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Gramsi y la formación del Partido Comunista Italiano

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Editó Gabriel Pautasso / DIARIO PAMPERO Cordubensis nº 277

 

 

 
 

 

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Enero de 1981, el Partido Comunista Italiano festejaba el 60º aniversario de su creación. Al mismo tiempo, se iniciaba una polémica conducida desde el PSI, con el apoyo de parte de la dirigencia del PCI, acerca de si había sido o no correcta su creación, en 1921. Fueron estos mismos dirigentes, que posteriormente decretaron la “caducidad” del PCI, y la erección del Partido Democrático de la IZQUIERDA (PDI).
Como tampoco deviene de ese pequeño histórico la crisis en el Partido Socialista Italiano, que terminó con la formación del Partido Comunista Italiano, que terminó con la formación del PARTIDO COMUNISTA ITALIANO: el XVI Congreso del PSI (Bolonia, 5-8/10/1919) aprobó incorporarse a la III Internacional. Participaron en el 2º Congreso de la III Internacional, allí SERRATI defendió la posición centrista y se pronunció después contra la ruptura con los reformistas. Enero 1921, la izquierda abandona el Congreso y constituye el Partido Comunista Italiano (21 de enero).

FUNDACION DEL PCI. GRAMSCI y el FASCISMO.

*Al final de la Gran Guerra, los socialistas italianos – con excepción de los reformistas – creían que Italia estaba encaminándose rápidamente hacia una situación revolucionaria. GRAMSCI también concuerda con esa evaluación, pero la fórmula de un modo mediatizado, ajeno a cualquier fatalismo. En mayo de 1920, precisamente en el artículo en que defiende la “renovación del PSI”, afirma:
“La fase actual de la lucha de clases en Italia es la fase que precede a la conquista del poder político del proletariado revolucionario (…) o bien a una tremenda reacción de la clase propietaria y de la casta de gobierno”. (Antonio Gramsci, “Por una renovación del Partido Socialista”, cit. p. 72 Antología).
De acuerdo con el método dialéctico de MARX y LENIN, GRAMSCI ve el movimiento social como un campo de alternativa, como una lucha de tendencias, cuyo desenlace no está asegurado por ningún “determinismo económico” de sentido unívoco, sino que depende del resultado de la lucha entre voluntades colectivas organizadas. Convencido entonces, aunque tardíamente, de la importancia esencial del partido político en la formación de una voluntad colectiva, GRAMSCI va a dedicar sus esfuerzos – hasta entonces concentrados en la formación de los consejos de fábrica – a la construcción del nuevo partido. Se debe recordar que, ya desde septiembre de 1920, el grupo de L´Ordine Nuovo dedicará especial atención a la tarea de crear “grupos comunistas” en las fábricas de Turín.
Pero la comprensión relativamente tardía de la importancia central del problema del partido pondrá a GRAMSCI en una situación de desventaja frente a la corriente comunista dirigida por AMADEO BORDIGA. Ya desde 1919, BORDIGA articulaba, en torno a su periódico Il Soviet, editado en Nápoles, a una fracción comunista de implantación nacional, a los “maximalistas abstencionistas”. La formación teórica de BORDIGA y de su grupo era radicalmente distinta de la de GRAMSCI. BORDIGA acepta, radicalizándolas, todas las implicaciones fatalistas y “catastrofistas” de la interpretación positivista-economicista del marxismo que era típica de la II Internacional: por ello jamás comprenderá, ni siquiera después de su participación en la IC y en la dirección del PCI, el significado del leninismo, es decir, la drástica ruptura que LENIN operó con la tradición de la II Internacional, bien fuese recuperando los elementos dialécticos que son parte sustancial del marxismo auténtico (como el valor constitutivo de la praxis y de la subjetividad), o bien renovando las enseñanzas de los “clásicos” a fin de comprender adecuadamente los nuevos hechos históricos emergentes (teoría del imperialismo, importancia del elemento democrática en la revolución socialista, creación de un partido de tipo nuevo, etc.).

*GRAMSCI y EL PARTIDO COMUNISTA. Su concepción leninista de la vanguardia; los problemas con la Internacional Comunista.

