Tendencia oportunista hacia la deslealtad
 
GUSTAVO ESPINOZA MONTESINOS  

noviembre2019

 

 

  El presidente Vizcarra ha dado una “versión de los hechos”. Pero no ha sido convincente. Ha omitido el incidente con Evo a bordo, y “la razón política” esgrimida por el ministro Meza Cuadra. Lo han desmentido los hechos: el reporte del Canciller mexicano, y el audio del piloto asegurando no tener “permiso peruano” para descender. ¿Por qué habría obrado así Vizcarra?. Mantuvo buenas relaciones con Evo y le debe diversos proyectos de colaboración y ayuda. No cabría causa alguna, salvo las que deslizan sus biógrafos: una cierta tendencia, oportunista, a la deslealtad. Y eso es grave.

 

Alevoso en extremo resultó ser el comportamiento de algunos gobiernos de la región que, con el avión mexicano en el aire, le negaron la posibilidad de hacer una escala técnica a fin de recargar combustible, o simplemente volar por el “espacio aéreo” que les correspondía. Objetivamente, esas negativas jugaban con una posibilidad macabra: que la nave militar azteca perdiera capacidad de vuelo, y finalmente pereciera.

Luce inaudito que Jefes de Estado de un país –gente que se supone elementalmente civilizada- obre a conciencia para asegurar la caída de un avión tripulado, apenas por el odio que les cause la identidad de las personas que morirían como consecuencia del hecho.

No hay casi antecedentes de esa magnitud por lo menos en nuestra región. De todos modos, podría recordarse uno, ocurrido en otra circunstancia: el atentado contra el vuelo de Cubana de Aviación -octubre de 1976- consumado por Luis Posada Carrilles y otros, que eran enemigos jurados de la Revolución Cubana y asesinos convictos y confesos. Esta vez, quienes obraron en el límite de esa inconducta, fueron Jefes de Estado de países de América Latina, en cumplimiento de “ordenes”, presumiblemente emanada de la Casa Blanca.

Reconstruyamos brevemente los hechos: el gobierno de México resolvió conceder Asilo Político a Evo Morales, derribado por un Golpe de Estado en su país. Para concretar esa voluntad envió un avión militar el 11 de noviembre por la mañana. La ruta para llegar al país altiplánico y recoger al protegido, era un vuelo directo: Ciudad de México-Lima-La Paz. Allí, conectarse con el afectado y emprender el retorno por la misma vía. Eso, que resultaba comprensible para cualquier escolar de primer curso, se convirtió en una verdadera odisea que puso en grave riesgo la vida de Evo y sus compañeros, y la de los tripulantes mexicanos encargados de tan delicada misión.

El gobierno peruano originalmente tuvo una concesión, medrosa y timorata, pero inicialmente positiva: aceptó –amparándose en un convenio internacional que data de 1954- otorgar el permiso requerido para que la nave hiciera en Lima una Escala y recargara combustible. El hecho sucedió como estaba previsto, pero se complicó porque el aparato no pudo ingresar al espacio aéreo boliviano por falta de autorización. Probablemente el caos generado por el Golpe del día anterior, y la ausencia de autoridades reconocidas en ese país, conspiró para hacer posible eso. Debió entonces volver a Lima a la espera de las autorizaciones requeridas.

Ya con Evo y sus compañeros a bordo, el avión debió iniciar el retorno, pero se registró allí el primer hecho inaudito: el Canciller peruano informó que el vuelo no podría hacer escala en Lima como consecuencia de una “decisión política” adoptada por el gobierno peruano. ¿Quién la dictó? Nadie lo ha explicado. Presumiblemente, fue una “presión” ejercida por la Casa Blanca.

La Nave Aérea debió volar entonces en dirección opuesta: a Asunción, donde gracias a las gestiones del recientemente electo Presidente Argentino Alberto Fernández, el gobierno guaraní aceptó la escala requerida. Desde allí, debía remontar al norte. Brasil y Paraguay, aceptaron a regañadientes que el aparato se desplazara por encima de la línea fronteriza de ambos países para no volar propiamente sobre el territorio de ninguno de ellos. Operación compleja, pero inevitable.

Superado el tramo, el avión azteca no tenía sino que tentar otra vez la posibilidad del Perú. Y es que la probabilidad de un Escala Técnica para un vuelo de nueve horas con una autonomía de desplazamiento fijada en un máximo de once, lucía vital. La respuesta peruana aludió sólo al “uso del espacio aéreo”: el avión podría desplazarse por cielo peruano, pero no descender. No hubo alternativa.

La cosa no terminó allí: Ecuador había concedido la escala requerida ubicándola en Guayaquil, pero la autorización fue retirada sin explicación alguna. La nave, entonces, debió “rodear” la Patria de Olmedo y seguir rumbo al norte, evitando El Salvador, que se sumó a la siniestra maniobra.

El presidente Vizcarra ha dado una “versión de los hechos”. Pero no ha sido convincente. Ha omitido el incidente con Evo a bordo, y “la razón política” esgrimida por el ministro Meza Cuadra. Lo han desmentido los hechos: el reporte del Canciller mexicano, y el audio del piloto asegurando no tener “permiso peruano” para descender. ¿Por qué habría obrado así Vizcarra?. Mantuvo buenas relaciones con Evo y le debe diversos proyectos de colaboración y ayuda. No cabría causa alguna, salvo las que deslizan sus biógrafos: una cierta tendencia, oportunista, a la deslealtad. Y eso es grave.

Finalmente, diez horas después de su partida de Asunción, la nave pudo arribar a su destino con Evo y sus compañeros a bordo. Gran gesto del presidente Andrés Manuel López Obrador y de su canciller, pero macabro el juego de quienes urdieron planes con la esperanza que fracasara.

Una última reflexión: ¿Por qué el Golpe?. Bolivia no estaba “en crisis”, no existían las “razones humanitarias” usadas en otras circunstancias, no existía una dictadura, ni convulsiones sociales. Hubo, sin duda, una mano aviesa que puso sobre la mesa tres razones: la minería y el litio; el racismo y la ideología. Grandes monopolios, una oligarquía blanca que no acepta el gobierno de “los aborígenes” y el “sueño americano” que lleva a los Mesa y a los Camacho de nuestro continente a obrar como si fueran yanquis.

“Razones” entonces, intolerables en el mundo civilizado. Y más bien, propias de regímenes segregacionistas, como el Apartheid en África de Sur, o fundamentos de la camarilla sionista de Israel; alentadas por la locura del precario inquilino de la Casa Blanca; y que derivan en un sangriento sainete con Guaidó, Meche Araoz y Jeanine Añez como protagonistas.

 
 
 

 

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