Marx, la máquina y la alienación

Artesanos medievales y operadores simbólicos

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NELSON MANRIQUE

       

20JUNIO2018

 

En la sociedad de la información se reconoce que el trabajo productivo desde el hogar tiene varias ventajas

 


Giambattista Vico (1668-1744), importante filósofo de la historia italiana, formuló a inicios del siglo XVIII una visión del tiempo histórico cuyo eco puede encontrarse en la doctrina de Marx. Vico rechazaba la idea de que el tiempo de la historia fuera lineal, como sostenía la mayoría de los historiadores después de René Descartes; consideraba más bien que ésta se movía en círculos, como pensaron importantes civilizaciones de la Antigüedad. Pero él introdujo una modificación decisiva: según su concepción luego de completar un ciclo la historia retornaba a su punto de partida original, pero en otro nivel cualitativamente distinto. Su movimiento no era pues circular sino más bien en espiral.
La proposición de Vico es sugerente para examinar un fenómeno que se está desplegando ante nuestros ojos, que involucra a los artesanos de la era preindustrial y a trabajadores del conocimiento de la era postindustrial.

Obsérvese el entorno de trabajo del artesano medieval. Este labora no en un local apartado de su domicilio (oficina o fábrica, por ejemplo) sino en una habitación que forma parte de su vivienda, que él ha convertido en su taller. Allí el artesano tiene las herramientas de su oficio y con ellas ejerce su labor. La vida del hogar y el proceso productivo no están definidamente separados, y no se ha producido la neta distinción, característica de la sociedad industrial, entre la economía doméstica y la economía política: la primera, el reino de la mujer y la segunda, el espacio de dominio y hegemonía de los varones (por eso cuando se pregunta a un niño por su papá suele contestar: “Ha salido al trabajo”). Las implicaciones desde un análisis de género son profundas.

Obsérvese ahora el entorno productivo de un trabajador del conocimiento. Buena parte de su trabajo puede desarrollarse en el estudio que éste ha montado en su hogar: una habitación donde ha reunido sus medios de trabajo, la computadora, la impresora, el escáner, periféricos diversos y por supuesto las redes electrónicas con las cuales pueden conectarse con el mundo, a través de Internet. Casi un taller medieval.

En la sociedad de la información se reconoce que el trabajo productivo desde el hogar tiene varias ventajas: ahorra horas diarias de desplazamiento entre el hogar y el centro de trabajo con el subsiguiente ahorro de combustible y tiempo, aparte del ahorro del estrés que acompaña la vida en las grandes ciudades. Para un trabajo creativo, por otra parte, puede resultar más conveniente un ambiente apacible y cómodo, del cual se tiene pleno control, donde se vienen acumulando cantidad de insumos y herramientas que facilitan la tarea. A las empresas el trabajo desde el domicilio les ahorra dinero en locales, mantenimiento, seguridad, limpieza, agua, luz, y demás servicios. No es por eso extraño que este tipo de trabajo venga creciendo. Buena parte de los trabajadores simbólicos hacen al menos una parte de su jornada desde su domicilio, y el desarrollo de un amplio software de soporte –como las oficinas virtuales– facilita el avance de esta tendencia. Por supuesto, esto supone muy profundos cambios en la organización de la lógica productiva, como calcular el trabajo no por el tiempo que se le dedica sino por sus resultados: tareas cumplidas.

Las similitudes entre el escenario de trabajo de los operadores simbólicos y el taller del artesano medieval son obvias, y el paralelo tiene su punto de partida en la naturaleza de la computadora en cuanto se la usa como medio de trabajo. La computadora no es una máquina que impone su ritmo y controla al trabajador, sino una herramienta sometida al dominio y control de este. La computadora es el medio de producción principal del capitalismo informacional; la importancia del tema es evidente.

Para Marx, la herramienta es una extensión de las facultades humanas. Un martillo cumple la misma función que el puño cerrado al golpear un objeto. Un alicate o unas pinzas trabajan de una forma similar a los dedos pulgar e índice cuando toman un objeto y lo presionan. Un telescopio o un microscopio son extensiones de las facultades del ojo humano, etc. La computadora como herramienta constituye una extensión del cerebro humano, con memoria, sensores para introducir y extraer la información (input/output), operadores lógico-matemáticos, instrumentos de búsqueda y análisis, mecanismos de creación de simulaciones, etc.

Comprender la función productiva de la computadora requiere pues entender la naturaleza de la herramienta, en cuanto medio de trabajo; su relación con el trabajador, las diferencias que la separan de la máquina, y las relaciones de producción que fundan unas y otras. Continuaré.
 

