Medio Oriente

La democracia del doctor Vargas Llosa

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 Gilberto Aguilar Giménez.

 

Mario Vargas Llosa con Juan Carlos Borbón (rey de España) en la Plaza de Toros de Acho en Lima. 2001

 

En el suplemento dominical del diario La República de fecha 20 de septiembre del presente año y bajo el título de “Niño muerto en la playa” el nobel de literatura, luego de conmoverse como todos nosotros por la muerte del niño sirio Aylan Kurdi, ahogado en las costas de Turquía, procede a realizar las explicaciones del caso. Estas tienen un evidente corte macartista y pretenden ocultar la responsabilidad del imperialismo norteamericano y sus aliados de la OTAN en la tragedia que hoy atraviesa el pueblo sirio.

El distinguido novelista responsabiliza de la inseguridad y la pobreza en los países africanos y del Medio Oriente a los regímenes despóticos y corruptos, así como a los fanáticos religiosos agrupados en el llamado Estado Islámico y Al Qaeda, lo cual es parcialmente cierto, pero la realidad choca con los análisis literarios del ilustre escribidor, porque no se puede ocultar que el surgimiento y posterior fortalecimiento de las mencionadas organizaciones se dio gracias al apoyo de EE. UU., en su afán de contener las aspiraciones de los países árabes por liberarse del yugo imperial.

No es cierto acaso que en el año 1978 en Afganistán, bajo la dirección del Partido Democrático Popular de Afganistán, se inicia la construcción del socialismo en ese país dando paso a un programa que en sus aspectos más saltantes eliminaba el feudalismo existente mediante la aplicación de la Reforma Agraria, la alfabetización que incluía a las mujeres que hasta ese entonces estaban prohibidas de asistir a la escuela, eliminación de la usura, se eliminó el cultivo del opio, se dio paso a la legalización de los sindicatos, igualdad de derechos para hombres y mujeres, etc. Para derrocar a este gobierno fue decisivo el apoyo de EE. UU., Arabia Saudita, Inglaterra, China, Israel y otros a los muyahidines, grupo fundamentalista islámico, que una vez logrado su objetivo procedió a eliminar todos los avances y reformas realizadas. El ilustre novelista “olvida” que pasado el tiempo este grupo fundamentalista se autodenominaría Talibán, que significa “estudiosos del Islam”.

Las preguntas caen por si solas Dr. Vargas Llosa: ¿Quién es responsable de la creación y fortalecimiento de este grupo terrorista autodenominado Talibán que posteriormente paso a la formación de Al Qaeda? ¿Acaso no conoce que este grupo terrorista fue fundado por el millonario saudita Osama Bin Laden para combatir al gobierno revolucionario afgano? ¿No sabe que la CIA fue la que lo proveía de armas? Por casualidad ¿no se ha enterado que los libros que llamaban a la Guerra Santa, especialmente dirigidas a los niños, fueron impresos en la universidad norteamericana de Nebraska? ¿Quizá no le avisaron que la familia Bush tenía negocios petroleros con el jefe de Al Qaeda?

El ilustre novelista en su amnesia selectiva tampoco recuerda que la invasión a Irak por parte del imperialismo estadounidense bajo el pretexto de eliminar las armas químicas iraquíes, las mismas que sólo existían en la mente de los agresores, tuvo como objetivo el control de la producción petrolera por parte de compañías norteamericanas. Bajo el pretexto de “defender la democracia” y por “la salvación de la humanidad” se destruyó casi toda la infraestructura de ese país la que posteriormente se procede a reconstruir con préstamos de la banca internacional controlada por EE.UU. Olvida también la destrucción de Libia y el caos en que hoy se encuentra gracias a la “democratización”, previo asesinato de Muamar Gadafi, dirigida por los integrantes de la OTAN que ha permitido la restauración de la poligamia y de la Sharia como ley oficial. Tampoco recuerda que el pueblo de Yemen viene siendo masacrado por los "demócratas" de la OTAN, a pesar de acuerdos firmados con la intervención de la ONU.

Para el eminente literato la solución es que las potencias occidentales apoyen a los que luchan por derrocar a, según él, las satrapías que gobiernan en el medio oriente, para que puedan establecer “gobiernos democráticos” y facilitar la entrada de capitales, en otras palabras no tan literarias, el derrocamiento de gobernantes opuestos a los designios imperiales y la penetración de las transnacionales y el saqueo sus países.

