, una testigo. Entonces escribí: “un análisis político de su decisión apunta a una hipótesis fuerte: Susana Villarán necesita, desesperadamente, inmunidad parlamentaria” (“Cambalache”. LR, 28 12 2015).

Villarán, que fue relatora de la Corte Interamericana de Derechos Humanos CIDH, no acogió las invocaciones de los familiares de las víctimas y de la Comisión Nacional de Derechos Humanos CNDH, de la que una vez fue presidenta. Declaró a Urresti inocente, lo que le ganó la condena de todos los presidentes ejecutivos de la CNDH y de los familiares del asesinado Hugo Bustíos, quienes expresaron su indignación: “(esto) insulta, veja e indigna a los familiares de víctimas de graves violaciones de los derechos humanos”. Expresé claramente mi condena: “No concibo ninguna variante de izquierdismo (llámese moderna, posmoderna, o como sea) compatible con semejante opción” (Nelson Manrique, “Será el llanto y el crujir de dientes (Mateo 13:42)”, LR. 17 01 2017).

Varios de los que apoyaron a Villarán en la alcaldía limeña y se jugaron luego para evitar su revocatoria expresaron su condena. Lo hizo Mónica Sánchez: “Desconcierto y decepción (…) Las causas no se negocian, los principios no valen votos”. “Qué triste el final de Susana Villarán”, escribió Claudia Cisneros. “El proceso de transformación de Villarán en náusea ha concluido”, añadió Raúl Tola. Gabriela Wiener le recordó que hay muchas formas de corrupción: “La traición a los propios ideales, por ejemplo (…) el respaldar a procesados por asesinato y violación en nombre de una ‘presunción de inocencia’ que en este caso queda reducida a ejercicio retórico”.

La justicia determinará su inocencia o culpabilidad. Como en todos los demás casos, debe exigirse se respeten sus derechos y se le otorgue garantías de imparcialidad. Pero debe quedar claro que no es la izquierda la que está sentada en el banquillo.

 

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