Prensa y país
 
César Hildebrandt  

14DICiembre2019

Enviadp por Guillermo Vásquez Cuentas


¿Qué quedará de la prensa actual? Poco. Muy poco. Poquito. ¡Tantas anécdotas! ¡Tantos fiscales! ¡Tan pocas ideas! ¡Tantos expedientes anillados!


La prensa peruana ha dejado de escribir. Ahora, por lo general, redacta memos llenos de legaña judicial y baba abogadil, gomina y caspa.


Los otrosíes están matando a la prensa. Los colaboradores eficaces nos han apuñalado.


No es culpa de la prensa solamente. Es el país el que se ha convertido en esta tempestad de juicios y alegatos.

Es la corrupción, al fin y al cabo, la culpable. Son los presidentes rateros y metamemoriosos a la mala los responsables.

Por la corrupción es que la prensa hace su agenda en los pasadizos del ministerio público, en las salas de los letrados, en la cocina de la policía especializada en delitos “de alta complejidad”. Me da risa. Como si robar no fuera lo más sencillo del mundo.


Recuerdo que hace muchos años, en el “Correo” de Mario Castro Arenas, el jefe de la sección policial era el legendario Emilio Bobbio, un tipo tranquilo que despachaba con el jefe de la Policía de Investigaciones y que apenas abría la boca cuando daba órdenes. Bobbio sería hoy director y tendría una corte de operadores desplazados en todos los escenarios del crimen. Su sección ha hecho metástasis.


El problema es que el periodismo cargado de jerga procesal y documentado con transcripciones oficiales tiende a quedarse.


Y eso es porque la corrupción en el Perú no es una enfermedad sino una segunda naturaleza.


¿No lo han visto?


La corrupción cambia de nombres, se metamorfosea, se camaleoniza y sigue allí, invicta como una bacteria antes de la penicilina.

¿Fracasa Chávarry pasajeramente?

Pues allí está Tomás Aladino Gálvez haciendo de las suyas.


¿Descubren nuevas y aplastantes pruebas en contra de la jefa de la organización Fuerza Popular?


Pues allí está el Tribunal Constitucional que libera a la receptora del dinero sudo de Romero Paoletti.


¿El fujimorismo teme no meter a su gente en el próximo Congreso?
Pues allí está Solidaridad Nacional para servirle de seudónimo.


Y los cuellos blancos del puente y la alameda. Y el pútrido CNM, dentro de poco reemplazado por la ya maloliente JNJ: siglas del cachondeo. Y, encima, la avaricia de los delincuentes de Odebrecht a la hora de descifrar los codinomes.


La corrupción en el Perú es invencible.


Viene de lejos. Viene de dentro. Es multidrogorresistente. La arrastramos, con alguna tregua, durante el siglo XIX.


La quintaesenciamos en el XX. Y vino Fujimori, el japonés encubierto, y la convirtió en obra de arte, en himno nacional y refundación patria. La extendió de arriba abajo, de izquierda a derecha, de norte a sur, de este a oeste. La mugre fue, con él, la rosa de los vientos.


Esas son las pestes que hoy nos arrinconan.


Por eso a veces pienso que odiar al Perú, el país que amo y que habrá de matarme, es una necesidad enloquecedora, un desahogo, una terapia, un modo retorcidamente contradictorio de subsistir.


Y es cierto. A veces odio al Perú. Me parece un país despreciable
 
 

 

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