ANTONIO GRAMSCI perteneció en principio al Partido Socialista Italiano, UN PARTIDO muy peculiar que, a finales de 1920, cuenta con 216.327 afiliados, y en cuyo Congreso de Livorno son los centristas quienes se hacen con la mayoría del Partido, y cuya ala derecha – es significado – propone, inclusive, la adhesión a la III Internacional, reclamando “la autonomía en la interpretación de los 21 puntos y su aplicación según lo exigen las condiciones de cada país”. (ANGELO TASCA, “El nacimiento del fascismo, p. 100).
Tras el Congreso de Livorno, se constituye el P.C.I. en cuyo comité central figura ANTONIO GRAMSCI, que pasará a dirigir L´ORDINE NUOVO como órgano de prensa del partido, y en cuyo comité ejecutivo tiene mayoría la facción de AMADEO BORDIGA.
Casi toda la Historia del P.C.I. de 1921 a 1926, así como sus relaciones con el partido bolchevique y la Internacional Comunista, estará atravesada, en gran medida, por el problema de las relaciones con el P.S.I. y las diferentes líneas a seguir en este terreno.
Este hecho, así como el declive de las luchas obreras y el ascenso progresivo del fascismo, servirán de marco general para la comprensión de la historia del pensamiento político en este período.
Es de constar que la presencia dirigente en los organismos centrales del P.C.I. atraviesa diferentes fases. AMADEO BORDIGA , en un principio, quien lleva la voz cantante, y cuyas divergencias con GRAMSCI – con existir – a veces – a veces no son muy graves e, incluso, hay no pocas convergencias y aproximaciones (como en las discusiones sobre la fusión con los socialistas). Posteriormente, estas diferencias se irán acrecentando por la cada vez mayor ruptura bordiguista con la III Internacional (entre otras razones). Tras la estancia – de 1922 a 1924 – de ANTONIO GRAMSCI en Viena y en Moscú, encargándose de las relaciones P.C.I. con la Internacional, éste se irá haciendo cargo de la dirección del partido, sendo uno de sus máximos responsables, junto con PALMIRO TOGIATTI, hasta su encarcelamiento definitivo por el fascismo.

En el orden de las concepciones teóricas acerca del partido del proletariado, las ideas de GRAMSCI son de orientación marcadamente LENINISTA, aunque con preocupaciones específicas muy perspicaces y creadoras acerca de la formación de los militantes y de las relaciones democráticas y disciplinarias en el seno de las organizaciones.
Es muy significativo de estas posiciones el artículo de GRAMSCI – difundido en abril-mayo de 1925 -, Introducción al primer curso de la escuela interna de Partido, p. 47 a 59 de “La construcción del Partido Comunista 1922 – 1926, de ANTONIO GRAMSCI, Dédalo, Madrid, 1978. Un artículo escrito ya en condiciones muy duras, en las que, “el movimiento de ilegalidad o semilegalidad”, CUANDO CADA UNO DE SUS MOVIMIENTOS, en cada uno de sus hechos” y “las bibliotecas obreras han sido incendiadas o suprimiditas de cualquier manera”. (ANTONIO GRAMSCI, Introducción…).
Pues bien, a pesar de estas circunstancias de avance fascista indudable de la mano y la inteligencia política del DUCE MUSSOLINI, el escrito gramsciano no está exento de algún ramalazo sectario hacia los reformistas del P.S.I. (“Los reformistas – dice GRAMSCI – se diferencian de los fascistas sólo en cuanto que sostienen que, si no el proletariado como clase, al menos los proletarios como individuos, como individuos, luchan también por la democracia general, es decir, por la democracia burguesa”).
Pero, además de estas expresiones sectarias compartidas por no pocos comunistas de aquel tiempo, en líneas generales, la preocupación de GRAMSCI va dirigida hacia la orientación dirigente del partido en la lucha política de la clase obrera. Pues: “En su primera fase sindical, la lucha económica es espontánea, es decir, que nace ineludiblemente por la misma situación en que se encuentra el proletariado en el régimen burgués, pero no es por sí misma revolucionaria, no lleva necesariamente al derrumbamiento del capitalismo, como ha sostenido los sindicalistas” (ANTONIO GRAMSCI, Introducción…).