Hay que recordarle al autor de “la Casa verde” que en la actualidad las llamadas “democracias occidentales” de la OTAN prestan apoyo militar de manera directa, y a través de Arabia Saudita, Qatar y Turquía, a grupos terroristas como el Ejercito Libre Sirio (ELS) y otros, mediante armamento que luego es destinado a las fuerzas de Al Qaeda y del autodenominado Estado Islámico (EI).

Respetuosamente es necesario hacerle conocer al nobel de literatura que el llamado Estado Islámico es una organización terrorista de corte religioso fundamentalista y cuyos crímenes y asesinatos son repudiados mundialmente, pero seguramente el Dr. Vargas Llosa no se ha enterado que reciben apoyo militar de Turquía y Arabia Saudita, socios de EEUU., además de Qatar, Emiratos y Kuwait, países islámicos, también aliados del imperialismo yanqui, que colaboran económicamente. El fascista EI ocupa parte del territorio sirio y de la zona autónoma kurda, siendo puesto en retirada de esta última por el PKK (Partido Comunista Kurdo), la intervención militar de Turquía en contra de los kurdos permitió la recuperación del fascista EI.

Para completar el panorama EEUU., país abanderado de la democracia, para el ilustre novelista, a través del Secretario de Defensa Ashton Carter anuncia un cambio en su estrategia en medio oriente anunciando mayor apoyo al llamado ELS, en su intención de derrocar al gobierno sirio presidido por Bashar Al Asad, lo que en la práctica significa la alianza con el EI. Esa es la democracia que defiende el distinguido Dr. Vargas Llosa.

La presencia de la aviación rusa, a solicitud del gobierno sirio, que ha bombardeado objetivos militares del terrorista EI, ha cambiado el panorama ya que ha permitido al ejército sirio pasar a la ofensiva y recuperar posiciones, hecho que seguro causará el rechazo de nuestro “demócrata” premio nobel.

Son innegables las cualidades literarias del Dr. Vargas Llosa, pero ello no significa que posea credenciales democráticas, pues la democracia que defiendo tan distinguido personaje es la de las transnacionales, la de la expoliación y saqueo de los pueblos del tercer mundo, la de Wall Street, es decir la “democracia” del imperialismo Norteamericano y sus aliados. Triste papel de quien en algún momento estuvo al lado de las causas justas. Poderoso señor es don dinero ¿No es cierto doctor?

 


 

 

 


Niño muerto en la playa
Mario Vargas Llosa

La fotografía de Aylan Kurdi, un niño sirio de tres años muerto en una playa de Turquía cuando con su familia trataba de emigrar a Europa, conmovió al mundo entero. Y sirvió para que varios países europeos ampliaran su cuota de refugiados –no todos, desde luego– y la opinión pública internacional tomara conciencia de la magnitud del problema que representan los cientos de miles, acaso millones, de familias que tratan de escapar del África y de Medio Oriente hacia el mundo occidental donde, creen, encontrarán trabajo, seguridad y, en pocas palabras, la vida digna y decente que sus países no pueden darles.

Es bueno que haya ahora, en los países más prósperos y libres del mundo, una conciencia mayor de la disyuntiva moral que les plantea el problema de estas migraciones masivas y espontáneas, pero sería necesario que, por positivo que sea el esfuerzo que hagan los países avanzados para admitir más refugiados en su seno, no se hicieran ilusiones pensando que de este modo se resolverá el problema. Nada más inexacto. Aunque los países occidentales practicaran la política de fronteras abiertas que los liberales radicales defienden –defendemos–, nunca habría suficiente infraestructura ni trabajo en ellos para todos quienes quisieran huir de la miseria y la violencia que asolan ciertas regiones del mundo. El problema está allí y solo allí puede encontrar una solución real y duradera. Tal como se presentan las cosas en África y Medio Oriente, por desgracia, aquello tomará todavía algún tiempo. Pero los países desarrollados podrían acortarlo si orientaran sus esfuerzos en esa dirección, sin distraerse en paliativos momentáneos de dudosa eficacia.

La raíz del problema está en la pobreza y la inseguridad terribles en que vive la mayoría de las poblaciones africanas y de Medio Oriente, sea por culpa de regímenes despóticos, ineptos y corruptos o por los fanatismos religiosos y políticos –por ejemplo el Estado Islámico o Al Qaeda– que generan guerras como las de Siria y Yemen, y un terrorismo que diariamente siega vidas humanas, destruye viviendas y tiene en el pánico, el paro y el hambre a millones de personas, como ocurre en Irak, un país que se desintegra lentamente. No se trata de países pobres, porque hoy en día cualquier país, aunque carezca de recursos naturales, puede ser próspero, como muestran los casos extraordinarios de Hong Kong o Singapur, sino empobrecidos por la codicia suicida de pequeñas élites dominantes que explotan con cinismo y brutalidad a esas masas que, antes, se resignaban a su suerte.

