¡Hasta siempre

mi General!

 

JULIO DEL CARPIO GALLEGOS, TENIENTE CORONEL EP (R)

 

21DICiembre2019

 

 

  El 24 de diciembre de 1977 murió en Lima el General Juan Velasco Alvarado, quien fuera presidente del gobierno revolucionario del Perú (1968-1975). Su sepelio fue el mas grande acontecimiento de su género habido en el Perú en toda su historia republicana; el 25, en plena Navidad, casi un millón de limeños acudieron al entierro, que fuera saboteado por el gobierno del felón apellidado Morales Bermúdez (condenado por la justicia italiana por criminal, pero cómodamente "refugiado", el muy sinvergüenza, en Lima) quien fungía de presidente de la república.
La policía a caballo dispersó a la multitud que se dirigía al cementerio de El Ángel, en las afueras de la Capital; sin embargo, la masa desbordó el cerco. Singular atención merece el comportamiento de un grupo de oficiales del ejército peruano, quienes estando acuartelados, obligatoriamente, por orden específica de Morales Bermúdez, abandonaron sus cuarteles para asistir al sepelio de su General, su excomandante en jefe. Uno de ellos es el autor de esta nota, Julio Del Carpio Gallegos (en la foto), quien, siendo Mayor EP, en ejercicio, desafió la orden llegando -a tiempo- al cortejo para cargar el ataúd del General Velasco.

 

En plena Navidad, un millón de limeños acudieron al entierro, que fuera saboteado por el gobierno del felón Francisco Morales Bermúdez


Ahora que las lágrimas, el dolor, la congoja, los gritos del pueblo también han pasado a la historia como signos de identificación con el general de los pobres, de los oprimidos, de los marginados, ahora que el lema revolucionario de ¡Chino contigo hasta la muerte¡ no es más un decir, sino una promesa cumplida, acuden a la memoria escenas del velorio y del sepelio que jamás podrán olvidarse, porque jamás se olvidan las manifestaciones del pueblo; doloridas, reverentes, espontáneas de rabia contenida, la impotencia ante lo inescrutable del destino.

Cómo poder olvidar a aquella anciana, al filo de la madrugada, cobijada en el altar de la iglesia del Sagrario, que cuando se le dijo porque no iba a descansar, contestó: “cuán poco es dedicarle unas horas a éste hombre que dedicó toda una vida por su patria!.

Cómo olvidar a aquel joven que vencido por la emoción no pudo reprimir un grito de dolor… “aquí yace nuestro hermano mayor, aquí yace el gran Amauta, aquí yace Juan Velasco, aquí…” no pudo continuar y abrazándose al féretro prorrumpió en sollozos, mientras un silencio sobrecogedor se apoderó de los presentes.

Cómo olvidar a aquel niño de apenas 4 años, que junto a su padre había estado en la cola, horas y horas, y que al pasar por el féretro llorando reclamaba que lo alzarán y al así hacerlo, musitará “Adiós Velasco, ya te conocí" “.

Cómo olvidar a aquella señora, en avanzado estado de gravidez, que penosamente discurría en la cola y que al sugerírsele que se adelantará, contestó: “estoy formando cola hace varias horas, que importa unos minutos más con tal de verlo”

Cómo olvidar a aquel moreno, anciano ya, que al llegar al féretro, lo abrazó llorando, al tiempo que decía: “cumplí mi promesa mi General, así como tú cumpliste con tu Patria”.

Cómo olvidar el gesto de incredulidad del chofer de la carroza cuándo desesperado decía: “se han robado la llave de contacto”, cómo olvidar, pues, a aquel personaje anónimo que sustrajo la llave para que Velasco pudiera ir en hombros de su pueblo.

Cómo olvidar a aquellas mujeres que en San Francisco se arrodillaron delante de la carroza para que ésta no avanzara.

Cómo poder olvidar a aquel pueblo en su hora de triunfo cuándo en Abancay logró llevarlo en hombros, cómo olvidar aquellos brazos del pueblo que se disputaban el honor de ser los primeros en llevarlo, cómo olvidar ese llanto colectivo, ese Himno Nacional, cantado con la voz quebrada por la emoción de ese instante.

Cómo olvidar a aquella ancianita que por Grau y ante el estupor de todos se acercó al féretro, al tiempo que decía: “yo ya no puedo cargarte, deja que al menos toque tu cajón” y santiguándose se alejó en la inmensidad.

Cómo olvidar a aquel campesino, de manos callosas, de piel ajada, que reposando la cabeza sobre el féretro, llorando decía “ahora General, quién vera por los pobres, quién cuidará que no nos vayan a quitar nuestra tierrita”.

Cómo olvidar a aquella mujer Piurana que le dijo a uno de los cargadores: “feliz tu paisano que puedes llevar al hombre sobre tus hombros”.

 
 

 

“Feliz tu paisano que puedes llevar al hombre sobre tus hombros”.

 

Cómo olvidar a aquellos niños subidos a un camión piurano, al ingresar a la Avenida Los Incas, que agitaban una pancarta que decía: ¡Chino, los churres nunca te olvidaremos, nosotros continuaremos tu Revolución!.

Cómo olvidar a aquel moreno que guiaba a los cargadores “andando se avanza”. Cómo olvidar a aquellos que espontáneamente organizaban los relevos, a aquellos que con los brazos entrelazados formaban cordones humanos alrededor del féretro.

Cómo olvidar también a aquellos jóvenes Oficiales del Ejército que durante todo el trayecto acompañaron a su General y que reverentes de vez en vez tocaban la bandera patria que cubría el féretro.

Cómo olvidar aquel mar humano, desafiante en San Francisco, combativo en Abancay, sollozante en Grau, tonante en la Plaza del Ángel.

Cómo olvidar el rostro del General Meza Cuadra, su voz entrecortada, sus labios balbuceantes, aquellas lágrimas que corrían por sus mejillas, aquel rictus de dolor, aquella mirada elevada al cielo.

Cómo olvidar a la señora Consuelo y a su hijo, delante de la tumba y ante la última palada de tierra, cuándo al comprender que todo había acabado, alzó la mirada y vencida por el dolor, lloró la madre reclinada en el hombro de su hijo.

Cómo poder olvidar a aquel anciano de Castilla, en la Plaza del Ángel, que decía: “allá en mi pueblo un paisano dijo esta frase que todos veneramos” ¡Cuando un valiente gobierna que mierda importa una pierna!

Y finalmente, al caer la oscuridad, sobre el camposanto cuándo la gente se retiraba, lenta, silenciosamente, un hombre del pueblo dijo: “todo ha terminado, verdaderamente Juan era un santo, la noche de su muerte lloró el cielo, yo he visto las palomas en vuelo de gloria acompañar su ataúd, la anchoveta ha vuelto a nuestros mares; Juan de los Pobres, no te olvides de tu pueblo, desde el más allá conduce a tu Perú”.

Es el hombre que ingresa a la inmortalidad, es el mito que empieza a nacer y convertirse en leyenda, ante su dimensión histórica nada podrá la chatura moral de la gente que lo difamó, que lo calumnió, que trato de ocultarlo; como si los símbolos podrán ocultarse, como si los símbolos podrán destruirse. Atrás quedó ya la incomprensión, la intransigencia, porque en adelante nadie podrá olvidar su memoria, nadie podrá negar su presencia.

Es el General Juan Velasco Alvarado, cuyo nombre está escrito en la historia, cuyas obras y palabras empezarán a crecer al paso de los años, es el nuevo libertador de su pueblo, es el iniciador de la revolución, el forjador del nuevo Perú

¡Hasta siempre mi General!
 
 

 

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