Orgullo

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César Hildebrandt | Tomado de “HILDEBRANDT EN SUS TRECE” N° 402

       

22JUNIO2018

 

 

Miren a Argentina. Fíjense en el Perú. Aprecien la diferencia. Los hijos de Messi parecían huérfanos.

Los nuestros lucharon hasta el final y perdieron raspando. Perdieron con una dignidad que viene de lejos y que quizá no tiene que ver con el fútbol.

Nos eliminaron del Mundial, pero no nos sacarán de la escena del fútbol de primer nivel. Esto recién empieza y hemos avanzado en un año lo que no habíamos logrado en décadas.

No hemos dado lástima. Hemos jugado por momentos con el brillo de los grandes equipos. Nos ha faltado definición, broche, instinto de red. Pero tenemos un equipo, un diseño táctico, carácter.

Los comentaristas argentinos de ESPN tuvieron que admitirlo: “Perú no mereció perder ninguno de sus dos partidos. Perú sabe a qué juega”. Lo decían, precisamente, comparando al nuestro con el equipo de ellos, el del papelón ante Croacia.

El fútbol de selección estaba muerto en el Perú. Gareca lo ha revivido.

Once tenaces lo han sabido interpretar.

Ahora sólo queda continuar.

La larga noche de los Burga ha terminado.

Habrá que trabajar más intensamente todavía.

Tendremos que encontrar los reemplazos de Guerrero y Farfán, próximos ambos a sus horas nonas. Temo que esos sustitutos no están en el plantel actual.

Lo importante es seguir con el proceso.

Es la primera vez que dos derrotas no me amargan.

Es la primera vez en muchos años que una selección embanderada no me da esa vergüenza que me produjeron las estrellas apagadas de 1982.

O la vergüenza de rubor en las mejillas y asco en el estómago de los adefesios que se dejaron golpear por Argentina en 1978.

Este equipo de Gareca encanta. Y enorgullece. ▒

 

 
Peruanos out of context

MARCO SIFUENTES

 


Orejas Flores representa lo que todos quisiéramos que sea el nuevo peruano, libre de las taras de los 80 y 90: alguien que no se achica ni se acompleja y con suficiente mundo como para entender qué es lo que debe cambiar en el Perú.

En algún punto de los 1784 kilómetros que separan Ekaterimburgo de Moscú, suena el Zambo Cavero a todo volumen. El tren gratuito de la FIFA ha sido tomado, casi en exclusiva, por peruanos, y uno de ellos ha traído un parlante para amenizar el almuerzo del vagón comedor. Las risas, las chelas y la bulla parecerían inauditas para un observador imparcial. Después de todo, el equipo nacional de estas personas ha sido eliminado del Mundial después de solo dos partidos y sin haber podido anotar un solo gol. Las 27 horas de viaje deberían sentirse aún más largas, una especie de cortejo fúnebre intercontinental. Pero no es así. El tren no es exactamente una fiesta, pero no hay desánimo ni bronca. Algunos de los pasajeros tienen (tenemos) como destino final Sochi, sede del último encuentro mundialista, para lo cual habrá que tomar otro tren desde Moscú, incluso más largo. A ninguno de los que va a hacerlo parece agotarle la perspectiva de continuar la travesía. Vendo mis entradas a Sochi a dos euros, bromea alguien, pero la voz del Zambo ahoga la propuesta en un mar de indiferencia. Mejor dicho, la bromita se ahoga en un mar de peruanidad, entendida esta como una necesidad de alegría por sobre todas las cosas.

Hay muchas formas de canalizar esa peruana necesidad de alegría. Desde la cordialidad con el extranjero hasta el humor negro de la chacota, pasando, por supuesto, por su canalización a través de dos viejas estructuras de nuestra sociedad: el clasismo y el machismo. Por suerte, ya hay cada vez más compatriotas que van entendiendo que la alegría común solo es posible si no se violenta a nadie, es decir, si todos nos tratamos como iguales. Es interesante notar cómo las ya célebres bromas sexistas de ciertos hinchas en Rusia tenían también un subtexto racial (“carne blanca”, “mejorar la raza”, etc.). Por eso mismo son aún más valiosas las declaraciones de Edison “Orejas” Flores al New York Times, denunciando sin eufemismos la discriminación contra los indígenas, especialmente de “las clases altas”. Flores representa lo que todos quisiéramos que sea el nuevo peruano, libre de las taras de los 80 y 90: alguien que no se achica ni se acompleja y con suficiente mundo como para entender qué es lo que debe cambiar en el Perú.

Ante el mal comportamiento de unos cuantos hinchas peruanos (y latinos, en general), se han hecho generalizaciones que se derrumban ante las miles de historias con las que uno se cruza por aquí. Familias enteras que vienen de Australia, Norteamérica o Europa, con hijos que hablan español como segundo idioma; novios de luna de miel; chicas que viajan solas y que se cuidan y se aconsejan entre sí usando grupos de Facebook y WhatsApp. En esos hinchas y en la nueva actitud de nuestra selección está la esperanza de construir un país con ganas de dejar el pasado atrás y sin miedo de celebrar cada pasito adelante, aunque todavía no sea suficiente.

 

 

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