Esto es, para que “la lucha sindical se convierta en un factor revolucionario, es necesario que el proletariado la acompañe de la lucha política, es decir, que el que el proletariado tenga conciencia de ser el protagonista de una lucha general que afecta a todas cuestiones vitales de la organización social, es decir, que tenga conciencia de luchar por el socialismo”. (ANTONIO GRAMSCI, Introducción…).
Y en esta función el partido no es, - no debe ser – un simple registro de la conciencia económica de la clase obrera. Ya que el elemento espontánea “no es suficiente para la lucha revolucionaria, no lleva a la clase obrera fuera de los límites de la democracia burguesa existente”. “Es necesario el elemento consciente, el elemento ideológico, es decir, la comprensión de las condiciones en las que se lucha, de las que se lucha, de las relaciones sociales en que vive el obrero, de las tendencias fundamentales que operan en el sistema de estas relaciones, del proceso de desarrollo que sufre la sociedad por la existencia de antagonismo irreductibles”. (ANTONIO GRAMSCI, “Introducción…).
Y, ciertamente, GRAMSCI no cree que esta labor dirigente y proletaria sea posible cambiar la “civilización” antes que hacer la revolución y conseguir la toma del poder.

Vistas – hoy día – las interpretaciones de GRAMSCI para todos los gustos en este terreno, no está de más recordar su opinión de entonces: “No podemos proponernos, antes de la conquista del Estado, modificar la conciencia de toda la clase obrera; sería utópico, porque la conciencia de la clase como se modifica sólo cuando se ha modificado el modo de vivir de dicha clase, es decir, en este caso, cuando el proletariado se haya convertido en clase dominante, tenga a su disposición el aparato de producción, de intercambio y del poder del Estado”. (ANTONIO GRAMSCI, “Introducción…).
Evidentemente, GRAMSCI no veía posible cambiar “culturalmente” a las masas en su conjunto, antes de hacerse el proletariado con el poder político. Otra cosa es el partido, porque éste “puede y debe representar esta conciencia superior”, ya que de otro modo, “no estaría a la cabeza, sino a la cola de las masas”, y “no las guiaría, sino que sería arrastrado por ellas”. (ANTONIO GRAMSCI, “Introducción).
Además del papel de dirección social del partido, GRAMSCI piensa que es particularmente necesario desplegar una intensa lucha ideológica en su seno. “La actividad teórica, la lucha en el frente ideológico, ha estado siempre abandonada en el movimiento obrero italiano”. Observando que, cosa que guarda no poca analogía con la historia del marxismo español, en “Italia, el marxismo, con la excepción de ANTONIO LABRIOLA, ha sido estudiado más por los intelectuales burgueses, para desnaturalizarlo y adaptado al uso de la política, que por los revolucionarios”. (ANTONIO GRAMSCI, “Introducción…”).
Para evitar estas insuficiencias era preciso comenzar por las propias filas del partido comunista: “Nunca los dirigentes del partido imaginaron que para luchar contra la ideología burguesa, para liberar a las masas de la influencia del capitalismo, era necesario difundir primero en el mismo partido la doctrina marxista y defenderla contra cualquier imitación”. “Es necesario – por tanto – que EL PARTIDO, DE MODO ORGANIZADO, EDUQUE A SUS MIEMBROS Y ELEVE SU NIVEL IDEOLÓGICO”. (ANTONIO GRAMSCI, “Introducción…).

