Grecia y el fin de las ideologías

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  Alejandro Lira landa

 

 

 

 

A los capitalistas les han enseñado que ellos no son como el común de las gentes; son de otra estirpe: son emprendedores. Donde otros ven que se ha llegado al fin de un camino, para ellos es el punto de partida de nuevas avenidas. Incluso, cuando todo es sombras y oscuridad, son ellos los primeros que ven la luz al final del túnel. Mientras los alquimistas del Medioevo, vanamente, buscaron trocar las piedras en oro; los capitalistas del siglo XXI han trocado en oro electrónico, el modesto y simple papel. Donde el griego Arquímedes decía: “Denme un punto de apoyo, que yo, con una palanca, moveré el mundo.” Los emprendedores crematísticos de ahora dicen: “Denme unos cuantos papeles bien firmados y yo, con unos cuantos amigos, (las AFP, por ejemplo), echaré a andar el mundo.

Ahora bien, no hay que confundir a los capitalistas con los economistas, (error muy común), así apelliden Friedman. Sería lo mismo que confundir a los futbolistas con los comentaristas deportivos. Los futbolistas son los que hacen y se dejan hacer goles; los comentaristas son los que se encargan siempre de dar sus pronósticos después que el partido ha terminado.

Por eso es tan difícil entender la economía en la forma en que realmente ocurre; hay tanto comentarista/economista discutiendo sobre las reglas del juego y las jugadas realizadas, que, —al final—, en los medios escritos y en la televisión lo único que se puede ver es el partido de los comentaristas; pero el partido de fondo, y lo que se juega en la cancha de verdad, raramente se ve o se hace público.

Sirva esta introducción para invitar al lector a tener una aproximación vulgar y mundana sobre lo que ha ocurrido en Grecia; que en parte es algo que en el Perú ya nos ocurrió en agosto de 1990, (el Fujishock) y que lastimosamente no estamos libres de que no pueda ocurrir de vuelta; claro que esta vez la magnitud del desplome sería paralela a la magnitud del cuento del crecimiento y la bonanza con la que los comentaristas nos contaban cómo iba el partido.

Volviendo a Grecia, no se puede hablar de este pequeño país mediterráneo sin hablar del contexto mundial del capitalismo. Si al comienzo decía que los capitalistas eran especialistas en hacerse caminos, no menos cierto es decir que el principal escenario donde ahora construyen dichas vías es en el territorio donde antes moraban sus más grandes antagonistas: la Utopía, que al decir de Quevedo, era un sitio que no tenía lugar. Y nunca más cierto, mientras que la economía productiva mundial, (la economía real), crece a una tasa que va entre el 2.6% al 3% anual, la rentabilidad de las bolsas de valores del mundo, (la economía casino, el auténtico motor industrial del capitalismo del siglo XXI), anda por la estratosfera; ahora bien, no crea el lector que éste es un sitio ubicado en las muy elevadas alturas sino que está más emparentado con los sitios que no tienen lugar, (como la Utopía); un día, por ejemplo, en la bolsa de valores china, el precio de las acciones pueden estar en el techo; al día siguiente pueden estar un poco más abajo del sótano; o de repente ya no puede quedar ni el edificio de la bolsa porque la pueden haber cerrado sin previo aviso.

Igual, con la crisis griega se caen varios mitos; por ejemplo, el de la supremacía alemana, basada supuestamente en una extraordinaria eficiencia administrativa, financiera y productiva. Ésta última no es más que una gran maquiladora de tres estrellas para mantener la ilusión de que aún poseen un gran poderío industrial, cuando en términos reales, éste se encuentra diseminado en el tercer mundo. Y en relación a su eficiencia administrativa y financiera, tan eficientes y financistas no serán cuando sus bancos privados invirtieron comprando castillos de arena en Grecia que muy pronto se los llevó la marea; entonces como los privados nunca pierden, la deuda pasó a manos de los fondos de pensiones y del contribuyente alemán, ahora ya no solo acreedores sino, —lo peor—, dueños de gigantescos castillos de arena en Grecia o, —peor dicho—, dueños de una deuda que nunca podrán cobrar.

