Desde el Tercer Piso

Izquierdas, identidades y votos estratégicos

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Jose Alejandro Godoy 

 
 
 
 

(A aprender a procesar la victoria en la derrota. Foto: Perú.21)

El domingo pasado, desde este modesto espacio, consideramos que uno de los ganadores de la elección era el Frente Amplio. Sacaron una votación impensada hacía 4 meses, la performance política de su candidata - y ahora nueva lideresa - mejoró sustancialmente su discurso y obtuvieron la segunda bancada más importante del Congreso de la República.

Todo ello no es poco y es meritorio considerando que su campaña tenía pocos recursos económicos frente a los demás partidos. Asimismo, se reafirmó una identidad de izquierda y, además, se hicieron ajustes para afrontar las críticas provenientes desde dentro y fuera de este sector político.

Pero nuestra izquierda tiene dos problemas de raíz que hasta ahora no ha podido conjurar y que pueden hacer abortar su esperanza de crecer.

La primera es la vocación de bondad y pureza que suena en su discurso. Mejor dicho, creer que el patrimonio de ambas es únicamente zurdo. Hace casi 16 años, Alberto Vergara escribía este texto que me resuena como palabra de hoy:

En política lo relevante son los medios. Sólo la acción política incivilizada y anti-democrática cree que los fines son más importantes que la forma de llegar a ellos. Sólo las pretensiones totalitarias buscan ciertos fines sin escatimar las formas. De allí que Camus afirmara, en nombre de la vida, que en política son los medios los que justifican los fines. Tener en cuenta esto para la nueva izquierda significa dejar de tomar la política en términos de moralidad. Dejar de asumir que su fin es el único correcto; que, como dice mi amigo Eduardo Dargent, deje de creer que tiene el monopolio de la bondad. Éste es un acercamiento de impronta religiosa, no es laico como lo es la democracia. Si sólo la izquierda fuese buena (en el sentido más maniqueo), en algún momento la legalidad podría ser un impedimento para realizar el único fin correcto, que sería el de ella. La democracia no permite este tipo de acercamiento a la cosa pública.

La izquierda, al menos desde Marx, asumió mayoritariamente que luchaba por un mundo perfecto, el utópico (aún cuando Marx debe revolverse en su tumba cuando escucha que sus ideas, científicamente diseñadas para desterrar al socialismo utópico, son precisamente tildadas de utópicas). Su defensa del comunismo se hacía apasionada porque era la apología del paraíso en la tierra, donde campearía el hombre total. La democracia moderna (el calificativo es lo de menos: liberal, representativa, deliberativa o lo que fuera) nunca se ha concebido como algo perfecto.

Por el contrario, se presenta siempre como perfectible. Alejada de anhelos heroicos, la democracia se sabe incompleta y es consciente de que el camino utópico sólo es el atajo por el que los hombres terminan siendo prisioneros de unas ideas que rápidamente dejan de serlo para convertirse en campos de concentración o cárceles-nación. Entonces, el cambio de actitud será un imperativo. Trocar la defensa del mundo idílico por la de uno perfectible; he allí, tal vez, la mayor exigencia de la izquierda de los próximos años.

Y ese es un serio problema. Al creer que tiene el patrimonio ético del país, nuestra izquierda no concibe como un interlocutor válido a un sector de derecha liberal que sí coincide en intereses con ella en varios temas. Peor aún cuando su mirada - como en décadas pasadas - está centrada en lo estrictamente económico. Una rama de olivo como la que tiene un congresista electo de Peruanos Por el Kambio como Alberto de Belaúnde, quien reseña los temas en los que la izquierda y el sector liberal que apoya a PPK pueden coincidir, termina siendo mirada con sospecha.

Vamos a decirlo de frente: el país no tuvo la matriz económica en su mira como votante en forma mayoritaria. Como bien lo han mostrado Gerardo Caballero y Marco Sifuentes en estos días, el voto “por el modelo” fue una variable mucho menor. De hecho, la votación ha sido por una mayor presencia del Estado, sea en sus vertientes conservadora-populista (Keiko), liberal (PPK) o socialista (Mendoza). Ello no implica necesariamente ampliar el tamaño del aparato estatal, pero sí contar con servicios más cercanos al ciudadano. Los tres candidatos, desde sus perspectivas y con sus limitaciones, plantean miradas distintas a este fenómeno.