En el plano organizativo es decididamente partidario de las ideas LENINISTAS ACERCA DEL CENTRALISMO DEMOCRÁTICO. Aunque con ciertas desviaciones muy propias de la época. Porque el P.C.I. es, en la visión gramsciana, “un partido centralizado nacional e internacionalmente” (ANTONIO GRAMSCI, “Introducción…”).
Constatando que el aspecto “internacional” no es un simple matiz, pues GRAMSCI, muy con las concepciones entonces dominantes opina que: “En el campo internacional, nuestro partido es un simple sección o fracción de un partido más grande, de un partido mundial”. (ANTONIO GRAMSCI, “Introducción…”).
Evidentemente se trata – ese partido mundial – de la III Internacional.
Sin embargo, este tipo de concreción jerarquizada y de subordinación voluntaria – en relación con la III Internacional – del centralismo democrática del P.C.I., no era un obstáculo para que GRAMSCI, al mismo tiempo, poseyera una visión enormemente y creadora de la militancia. Advirtiendo que en fases anteriores – las primeras – del funcionamiento del partido, la “centralización, la unidad de dirección y de concepción habían dado lugar a un estancamiento intelectual”. (ANTONIO GRAMSCI, “Introducción…”). Son necesarias la unidad y la centralización, e incluso unas filas muy disciplinadas, pero sin elevación del nivel teórico, sin funcionamiento democrático, “el partido perdería sus rasgos distintivos y se convertirá, en el mejor de los casos, en un EJÉRCITO (Y UN EJÉRCITO DE TIPO BURGUÉS), perdería su fuerza de atracción y se separaría de las masas”. (ANTONIO GRAMSCI, “Introducción…”). Las preocupaciones gramscianas no son casuales, porque en este terreno el pensamiento del dirigente comunista es claramente antiburocrático: “Para que el partido viva y esté en contacto con las masas es necesario que cada miembro del partido sea un elemento político activo, sea un dirigente”. (ANTONIO GRAMSCI, “Introducción…”). Es más, para que haya una buena cohesión ideológica, “para que el partido esté fuertemente centralizado, se necesita un enorme trabajo de propaganda y de agitación en sus filas”. Una buena observación: o el centralismo es democrático y educador, o no es nada, porque, “en cualquier situación, incluso en situación de asedio, incluso cuando los comités dirigentes no pueden funcionar por un determinado período o no estén en condiciones de ligarse con toda la periferia, todos los miembros del partido, cada uno en su ambiente, se encuentren en condiciones de orientarse, de saber extraer de la realidad los elementos para establecer una directriz, a fin de que la clase obrera no se abata, sino que se sienta guiada y vea que puede luchar todavía”. (ANTONIO GRAMSCI, “Introducción…”).
Pero – una vez más – no se trata de un Comité Central burocrático y de “alturas”, no se concibe los organismos dirigentes del partido como una elitista jefatura de Estado Mayor; sino como “un fuerte Comité Central, estrechamente ligado a la base proletaria del partido mismo, en el terreno de la ideología y de la táctica del marxismo-leninismo” (ANTONIO GRAMSCI, “Cinco años de vida del Partido, pp. 141 a 168 de “La construcción del Partido Comunista 1922.1926”).
Es de precisar que no será solamente antes Los de los Cuadernos de la Cárcel cuando GRAMSCI vierta este tipo de opiniones acerca del partido como VANGUARDIA acerca del partido como vanguardia del proletariado.
Pero, hay que señalar que una cosa son sus evidentes concepciones leninistas acerca del partido, y otra de la lucha de líneas en el seno del P.C.I. y las relaciones con la III Internacional.
En un comienzo, y tras la derrocada experiencia de los consejos de fábricas, es la dirección de AMADEO BORDIGA y sus seguidores la que se impone en la línea máxima del Partido Comunista Italiano.
Sin embargo, en aquel tiempo, no parecen ser tan grandes las diferencias entre GRAMSCI y BORDIGA. En realidad, hay un hecho que polariza la orientación de la dirección del P.C.I. en su conjunto: son las relaciones con el P.S.I. y la actitud de la III Internacional ante una posible fusión con los socialistas.
El tema, para tratar de aproximarse a él, tenía unos antecedentes trájicos, ya subrayados por GRAMSCI, en la cuestión húngara; y unos orígenes profundamente subjetivados al haber nacido el P.C.I. de las entrañas mismas del P.S.I. Un P.S.I. no tan escorado a la derecha como otros partidos coetáneos de la II Internacional y de la II y media (se recuerda la reivindicación de “autonomía del ala derecha del P.S.I. frente a las 21 Condiciones de adhesión a la III Internacional. Con respecto a las alianzas políticas y sindicales, la visión de los comunistas no fue ajena a ciertos enfoques sectarios y, pese a la oposición favorable de la III Internacional, los dirigentes comunistas italianos expresaron “su negativa a participar en el frente sindical, “L´ALLEANZA DEL LABORO”, formada por iniciativa del sindicato anarco-sindicalista de los ferroviarios y formada por iniciativa del sindicato anarco-sindicalista de los ferroviarios y beneficiándose con el apoyo de la C.G.L. (de dirección socialista). (QUINTÍN HOARE, “Gramsci y Bordiga frente al Komintern (1921-1926”, pp. 89 a 139 del libro colectivo “Revolución y Democracia en Gramsci”, Fontamara, Barcelona, 1976).
En concreto GRAMSCI pensaba que: “El partido socialista no ha sido nunca un partido obrero, sino una amalgama de elementos obreros y campesinos” y “los dirigentes del partido socialista se encontraban bajo la influencia de la mayoría campesina”. (La cuestión italiana).
Por otro lado, hay que dejar constancia que, como subraya documentalmente GIUSEPE FIORI, ANTONIO GRAMSCI no era totalmente opuesto a la fusión mencionada, sino que era partidario únicamente de la unión orgánica con los partidarios decididos de la III Internacional en el seno del P.S.I., Termini (“la propuesta intermedia de GRAMSCI fue que había que proceder en seguida a la fusión no con todo el P.S.I., sino por el momento únicamente con los Termini. (“Vida de Antonio Gramsci”).

