El mundo de Carlos Marx (1818-2018)

Carlos Marx y la revolución

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NELSON MANRQUE

 
 

 Marx fue un hijo pleno de la sociedad industrial y se convirtió en su mejor intérprete y crítico.

 

Carlos Marx y la revolución


Para hacerle justicia al viejo Marx, cuyo bicentenario se conmemora el 5 de mayo, se debe pensar y analizar sus aciertos y errores y los horrores perpetrados en su nombre.

El punto de partida de Carlos Marx para proponer la necesidad de una revolución socialista, fue que la gran Revolución Francesa de 1879 había quedado inconclusa. El enfrentamiento entre los tres Estados (la nobleza y el clero contra “el pueblo”) había encubierto la existencia de dos clases antagónicas que venían desplegándose al interior de este último: la burguesía y el proletariado.

La burguesía no puede existir sin el proletariado ni el proletariado sin la burguesía. Sólo se puede contratar fuerza de trabajo asalariada cuando existen trabajadores “libres” (proletarios, con libertad jurídica para vender su fuerza de trabajo y sin medios de producción para poder producir por su propia cuenta), y los proletarios sólo pueden convertirse en tales cuando encuentran un burgués dispuesto a comprar su fuerza de trabajo.

El triunfo de la Revolución Francesa, que proclamaba la conquista de los “derechos universales”, terminó siendo el triunfo de la burguesía. Las demandas “universales” de la revolución -libertad, igualdad, fraternidad- terminaron convertidas en conquistas de clase: libertad de comercio, la creación de un mercado donde pudieran equipararse como iguales los propietarios de mercancías de igual valor excluyendo a quienes no tuvieran dinero para comprarlas, y la fraternidad convertida en la unión mundial de la burguesía contra sus trabajadores.

Superado el feudalismo la burguesía impuso su dominación en el terreno político con la democracia representativa y la expansión capitalista le permitió extender su dominación económica por el mundo. Pero el fortalecimiento de la burguesía consolidaba al mismo tiempo a su par antagónico, el proletariado, y sus intereses cada vez hacían más claramente antagónicos. Las décadas que siguieron a la gran revolución serían jalonadas por la conquista de nuevos mercados por la burguesía y por el desarrollo de la conciencia de clase, la expansión de sus sindicatos y la gestación del socialismo como un orden alternativo al orden capitalista.

El capitalismo que Marx conoció fue el de la era industrial, y desde su estudio él se proyectó hacia el pasado, buscando comprender los procesos históricos que hicieron posible su gestación, y hacia el futuro, tratando de avizorar las tendencias fundamentales del desarrollo del capital.

Una primera constatación a la que Marx arribó fue que el rasgo característico de la expansión capitalista era la universalización de la forma-mercancía: la conversión de todos las relaciones sociales en relaciones mercantiles. Esto sucede en primer lugar en la economía: todo lo que en los modos de producción anterior era producido para el autoconsumo pasaría a ser producido en adelante como una mercancía: un bien o servicio producido para venderlo en el mercado. A medida que el capitalismo triunfante iba destruyendo los modos de producción anteriores, los campesinos dejaban de producir sus alimentos, su vestido, su vivienda, y pasaban adquirirlo todo en el mercado.

Esto incluía a los propios seres humanos: en el proceso los propios individuos se convertían en una mercancía: campesinos expulsados del agro se veían transformados en “fuerza de trabajo libre” colocada en el mercado para ser comprada por los empresarios para producir plusvalía. Pero la mercantilización de las relaciones sociales no se limitaba a la esfera de la economía. Marx constataba que también se convertían en mercancías puestas a la venta las opiniones, el prestigio y hasta la propia conciencia. Medítese la expresión: “¿Cuál es tu precio?”. Llegado a este límite, el capital alienaba radicalmente a los seres humanos, en tanto es una creación humana (más propiamente una relación social) que se vuelve contra sus creadores y se erige como un poder objetivo que los extraña, oprime y degrada.

Marx creyó ver en el proletariado la fuerza revolucionaria capaz de acabar con el capitalismo, con la explotación del hombre por el hombre y con las propias clases sociales. Para Marx la desaparición de la burguesía (el objetivo del comunismo) debería suponer también la desaparición de su par antagónico, el proletariado. Supondría pues la desaparición de la estructura de clases sociales misma. El proletariado sólo podía emanciparse provocando la emancipación de toda la humanidad.

Las previsiones de Marx, es obvio decirlo estas alturas, no se realizaron. Las revoluciones socialistas realizadas en nombre del proletariado a lo largo del siglo XX dieron sin excepción el poder a las burocracias y la implosión de la Unión Soviética y la desaparición de los socialismos realmente existentes a fines del siglo sellaron el fracaso del modelo del socialismo de la era industrial.

