Nos merecemos toda esta mierda
 
César Hildebrandt  

noviembre2019

 

Nos merecemos a Keiko Fujimori. Nos merecemos a Chávarry. Nos merecemos a Ernesto Blume. Nos merecemos a Luis Castañeda, al Congreso que reconstruiremos en enero próximo, al Jurado Nacional de Elecciones tramposo.


Nos merecemos a Pedro Olaechea, a Ollanta Humala y señora, a la televisión que pudre, a la radio del guarapo, a la prensa aturdida por el miedo.


Si, merecemos estas penurias. Son las que toleramos, las que seguimos permitiendo.


Algo de chancaca hay en nuestro carácter. Un dulzor horrible nos hace beatos, sirvientes, obedientes, ujieres, churrupacos, aguachados y rastreros.


Y esta semana el club del delito, al que pertenecemos obligatoriamente por haber nacido en estas tierras, ha vuelto a tener un éxito loco.


Keiko está libre. Volverá a asustar testigos, a borras huellas, a desaparecer documentos, a perder libros contables, a cambiar declaraciones y a inventar cócteles. Volverá a fingir que está en la política cuando, en realidad, lo que dirige es una organización presta al delito, digna heredera de aquel padre ladrón que compraba opositores e indemnizaba a Montesinos con dinero encostalado disponible en Palacio. La ayudará el Poder Judicial que ha eximido a Pedro Chávarry. Colaborará con ella el lado de la Fiscalía que César Villanueva ya había infestado. La seguirán ayudando los empresarios miserables que amaron a Fujimori porque él convirtió al Estado en fantasma y a los sindicatos en espectros y a la justicia en la dama de la noche que sigue siendo. No es un país el que necesitan esos señorones: lo que quieren –y quisieron siempre- es una hacienda con leyes propias y cárcel adjunta.


Y eso es lo que el Perú seguirá siendo: una hacienda donde Roberto Abusada es el gurú de la economía y Villa Stein el jurisconsulto de moda. No aspiramos a más. Para qué. Sería como interrumpir la siesta ventral que tanto nos gusta y que dormimos desde hace dos siglos.


Cuando vuelvo a la historia del Perú, allí están las mentiras que sustentaron la ficción de país que fabricamos desde la autocomplacencia más patética. Nacimos con una doble traición –la de Riva Agüero, la de Torre Tagle-, nos independizaron a la fuerza y convertimos a Bolívar en “dictador vitalicio” y probador de mujeres, nos corrompimos por vocación. Leer a Alfonso Quiroz es un deber. También lo es leer a Emilio Romero. Basadre, aunque tibio, es el autor del extenso obituario de este país fallido que habrá de celebrar el bicentenario de lo que pudo ser.


Si Cioran hablaba de un universo aquejado de inutilidad, este columnista, modestamente, podría hablar de un país que resume la derrota de la teoría del progreso.


Miren a su alrededor. ¿Este caos es lo que nos propusimos ser? ¿Esta vulgaridad fue nuestro proyecto? ¿Esta abyección fue nuestro sueño? ¿Este olor a hediondez es lo que esperábamos?


Mientras el Tribunal Constitucional le concede a la señora Fujimori el derecho de seguir complotando, presencialmente, en contra del proceso que por lavado de activos tiene abierto, se presenta el libro del hombre que se mató cuando todas las pistas conducían a sus bienes malhabidos y a sus cuentas de hollín en trance de viudez. Y se presenta como el testimonio de un cuasi mártir de la democracia y del abuso judicial. La suya será otra mentira fundacional. Vivimos de mentiras. Vivimos para mentirnos.


Decimos que tenemos instituciones. Mentira. Las instituciones no son abstracciones y en el Perú gran parte de ellas han sido desquiciadas por haber sido secuestradas por la delincuencia. Miren en qué acabó el Consejo Nacional de la Magistratura. Pregúntenle al “tribuno” Ramos en qué club de alterne celebrará la liberación de Keiko Fujimori y por qué esgrimió el argumento del cierre del Congreso para sostener su voto. Recuerden qué fue el “parlamento” que Vizcarra tuvo que cerrar por razones respiratorias. Miren a los Cuellos Blancos y entérense qué puede ser la judicatura (a pesar de que el informante Uceda quiera limpiar al capo Hinostroza). No se hagan los locos: revisen la lista de candidatos al Congreso de enero y díganme si de esos nombres puede salir la esperanza de un cambio.


¿Qué quiero decir? ¿Qué estamos condenados? Sí, eso es precisamente lo que quiero decir.


Estamos condenados porque hemos permitido que la plutocracia y sus trovadores mediáticos nos instalen en este sopor. A la plutocracia y a los pavos reales de su narrativa les interesa que el Perú siga siendo lo que es: un prefacio del país, un terral donde la barbarie se impone, un gran silencio.


La plutocracia y sus hechiceros insisten en que no debemos cambiar la Constitución-Candado impuesta por el corrupto fujimorismo. Le interesa a la plutocracia que “lo privado” sea beatificado y que “lo público” se someta siempre a sus inquisidores. La plutocracia gobernante aspira a que el fujimorismo de 1992 dure mil años, como Hitler pretendió que durara su reino de terror.


Y ya es tiempo de parar esto. Chile empieza a librarse de las cadenas del pinochetismo. Honor a su gente. Honor a sus protestantes. Bienvenida la nueva república que en Santiago comienza a asomar.


No necesitamos incendiar el país para empezar a cambiar. Bastaría, por ahora, con no votar por la podre. La podre es el fujimorismo, la derecha siempre vencedora y cutrera, los empresarios del aceite. Sería un buen comienzo. Lo demás consistirá en jalar la cadena y ver que en ese remolino liberador se va nuestra debilidad, nuestro estoicismo, nuestra condición de hipnotizados. La libertad puede empezar en el wáter.
 
 

 

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