Habrá advertido el lector, que deliberadamente he escamoteado entrar en los entresijos de la crisis griega; a saber: una masa ciudadana que vota contra la capitulación a la banca alemana; una mayoría de “representantes” de esa misma masa que vota a favor de capitular; el desfile de personajes que van desde el motociclista y romántico ex ministro de economía griego Varoufakis; una harpía tecnócrata francesa como Lagarde, quien pide la guillotina para el pueblo griego y su propio equipo de expertises que la reconviene, afirmando que la deuda es impagable y por lo tanto, odiosa; una Jano redivivo como el dos caras primer ministro griego Tsipras; un fascista alemán, Schaüble, antiguo ministro del interior, partidario de matar supuestos terroristas selectivamente y ahora aupado por Merkel como el ministro de Finanzas, (el tránsito de Interior a Finanzas es explícito para entender la catadura del personaje y de la propia crisis); hasta un bufón más papista que el Papa como el ministro de economía de España, De Guindos, quien ante el cadáver asesinado, (Grecia), por sus mandamases, también hiende su puñal como señal de que él también lo mató. Y no he profundizado más en este galería de Dramatis Personae, porque presumo por un lado que son parte del dominio público y por otro, porque el guión particular del colapso griego es a su vez, el argumento estructural que se repite con sus más y sus menos como parte de un colapso global.

Con la caída del “Socialismo realmente existente” a fines de los 80s, millones de habitantes de la órbita socialista, desencantados de la ideología colectivista y bajo la consigna de que “Lo que es de todos, no es nuestro ni es de nadie”, abrazaron al capitalismo y las grandes privatizaciones como solución definitiva a los problemas de la sociedad mundial. No fueron los únicos; en 1992, Francis Fukuyama , el ideólogo bandera de los neo conservadores ultra liberales, anunciaba en El Fin de la Historia: “No estamos viendo, solo el fin de la guerra fría, o el tránsito de un periodo especifico de una postguerra, sino el fin de la historia como tal; el punto final de la evolución ideológica humana y la universalización de la democracia occidental, cuyo elegante balance entre libertad e igualdad trae la forma final de gobierno para la humanidad… El problema de la lucha de clases ha sido resuelto en la sociedad occidental al alcanzarse la sociedad sin clases que aspiraba Marx.

Tan solo 22 años después de aquel venturoso anuncio, la solución final impuesta a Grecia por la Unión Europea, —el principal aliado ideológico del neoliberalismo estadounidense— dista demasiado de aquella pretensión. Lo palmario no sólo es que las clases siguen existiendo sino que se han hecho mucho más antagónicas. El anuncio real y contemporáneo de el “Capitalismo realmente existente” es: “Si no quieres ser un miserable paria, te haré mi esclavo y te enviaré a los círculos más hondos del infierno de la pobreza”. Como contrapartida ya empieza a tomar vigencia la consigna mundial de que “Lo que es de unos cuantos, ni es nuestro, ni es realmente de nadie; de modo que no queda otra cosa que tumbarlo”.

Lenin escribió en 1917 que el Imperialismo era la fase superior del capitalismo; un siglo después, en pleno apogeo de la globalización, ya no hay dudas de que el capitalismo ha entrado en una etapa mucho más tenebrosa; donde ya no hay más escalones superiores que alcanzar; digo, la fase Caballo de Atila; ya que al igual que éste, que donde pisaba, ya nunca más crecía la hierba; donde “entran” los capitalistas para “invertir”; o entran para “ayudar” en una guerra, todo se va al bombo.

A contracorriente de la propaganda del “crecimiento económico”; lo cierto es que donde los “inversionistas” sientan sus reales, por una parte se elitizan la salud, la educación y la vivienda; y por otra se restringen los servicios públicos, convirtiéndolos casi en inexistentes. Se destruye el empleo masivo y se acaba el ahorro, (que el bueno de Paul Samuelson consideraba que eran los dos auténtico pilares que llevaron a los Estados Unidos, —después del fin de la segunda guerra mundial y mediados de los 70s— a ser una sociedad de pleno empleo). Lo único real que se multiplica en nuestros días es pues la miseria. Tanto que si fuera pertinente escribir hoy en día El Manifiesto de la época, así como lo fue el de 1848; no se andaría muy descaminado si se empezara así:

“Un fantasma recorre Europa, el fantasma de la austeridad y la miseria; contra este fantasma y en forma muy terrenal se opone el Papa; pero en Santa Jauría se han conjurado a favor todas las viejas potencias de Europa, sus banqueros y sus políticos; especialmente los socialistas franceses y los policías alemanes…”

Con el colapso de la Unión Soviética en diciembre de 1991, no se había acabado pues la historia, sino una ideología; los hechos actuales cuentan ahora dramáticamente, como está muriendo también la otra ideología, aquella que creía haber vencido.

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La opinión del autor no coincide necesariamente con la de Jornal de Arequipa

 

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