Para hacerle justicia al viejo Marx, cuyo bicentenario se conmemora el 5 de mayo, se debe pensar y analizar sus aciertos y errores y los horrores perpetrados en su nombre. Propondré algunas reflexiones al respecto en la próxima entrega.

 

 

 

El mundo de Carlos Marx (1818-2018)

Carlos Marx, cuyas ideas han influido como pocas en la historia de la humanidad, nació en Treveris, Alemania, el 5 de mayo de 1818.

El mundo al que Marx llegó estaba inmerso en muy profundos cambios económicos, políticos y sociales. Con la gran revolución francesa de 1789 las ideas de la Ilustración se difundieron, sentando las bases para la emergencia de la democracia moderna. Éstas fueron llevadas en ocasiones autoritariamente, por las campañas militares de Napoleón para conquistar Europa, hasta su derrota final en Waterloo, en 1815. La invasión de la Península Ibérica por las fuerzas napoleónicas en 1807 y la destitución del monarca reinante provocaron una crisis de legitimidad terminal. La soberanía del reino del cual Perú formaba parte se encarnaba en el cuerpo del soberano y este estaba cautivo en poder de los franceses. Al no reconocer a estos como gobernantes legítimos, con el rey depuesto, posiblemente para siempre, el poder había quedado vacante. Se abrió el ciclo de las guerras de independencia en América Latina.

El sistema capitalista mundial que surgió en el siglo XVI tenía un carácter mercantil. Gracias a los descubrimientos geográficos, la conquista y colonización se creó un mercado mundial, se impuso una división planetaria del trabajo, con México y Perú produciendo el oro y la plata que permitirían la enorme expansión de los intercambios mercantiles característicos de esta fase del capitalismo, Centroamérica y las Antillas fueron especializadas en los cultivos agroindustriales, África a su vez fue convertida en un cazadero de mano de obra esclava y Europa aseguró su hegemonía al reservarse la producción manufacturera.

Ese orden mundial llegó a su límite en el siglo XVIII y una nueva fase, el capitalismo industrial, vino a remplazarlo. Con la revolución industrial británica se desplegaron fuerzas productivas antes no soñadas, se impuso la hegemonía de la sociedad urbana sobre la rural y aparecieron nuevos actores sociales: la burguesía y el proletariado.

Un año antes del nacimiento de Marx la caballería británica cargó en Manchester contra una manifestación de 65,000 trabajadores textiles que, aparte de sus reivindicaciones laborales, reclamaban que los de abajo también tuvieran representación en el parlamento. La fábrica, uno de los más grandes aportes de la revolución industrial, había transformado profundamente el mundo del trabajo, desatando una revolución en la productividad que cambiaría rápidamente la forma de consumo y de vida de cientos de millones de humanos. La forma de producir dominante anterior, en el feudalismo, era la pequeña unidad productiva individual-familiar (parcela manejada por la familia en el campo, pequeño taller artesanal en la ciudad).

Con la gran revolución industrial surgieron las grandes unidades productivas. La fábrica que surgió hacia fines del siglo XVIII era una unidad productiva constituida por decenas, primero, cientos, miles y decenas de miles de trabajadores, después, asociados orgánicamente en la producción, actuando al unísono de tal manera que el producto final era el resultado no del trabajo de una persona (como sucedía en la producción artesanal) sino de la combinación del trabajo de miles de personas que actuaban como si fueran un único trabajador colectivo.

La producción industrial era social por su naturaleza. Al articular a los trabajadores, al mismo tiempo, creaba colectivos de cientos de miles de personas que tenían reivindicaciones comunes (derecho al trabajo, control de la jornada, condiciones sanitarias, seguridad, derechos laborales), que coexistían día a día lo largo de décadas trabajando juntos, articulados orgánicamente desde la fábrica, y que junto con sus demandas podían identificar enemigos comunes a los cuales enfrentar para lograr sus reivindicaciones (el personal técnico, los capataces, gerentes, propietarios, etc.). Estas características convertirían a los trabajadores de la sociedad industrial en el sujeto político por excelencia de la política como esta existió durante el siglo XX: la política de masas.

En 1818 un barco a vapor, el Savanna cruzó el Océano Atlántico. Las locomotoras conquistaban los continentes. Ese mismo año se publicó el libro de una joven escritora inglesa de 19 años de edad, Mary Shelley, Frankenstein, o el Prometeo moderno, la primera gran crítica romántica a la sociedad industrial y sus promesas y su primera gran distopía.

Los trabajadores fabriles se agrupaban y eran reprimidos en Inglaterra. Italia y Alemania vivían revoluciones en pos de la unificación nacional. En América Latina en 1818 las luchas por la Independencia entraban en su fase final.

Marx fue un hijo pleno de la sociedad industrial y se convirtió en su mejor intérprete y crítico. A dos siglos de su nacimiento sus ideas, cuya muerte ha sido anunciada infinidad de veces, siguen despertando pasiones y suscitando debates. Hablaremos de ellas.