 

 


En líneas generales, la posición gramsciana chocó durante el debate, en no pocas ocasiones, con la orientación oficial de la III Internacional, cuyo IV Congreso, tras valorar positivamente la ruptura con el reformismo en el Congreso de Roma del Partido Socialista, apremió al Partido Comunista italiano para que realizase la tan triada y llevada fusión con el conjunto de los socialistas no reformistas (“el IV Congreso mundial decide la fusión inmediata del Partido Comunista y del Partido Socialista italiano”).
El nuevo partido debería llamarse Partido Comunista Unificado de Italia (sección de la Internacional Comunista).
Así pues, las posesiones prácticas de ANTONIO GRAMSCI en estos temas, se verían sometidas a las contradicciones con su propia visión de la Internacional como “partido mundial” por encima de los partidos nacionales (concepción dominante en aquellos años) y, por otro lado, a las divergencias con ese organismo internacional en el tema concreto de la fusión con los socialistas.
Por último:
“GRAMSCI es el primer teórico marxista – el único de su tiempo – en tratar de definir (al fascismo) considerando su naturaleza de clase y sus características particulares. Así, ya el 2 de enero de 1921, en el segundo número de L´Ordine Nuovo diario, GRAMSCI publica su famoso artículo sobre “el pueblo de los monos” (¿gorila?), donde insiste en la novedad esencial de la reacción fascista: en el hecho de estar ante un movimiento reaccionario con base de masas, o sea, apoyado en la lucha de la pequeña burguesía para reconquistar el lugar político y económico que venía perdiendo en función de las transformaciones monopolistas que el capitalismo italiano experimentó sobre todo durante los años de la guerra.
En un artículo posterior, titulado “Subversivismo reaccionario”, de junio del mismo año, GRAMSCI se empeña en captar otros aspectos específicos de la nueva reacción, como, por ejemplo, como, por ejemplo, el hecho de asumir tácticas de acceso al poder que se diferencian claramente de las utilizadas por la vieja reacción conservadora: aunque tolerados e utilizados por la vieja reacción conservadora; aunque tolerados e incluso apoyadas por los aparatos legales del Estado, los fascistas actúan a partir “de abajo”, de movimientos situados al margen de las instituciones estatales, abandonando frecuentemente el terreno de la legalidad y promoviendo lo que ANTINIO GRAMSCI llama “SUBVERSIVISMO REACCIONARIO” (ANTONIO GRAMSCI, “El pueblo de lo monos”, en Sobre el fascismo. Prólogo y selección de ENZO SANTARELLI, Ed. Era, México, 1979, pp. 67-70). Y GRAMSCI finalmente indica además, en “Los dos fascismos”, de agosto, la presencia en el movimiento fascista de una “doble alma”, que proviene de su doble génesis: de movimiento pequeñoburgués urbano, de orientación obrera, por un lado; y de tropa de choque de los grandes latifundistas contra los movimientos campesinos, por otro. Esa “doble alma”, dice GRAMSCI, motiva divisiones internas en el fascismo, llevando a su táctica a oscilar entre el “legalismo” y el “subversivismo” o, más precisamente, a una hábil y pragmática combinación de esos dos géneros.

(ANTONIO GRAMSCI, “Los dos fascismos”, pp. 89-90) y ANTONIO GRAMSCI, “Subversivismo reaccionario”, pp. 80-81).

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