Ya no es así gracias a la globalización, y, sobre todo, a la gran revolución de las comunicaciones que abre los ojos a los más desvalidos y marginados sobre lo que ocurre en el resto del planeta. Esas multitudes explotadas y sin esperanza saben ahora que en otras regiones del mundo hay paz, coexistencia pacífica, altos niveles de vida, seguridad social, libertad, legalidad, oportunidades de trabajar y progresar. Y con toda razón están dispuestas a hacer todos los sacrificios, incluido el de jugarse la vida, tratando de acceder a esos países. Esa emigración no será nunca detenida con muros ni alambradas como las que ingenuamente han construido o se proponen construir Hungría y otras naciones. Pasará por debajo o por encima de ellos y siempre encontrará mafias que le faciliten el tránsito, aunque a veces la engañen y conduzcan no al paraíso sino a la muerte, como a los 71 desdichados que murieron hace algunas semanas asfixiados en un camión frigorífico en las carreteras de Austria.

La capacidad para admitir refugiados de un país desarrollado tiene un límite, que no conviene forzar porque puede ser contraproducente y, en vez de resolver un problema, generar otro, el de favorecer movimientos xenófobos y racistas, como el Front National de Francia. Es algo que está ocurriendo incluso en países tan avanzados como la propia Suecia, donde la última encuesta de opinión pone a un partido antiinmigrantes como el más popular. No hay duda que la inmigración es algo indispensable para los países desarrollados, los que, sin ella, jamás podrían conservar en el futuro sus altos niveles de vida. Pero para ser eficaz, esta inmigración debe ser organizada y ordenada de acuerdo a una política común inteligente y realista, como está proponiendo la canciller Angela Merkel, a quien, en este asunto, hay que felicitar por la lucidez y energía con que enfrenta el problema.

Pero, en verdad, este sólo se resolverá donde ha nacido, es decir, en África y el Medio Oriente. No es imposible. Hay dos regiones del mundo que eran, al igual que estas ahora, grandes propulsoras de emigrantes clandestinos hacia Occidente: buena parte del Asia y América Latina. Esta corriente migratoria ha disminuido notablemente en ambas a medida que la democracia y políticas económicas sensatas se abrían camino en ellas, los Estados de derecho reemplazaban a las dictaduras, y sus economías comenzaban a crecer y a crear oportunidades y trabajo para la población local.

La manera más efectiva en que Occidente puede contribuir a reducir la inmigración ilegal es colaborar con quienes en los países africanos y el Medio Oriente luchan para acabar con las satrapías que los gobiernan y establecer regímenes representativos, democráticos y modernos, que creen condiciones favorables a la inversión y atraigan esos capitales (muy abundantes) que circulan por el mundo buscando donde echar raíces.

Cuando era estudiante universitario recuerdo haber leído, en el Perú, una encuesta que me hizo entender por qué millones de familias indígenas emigraban del campo a la ciudad. Uno se preguntaba qué atractivo podía tener para ellas abandonar esas aldeas andinas que el indigenismo literario y artístico embellecía, para vivir en la promiscuidad insalubre de las barriadas marginales de Lima. La encuesta era rotunda: con todo lo triste y sucia que era la vida, en esas barriadas los ex campesinos vivían mucho mejor que en el campo, donde el aislamiento, la pobreza y la inseguridad parecían invencibles. La ciudad, por lo menos, les ofrecía una esperanza.


¿Quién que padezca la dictadura homicida de un Robert Mugabe en Zimbabue o el averno de bombas y machismo patológico de los talibanes de Afganistán, o el horror cotidiano que yo he visto en el Congo, no trataría de huir de allí, cruzando selvas, montañas, mares, exponiéndose a todos los peligros, para llegar a un lugar donde al menos fuera posible la esperanza? Esas masas que vienen a Europa, desplegando un heroísmo extraordinario, rinden, sin saberlo en la gran mayoría de los casos, un gran homenaje a la cultura de la libertad, la de los derechos humanos y la coexistencia en la diversidad, que es la que ha traído desarrollo y prosperidad a Occidente. Cuando esta cultura se extienda también –como ha comenzado a ocurrir en América Latina y el Asia– por África y el Medio Oriente, el problema de la inmigración clandestina se irá diluyendo poco a poco hasta alcanzar unos niveles manejables.


Madrid, septiembre, 2015

 

 

 

 

 

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