 

 

Marx, la información y la revolución


Los procesos y productos fragmentarios tienen que recomponerse para que 2l proceso productivo culmine.


La totalidad de las revoluciones socialistas inspiradas por Marx, realizadas en nombre del proletariado, terminaron entregando el poder no a los trabajadores sino a poderosas burocracias, en muchos casos creadas por la propia revolución. ¿Fue esto el resultado de “errores de interpretación” de la doctrina de Marx o de “restauraciones capitalistas” realizadas por camarillas de contrarrevolucionarios, como se ha dicho? Que éste fuera un resultado virtualmente unánime permite sospechar que hubo cuestiones más profundas.

La revolución no entregó el poder al proletariado sino al burocracia porque elementos estructurales de la organización industrial de la producción hacían a esta no sólo necesaria e inevitable, sino le daban los instrumentos para el control del poder. Voy a sostener que tras el inevitable triunfo de la burocracia había una contradicción fundamental en la propia doctrina de Karl Marx.

La organización industrial del trabajo divide procesos productivos complejos en una multitud de pequeñas tareas que se encomiendan a diversos trabajadores. Estos se constituyen así en una especie de órganos parciales de lo que Marx denominó un “trabajador colectivo”. Cuanto más complejo es el producto a elaborar más división social del trabajo se requiere. La división del trabajo a su vez condena a los trabajadores a ejecutar tareas cada vez más parciales, especializándolos y limitando crecientemente su capacidad de entender el proceso productivo global en el cual participan, sustrayéndoles así la posibilidad de controlarlo.

Esta es una dimensión fundamental de lo que Marx denominó la “alienación (o enajenación) del trabajo”. Para el proletario, la fábrica y la máquina con la cual trabaja se le presentan como entidades externas que lo objetivan; anulándolo como sujeto creador. Esto es evidente si se compara un artesano y un obrero. En la producción artesanal la herramienta es una prolongación del trabajador, que la pone en marcha, la manipula y le impone su ritmo de trabajo. En la producción industrial en cambio el obrero termina convertido en una prolongación de la máquina; un apéndice producido al cual esta somete a su ritmo y demandas, despojado del conocimiento, el poder y la capacidad para controlar el proceso productivo del cual forma parte.

Este análisis fue desarrollado originalmente por Marx en los Cuadernos Económico-Filosóficos de 1844 y retomado en el tomo I de El capital, en los capítulos sobre la organización industrial del trabajo. El problema es que esta tesis es abiertamente contradictoria con aquella otra tesis del propio Marx que sostiene que el proletariado, desde sus condiciones materiales de existencia, es capaz de generar un orden social superior alternativo. Si un obrero es incapaz de controlar -y aún comprender- el proceso productivo de la mercancía particular en el cual participa, mucho menos podrá gestar y controlar un orden social global. Por eso no ha habido grandes teóricos proletarios ni tampoco una presencia significativa de obreros en la dirección de los partidos revolucionarios que tomaron el poder.

Pero hay otra fracción social que si tiene una visión global del proceso productivo. Es la burocracia, cuya función social consiste en recomponer los procesos productivos previamente fragmentados por la división social del trabajo. Los procesos y productos fragmentarios tienen que recomponerse para que proceso productivo culmine. A medida que el proceso productivo se hace más y más complejo y se incrementa continuamente la división social del trabajo se requiere aparatos administrativos cada vez más grandes para cumplir esta tarea. Surgen así gigantescas pirámides burocráticas que acumulan crecientemente más y más poder.

Las diversas unidades de una organización burocrática (oficinas, departamentos, direcciones, etc.) producen, manipulan, distribuyen y procesan la información que fluye por los canales administrativos: órdenes, instrucciones, supervisión, evaluación, control, articulación de procesos fragmentarios, retroalimentación, datos de oferta, demanda, tendencias de la moda, señales del mercado, etc. La base del poder de la burocracia es el control de la información; de ahí que en los países socialistas ésta (que no contaba con la legitimidad de ser la propietaria de los medios de producción, como la burguesía) ejerciera habitualmente un control despótico sobre ésta, defendiendo así la fuente de su poder. Información es poder.

Por eso la confiscación de los medios de producción a la burguesía por las revoluciones no transfirió el poder al proletariado sino a la fracción social que tenía la capacidad de controlar el orden social naciente: la burocracia. Que esta terminará controlando el poder en todas las revoluciones socialistas no fue pues un resultado accidental sino un producto necesario de la propia doctrina de Karl Marx. Por eso los socialismos así construidos terminaron siendo frágiles, como lo mostró la historia.