 

 

Marx, la máquina y la alienación I

 

La crítica radical de Marx al capitalismo industrial cuestiona el carácter deshumanizante que adopta el proceso productivo capitalista, que aliena a los trabajadores, los despoja de sus facultades creativas.

La crítica radical de Marx al capitalismo industrial cuestiona el carácter deshumanizante que adopta el proceso productivo capitalista, que aliena a los trabajadores, los despoja de sus facultades creativas y los somete al dominio de entidades que los propios seres humanos crean, que se objetivan como potencias independientes y dominadoras, que se vuelven contra sus creadores. Es lo que sucede con la maquinaria en el capitalismo industrial.

La teoría de la alienación fue descalificada por el filósofo francés Louis Althusser como una elaboración juvenil de un Marx inmaduro, pre marxista, que éste abandonó a llegar a su madurez. Pero el Marx maduro realizó el mejor desarrollo de su teoría en los Grundrisse…, en la plenitud de su madurez.

El proceso de producción capitalista, dice Marx, desarrolla a la máquina como el medio de trabajo adecuado a sus objetivos, y esta se plasma en “un sistema automático de maquinaria … puesto en movimiento por un autómata, por fuerza motriz que se mueve a sí misma; este autómata se compone de muchos órganos mecánicos e intelectuales, de tal modo que los obreros mismos solo están determinados como miembros conscientes de tal sistema” (Marx 1973: 218). Dicho en otras palabras, los obreros se convierten en una pieza de la máquina, equiparables a cualquier pieza mecánica inerte, con la misma carencia de voluntad e iniciativa que estas.

A diferencia de la herramienta en manos del artesano, la máquina no es un instrumento a través del cual el trabajador aplica su trabajo a la materia prima que quiere transformar. El obrero “no hace más que trasmitir a la materia prima el trabajo o acción de la máquina, [a la] que vigila y preserva de averías. No es como en el caso del instrumento, al que el obrero anima, como a un órgano, con su propia destreza y actividad, y cuyo manejo depende por tanto de la virtuosidad de aquel. Sino que la máquina, dueña en lugar del obrero de la habilidad y la fuerza, es ella misma la virtuosa, posee un alma propia presente en las leyes mecánicas que operan en ella, y así como el obrero consume comestibles, ella consume carbón, aceite, etc. … con vistas a su automovimiento continuo” (Marx 1973: 218-219).

La alusión al “automovimiento continuo” ha llevado a leer este párrafo como una anticipación genial de Marx de la era de la automatización y de ingenios productivos autónomos, manejados por una inteligencia artificial, como los robots. Esto es un error. De lo que Marx habla es de la apropiación por la burguesía de un capital social de conocimiento acumulado históricamente, en forma de ciencia y tecnología, que se incorpora a la maquinaria en su construcción, que utiliza las leyes de la naturaleza de acuerdo con los intereses del capital: “La acumulación del saber y de la destreza, de las fuerzas productivas generales del cerebro social, es absorbida así, con respecto al trabajo, por el capital y se presenta por ende como propiedad del capital, y más precisamente del capital fixe [capital fijo, específicamente la maquinaria]” (Marx 1973: 220).

La maquinaria no es pues un instrumento que el obrero utiliza, sino éste es utilizado por aquella y puesto a su servicio. La actividad del obrero “está determinada y regulada en todos los aspectos por el movimiento de la maquinaria, y no a la inversa. La ciencia, que obliga a los miembros inanimados de la máquina -merced a su construcción- a operar como un autómata, conforme a un fin, no existe en la conciencia del obrero, sino que opera a través de la máquina como poder ajeno, como poder de la máquina misma, sobre aquel”.

El trabajador es despojado así de su intervención pensante, creativa, y se convierte en un simple apéndice de la máquina: “El trabajo se presenta, antes bien, solo como órgano consciente, disperso bajo la forma de diversos obreros vivos presentes en muchos puntos del sistema mecánico, y subsumido en el proceso total de la maquinaria misma, solo como un miembro del sistema cuya unidad no existe en los obreros vivos, sino en la maquinaria viva (activa), la cual se presenta frente al obrero, frente a la actividad individual e insignificante de este, como un poderoso organismo” (Marx 1973: 219).

Es la máquina y no el obrero quien incorpora la potencia del conocimiento en la producción: “En la maquinaria, la ciencia se le presenta al obrero como algo ajeno y externo, y el trabajo vivo aparece subsumido bajo el objetivado, que opera de manera autónoma” (Marx 1973: 221).

 

 

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