Leyendo libros como el de Lurgio Gavilán -“Memorias de un soldado desconocido”- uno puede sumergirse, guiado por la mano más confiable, en la abyección senderista y en su “maoísmo” de pesadilla.

¿Conflicto interno?

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César Hildebrandt | Tomado de “HILDEBRANDT EN SUS TRECE” N° 404

       

JULIO2018

 

 

¿Vivimos un conflicto interno los peruanos?


Eso dicen algunos.


Yo no lo creo.


Conflicto interno fue el español de 1936, cuando el país y las fuerzas armadas se dividieron en dos bandos irreconciliables que imaginaron la muerte del otro como única solución posible.


Fue guerra civil la de los Estados Unidos, cuando en 1861 once estados del sur profirieron su independencia y escindieron el país en nombre de la esclavitud como factor de la productividad.


En 1994 Ruanda vivió un conflicto interno después del asesinato de su presidente, cuyo avión fue derribado a punta de misiles.


Fue la guerra entre la mayoría hutu y la minoría tutsi, privilegiada esta última por los colonos alemanes y belgas sucesivamente. Fue el odio étnico puro y desatado y costó un millón de muertos, la mayor parte tutsis y hutus moderados.


Conflicto interno fue el que padeció Irlanda con la dominación brutal de Inglaterra. Hubo en esa guerra religión, resentimiento y 700 años de historia embalsada.


Guerra civil de perfil bajo fue la de Nicaragua, cuando el neosandinismo de Tomás Borge y Carlos Fonseca Amador enfrentó la cleptocracia asesina de Anastasio Somoza Debayle. Y fue conflicto interno el que terminó en el derrocamiento del gobierno pronorteamericano de Fulgencio Batista en Cuba. Del mismo modo que conflicto interno puede llamarse al que expresa la guerrilla tamil en Sri Lanka, al que terminó en la independencia de Bangladés en 1971, al que padeció Georgia en la guerra con Rusia por el dominio de Osetia del Sur y Abjasia, al que padece Siria desde el año 2011.


En todos esos episodios hay un asunto demográfico, un dominio cultural no aceptado, una distribución injusta del poder, una reivindicación pendiente de clanes y culturas, una dictadura sanguinaria, un relativo consenso que eligió la violencia como alternativa. Así fueron los conflictos internos que terminaron en la independencia de los países sometidos al dominio imperial, desde los Estados Unidos de América hasta los países de América del Sur, pasando por la India, el Congo, Argelia o Vietnam.


El Perú de 1980 no encaja con esa descripción. En todo caso, la dictadura militar había terminado y el país ensayaba una transición hacia una democracia mostrenca que en ningún caso podía ser tomada como régimen de opresión.


Leyendo libros como el de Lurgio Gavilán -“Memorias de un soldado desconocido”- uno puede sumergirse, guiado por la mano más confiable, en la abyección senderista y en su “maoísmo” de pesadilla.


Gavilán llega a los 12 años a Sendero y lo primero que le enseñan es a matar. Tal parece que la prioritaria directiva de Guzmán y de los comisarios ayacuchanos de su ejército era que los reclutas -mientras más jóvenes, mejor- se enamorasen de la muerte, la entendiesen como un destino glorioso, como un placer disciplinario, como una purga inacabable. Por eso es que Gavilán no sólo ve morir a autoridades y a presuntos gamonales sino que asiste ¡la muerte banal de sus propios compañeros, en algunas de cuyas ejecuciones participa activamente. El senderismo mata a su gente por no entregar completo el breve botín obtenido compulsivamente en las comunidades o por tardarse unos días en el retorno a la base después de unas vacaciones. Ni siquiera es la maldad desmedida. Es la guerra soñada por un esquizofrénico. Es el desmán como filosofía y práctica.


Sendero no quería reivindicar al campesino andino. Quería eviscerarlo, esclavizarlo, desalmarlo. No quería la dignidad de los oprimidos sino su conversión en zombis que obedecieran los imperativos del Armagedón. Quería un gran incendio que regresara a los peruanos del campo a la era de cazadores y recolectores. No aspiraba al socialismo sino a un virreinato mutante…


No vivimos una guerra interna. Sufrimos la agresión de un maoísmo ignaro que sólo pudo tener adeptos donde la ingenuidad y la desesperanza se juntaron. Y, fatalmente, en muchas regiones del país la ingenuidad y la desesperanza siguen juntas.


Que esa agresión fuese reprimida muchas veces con excesos y crímenes cuya malignidad competía con la del enemigo, no convierte en “conflicto interno” los años dedicados a erradicar del país el voluntarismo armado del señor Guzmán. Sin los errores siniestros de Belaunde y su gabinete la “guerra” de Sendero habría quedado confinada a Ayacucho. La tardanza en darles a las rondas campesinas el papel que exigían fue fatal. La guerra sucia desatada por el general Clemente Noel Moral hizo lo suyo. Pero ni siquiera eso alcanza para llamar “conflicto interno” a lo que tuvimos que sufrir.

 

LECTURAS INTERESANTES Nº 834
LIMA PERU            6 JULIO 2018

 

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