Por tanto, así como se equivocan los amigos libertarios al mandarse con editoriales entusiastas sobre el modelo, también lo hace la izquierda cuando dice que se ha confrontado al mismo. Más aún cuando las dos alternativas que han pasado a segunda vuelta lo hacen desde visiones distintas del mercado: una más liberal (PPK) y otra más populista (Fujimori). Y no ver esa distinción implica ceguera. Así lo indicó, hace cinco años, Eduardo Dargent:

Si para el analista zurdo la economía de mercado es la fuente de inmensos males y el tema central de la elección, es lógico que él vea parecidos a todos los arriba mencionados. Pero para por lo menos el 80% de los ciudadanos las cosas no son tan sencillas. La actual intención de voto muestra que las personas ven claros matices entre esos candidatos. Estas diferencias son en parte ideológicas: hay unos más al centro que otros. Pero hay además aspectos que trascienden la ideología y que pesan también en a elección. Lo claro es que los ciudadanos no ven la misma derecha monolítica que mira el analista de izquierda.

El segundo problema tiene que ver con la creación de identidad. Yo estoy a favor de la misma. Y creo que Levitsky acierta cuando señala que “El FA apostó por un proyecto menos amplio y más ideológico que muchos esperábamos—y le salió bien”. De hecho, estuvo a un tris de pasar a segunda vuelta con dicho proyecto.

Pero creo que la creación de identidades tiene sus propios momentos y espacios. Y así como Fuerza Social erró en pensar que las elecciones generales del 2011 eran un buen momento para generar identidad - en lugar de comenzar con buen pie su gestión municipal -, creo yo que resulta un error suponer que una segunda vuelta donde nos jugamos una posible concentración de poder a favor del fujimorismo es la mejor coyuntura para poder formar una identidad contrapuesta “contra la derecha”.

Desde la izquierda no partidarizada, escribe José Carlos Agüero:

Pensando en esa izquierda que se va formando, seria, creo que cuando la democracia está en peligro, debería ser capaz de poner de lado su propio interés programático. Por un momento, solo por ese momento de la crisis, si se quiere. No sus ideales. Estos forman su identidad. Pero sí poner de lado su orgullo herido. Poner de lado el cálculo cortoplacista.

Claro que es difícil votar por este tipo de derecha. Pero justamente allí puede estar la medida del compromiso con el tablero y no solo con las fichas. La democracia no es buena solo cuando prevalece nuestro punto de vista.Quizá nuestro compromiso con ella se mide justamente cuando con pesar, protestando, imaginando desde ya formas de revertir esta situación, elegimos votar por nuestro rival político.

Nuestro rival político es parte de nuestro país, es parte del pacto republicano que nos permite elegir y ser elegidos si somos partidos democráticos. Hay que defender ese pacto. Aunque sabemos que ese pacto sea un poco una ficción (pero es una ficción fundamental), y sea endeble, inmaduro, perfectible.

No es una decisión fácil. PPK y algunos miembros de su equipo - no todos, hay que decirlo - se mandaron con epítetos inaceptables en una campaña democrática. Hay una visión económica contrapuesta entre ambos grupos. Y creo que un voto a su favor no debería implicar un cheque en blanco. De hecho, considero que el Frente Amplio debería ir un paso más allá y tratar de acordar con Peruanos Por el Kambio un tratamiento similar de algunos puntos en los que están de acuerdo en lo sustancial. El candidato Kuczynski deberá hacer más esfuerzos que los producidos esta semana para tender puentes, en forma rápida y certera. Y también es cierto que ningún acuerdo de este tipo supone un endose de votos, cuestión inexistente en el país.

Pero ello no quita que la izquierda no deba hacer una reflexión. Tratar de procesar rápidamente su duelo por una primera vuelta perdida por pocos votos (de hecho, deberían darle vuelta a este post de Eduardo González Cueva sobre lo bueno, lo malo y lo feo que hicieron). Las decisiones que se tomaron en la segunda vuelta del 2011 no fueron fáciles. Lo mismo ocurre en esta ocasión, solo que para otros votantes. Aprovechen el fin de semana para meditar, con calma, el rol que les corresponde en esta coyuntura.

 

 

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