Suicidios

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César Hildebrandt / Tomado de “HILDEBRANDT EN SUS TRECE” N° 302 3JUN16 p. 9

 
 
 

 

La niña sube hasta lo alto, siente el cielo próximo, próximo el infierno, y salta.

 

¿Cree que se hará el mi­lagro y que podrá volar? ¿Cree que podrá mirar a la gente y a las cosas desde la altura, des­de aquella altura de la que la extrajeron unos padres desatentos, una vida dura, unas tristezas que parecían caer como cenizas?

 

¿O no cree que va a volar y salta para caer, para hacerse pedazos contra el cemento de la ciudad?

 

Preguntas idiotas. Está claro que la niña salta para desaparecer, para bo­rrarse, para matar lo que la daña, para deshacerse de la memoria que la lacera.

 

Tiene 17 años y ha decidido despre­ciar el futuro. ¿Qué tiene que haberle pasado a los 17, la edad de la canción de Violeta Parra, el tiempo en que todo parece prometer y darnos la bienveni­da, qué tiene que haberle pasado a esta niña para que renuncie a la aventura y a los descubrimientos? ¿Qué oscuri­dad la ha detenido en el puerto antes de partir?

 

Tiene que habérsele roto el mundo, tiene que habérsele caído el sol, tienen que haberse callado los pájaros de to­dos los vecindarios para que ella deci­da, a los 17, que esta vida es tan absur­da que no vale la pena recorrerla.

 

La imagino y me espanto. Más que su muerte atroz, me espantan los prolegómenos. Su decisión forjada en la ira, templada en la congoja, la elección del lugar, los detalles de su ceremonia, las escaleras últimas, el muro de la contemplación final, aquello que parecía recitar pero que nadie oía, la poderosa tentación de desistir, el miedo, la deci­sión, el salto, los brevísimos segundos entre el salto y la caída.

 

Una niña de 17 años se ha suicida­do. ¿Debería sorprendernos tanto? ¿No es cierto acaso que hemos creado un mundo donde todo lo sucio parece imperar? ¿Por qué, entonces, no irse a los 17? ¿Por qué tener que esperar a cumplir, uno por uno, todos los ciclos del aburrimiento?
En todo caso, si nos sorprende que una niña de 17 decida matarse, cuánto más debería sorprendernos que un país quiera hacer lo mismo.

 

El Perú republicano tiene 195 años y está cerca, muy cerca, de cometer suici­dio. No será uno físico, con azoteas de por medio, sino uno simbólico y mo­ral. Porque reivindicar al régimen que más daño nos hizo y elegir a uno, filial y testamentario, que hará lo mismo y que tiene a Joaquín Ramírez y a José Chlimper como nuevas expresiones de su ADN irreductible, ¿qué significa? No significa, desde luego, apostar por la vida.

 

Hay países que se suicidan. Elegir el crimen organizado como alternativa de gobierno es una manera de dinamitar lo poco de institucionalidad que nos queda. Es huir de la normalidad jurí­dica, de la paz, de los fueros democráti­cos, de algunos preceptos básicos de la convivencia. Es, otra vez, la tribu y sus crueldades.

 

Lo de este domingo no son sólo elec­ciones presidenciales. Es la pelea con­tra el abismo que, a lo largo de la his­toria, nos ha seducido tantas veces. Lo de este domingo es vencer a Tánatos, es decirle NO a todos los atajos men­tirosos que la hija del reo nos ofrece. Y sí, votar por PPK es un deber. Un deber que, felizmente y para evitar confusio­nes promiscuas, no habrán de cumplir ni Carlos Tapia ni Hugo Neira. <>

 

 

Enviado por Guillermo Vásquez Cuentas

 

Puno: Cultura y Desarrollo

 

 

 

 

 

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