Cesar Hildebrandt

Estamos en peligro: el fujimorismo tiene vocación de mafia.

©

 

TOMADO DEL FACEBOOK DE Nelson Coronel

 

 

 

 

Las instituciones de ese linaje no pueden cambiar porque dejarían de existir.


No es que el fujimorismo pueda optar. Está condenado a ser violento, avasallador, intolerante porque todos sus presuntos méritos están sostenidos en la nostalgia de haber sido una dictadura populista que creaba clientelas y no ciudadanía y cuyo jefe no era un líder sino un caudillo sin escrúpulos.


Ahora vuelve a oler a los 90. Conozco ese hedor. Es el hervor de la mentira, el miasma de la conspiración, el colon que dispara calumnias de dejo abogadil.


El fujimorismo vuelve a las andadas. En los 90, a las finales, se encontró frente a frente con la calle y con la prensa indómita. Su jefe se largó con decenas de maletas llenas de sí se sabe qué y renunció, que cobarde, desde el Japón, el país que sentía suyo. Pero aquí quedó, flotando, su masa bacteriana, la misma que, muchos años antes, se agachó ante el ejército chileno durante la ocupación, la que quiso matar a Cáceres, la que alabó al Leguía poderoso y se alegró con su ruina cuando se moría de un cáncer prostático. La que vivó a Odría a instancias de Beltrán. La que ha vivido en humillación. La que cree que la indignidad es un gesto de la naturaleza.


Sobre esa base la señora Keiko ha construido un partido que es gemelo a esas entidades sucesivas fundadas por su padre. Y ese partido ha vuelto a tener éxito.


El fujimorismo ha raptado el Congreso y cree que ha llegado el momento de hacer metástasis. Quiere ahora tumbarse al Tribunal Constitucional, mandar a su casa al Fiscal de la Nación, obligar al Presidente a someterse a una reunión de pandilleros, cuyo propósito ulterior es que haga renuncia del cargo.


La ventaja del fujimorismo es que ahora no están ni la calle ni la prensa indócil para enfrentársele. La calle es un atasco de humos y la prensa escrita, radial y televisiva, con breves excepciones, es una de esas señoras que ahora se llaman trabajadoras sexuales.

 


¿Quién para al fujimorismo, quién nos libra de esta nueva septicemia?


Podría ser el presidente. Pero el presidente es una persona extraña. Parece no tener idea de su responsabilidad ni de lo que personifica.


El otro día, por ejemplo, el presidente ha tenido un altercado con su primera ministra, Mercedes Araoz. Ocurrió cuando ella les reprochó a algunos asesores palaciegos, en presencia del primer mandatario, que no cuidasen la figura presidencial. Se refería a la desastrosa entrevista concedida en un avión a la periodista Pamela Vértiz, diálogo en el que fue notorio que PPK tiene cosas que ocultar en el asunto Odebrecht, capítulo Interoceánica.


A raíz de la pelea, el presidente y su jefa de gabinete han dejado de hablarse cordialmente y al escribir estas líneas no estoy seguro si esas relaciones han sido restablecidas.


Es frente a este gobierno catatónico, y ahora desgarrado, que el fujimorismo ha emprendido su guerra relámpago. Quiere imponer su voluntad, claro, pero también se propone castigar a quienes se han atrevido a enfrentarlo investigando a su lideresa y a personajes como Joaquín Ramírez, el tenebroso financista de la emperatriz.
Frente a esta embestida anticonstitucional, ¿Qué hacer?


¿Le pedimos a un presidente con rabo de paja que se enfrente al hampa?


¿Le pedimos a la primera ministra que se lance en contra de quienes, como los apristas (aliados del fujimorismo), son sus amigos?


¿Le pedimos al gabinete de tecnócratas egoístas y negociantes que se pronuncien a favor del Estado de Derecho?


Estamos en peligro. Demos señas de estar vivos. Si la política está tan malograda que acepta el golpismo fujimorista como un puerto inexorable, desatemos la tormenta perfecta para impedirlo. Que la sociedad civil haga lo suyo. Que los jóvenes cumplan su papel. Que la izquierda recuerde que existe para algo más que para disputarse futuras sinecuras. Y que el periodismo no atado a los poderes fácticos luche todo lo que pueda.


El fujimorismo perdió las elecciones. No puede pretender gobernar. PPK ganó las elecciones. No puede pasar seguir aspirándolo de tonto.


El hedor de los 90 ha vuelto. Es, como en la novela de Conrad y en la recreación de Ford Coppola que llevo a la pantalla “El corazón de las tinieblas” un olor a pesadilla y malaria.

 

www.jornaldearequipa.com