 

Marx y el capitalismo informacional

 

La crisis del capitalismo industrial detonó la crisis de la sociedad industrial de masas, de las organizaciones, los partidos y la política de masas y del horizonte de la revolución como epopeya de las masas proletarias.

 

La vida de Karl Marx (1918-1883) trascurrió en medio del despliegue de la revolución industrial inglesa. Su crítica del sistema capitalista, la que mayores consecuencias ha tenido en la historia, debe ser situada históricamente en el horizonte de una fase particular del desarrollo del capitalismo: la fase industrial. No era un profeta revelando verdades divinas sino un estudioso que buscaba en la investigación de la realidad concreta las claves para comprender las tendencias fundamentales del desarrollo del sistema.



 

Hasta Marx, el capitalismo pasó por dos fases históricas diferenciadas: 1) la fase mercantil, de una acumulación originaria que se inició en el siglo XVI con los descubrimientos geográficos, el saqueo colonial y la unificación del mundo; y 2) una fase capitalista industrial que se inició a fines del siglo XVIII y entró en crisis a fines del siglo XX. El horizonte histórico de Marx corresponde al capitalismo industrial. Las propuestas políticas de Marx respondían a lo que eran las condiciones sociales imperantes de esa fase histórica particular, pero éstas han dejado de tener vigencia en la nueva fase que está actualmente en despliegue y que Marx no pudo prever: el capitalismo informacional.

A fines del siglo XX comenzaron a manifestarse signos de que el capitalismo industrial se agotaba y entraba en una crisis terminal. Lo que nos interesa aquí es que la crisis general de la organización industrial del trabajo provocó una profunda crisis social y política que cambió completamente el panorama de las luchas sociales en el mundo.

La crisis del capitalismo industrial detonó la crisis de la sociedad industrial de masas, de las organizaciones, los partidos y la política de masas y del horizonte de la revolución como epopeya de las masas proletarias. A medida que avanzaba el tiempo las grandes movilizaciones populares fueron cediendo crecientemente el paso a los espectáculos televisivos y los partidos políticos fueron perdiendo importancia mientras crecía el poder de los medios de comunicación. A nivel planetario se vive hoy la decadencia de los partidos proletarios, la migración de amplios sectores de la clase obrera a posiciones conservadoras y a una involución política en los países desarrollados marcada por el éxito del populismo conservador, al estilo de Sarkozy en Francia, Berlusconi en Italia o Trump en los Estados Unidos.

Para Marx, la victoria de la revolución provocaría no sólo la desaparición de la burguesía sino la del proletariado –su par antagónico- y así el fin de la sociedad dividida en clases sociales enfrentadas. A la caída del capitalismo le sucedería la sociedad sin clases, el comunismo y el fin de la explotación del hombre por el hombre. Como sabemos, su predicción no se realizó; vivimos no el fin del capitalismo sino su transición a una nueva fase: el capitalismo informacional.

Las propuestas políticas de Marx se agotaron junto con la sociedad industrial a la que pertenecen. La consigna de expropiación de los medios de producción para acabar con la explotación del hombre por el hombre, por ejemplo, tiene poco sentido en las condiciones de capitalismo informacional. Durante la fase industrial la riqueza era tangible y las empresas más importantes del mundo se concentraban en dos ramas fundamentales: la industria del petróleo y la industria automotriz.

Pero, de acuerdo a la información producida por Forbes, para el año 2017, entre las 20 empresas más importantes del mundo, según su valor de mercado, no hay ni una automotriz. En la rama del petróleo recién en el 7° puesto figura la Exxon Mobil, seguida a bastante distancia por la Royal Dutch Shell, en el puesto 19°. Y mientras se esfumaba el poder de las empresas industriales la hegemonía de las empresas información, cuyo valor está formado de intangibles, no expropiables, era absoluta: los cuatro primeros puestos entre las empresas más poderosas del mundo son ocupados hoy por compañías impulsoras del capitalismo informacional: Apple, Alphabet (Google), Microsoft y Amazon.com. El quinto puesto lo ocupa Berkshire Hathaway, financiera del multimillonario Warren Buffett, y el sexto, en un virtual empate con la anterior, Facebook. Sólo a partir del séptimo puesto aparecen empresas tradicionales: Exxon Mobil, Johnson & Johnson, J.P. Morgan Chase, etc.

El proletariado industrial clásico vive también una profunda involución. Para el 2016, el sector primario ocupaba el 1.3% de la PEA en los EEUU, el sector secundario (manufactura e industria) apenas el 17.5% y el sector terciario, cuyo corazón es la economía de la información, un contundente 81.2%. El proletariado, que hacia 1957 constituía la mitad de la PEA, representa ahora apenas algo más que la sexta parte, mientras que más de las cuatro quintas partes de la fuerza de trabajo total labora en el sector servicios. Se trata de un escenario completamente nuevo que requiere respuestas igualmente novedosas.
 

 

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