El periodismo en la era de Trump

De cómo meter las noticias mentirosas en medios legítimos y prestigiosos

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GUSTAVO GORRITI

 

 

 

Noticias falsas con pasado

 

Los eventos decisivos del siglo XX se libraron bajo la neblina perenne de la propaganda y la desinformación. Un reciente simposio sobre periodismo de investigación en Estados Unidos se llamó El periodismo en la era de Trump. La silueta en negro del presidente estadounidense se posaba como sombra en la portada del folleto del evento. Y se habló mucho, por supuesto, sobre las fake news, las informaciones falsas que se ven como una amenaza existencial a la democracia. Es la era de la posverdad, sostienen algunos, esa suerte de desmadre cognitivo en el cual la presunta verdad de los hechos pende de versiones en mutuo conflicto.


"Así que las fake news no son nada nuevo. Lo que es más bien excepcional es el buen periodismo".


Vivimos una inflación de fake news, sin duda, pero ellas no son ninguna novedad. Un gobernante como Trump sí es algo nuevo (la gente como él suele encabezar tiranías, no democracias), pero las noticias sistemáticamente falsas no lo son, en absoluto. Se mueven más rápido hoy pero eso no las hace necesariamente más eficaces como vehículos de la mentira.

Los eventos decisivos del siglo XX y buena parte de los del actual se libraron y decidieron bajo la neblina virtualmente perenne de la propaganda y la desinformación. El fascismo, el comunismo y la democracia no dirimieron dogmas con verificadores, con fact-checkers, sino a través de exaltaciones retóricas y reclutamiento de inteligencias al servicio de la propaganda. Antes de la segunda guerra mundial, el nazi Joseph Goebbels y el comunista Willi Münzerberg, libraron épicas batallas de propaganda en las que este último prevaleció al reclutar a los más notables intelectuales de su tiempo en la lucha contra el fascismo.

Durante la Guerra Fría a nadie se le ocurrió hablar de fake news porque había una palabra más apropiada para designar lo mismo: desinformación. Se trataba de la diseminación planificada de información falsa presentada como cierta, sobre todo a través de medios de prensa. La practicaron intensamente los servicios de inteligencia enfrentados, con clara ventaja de los soviéticos y sus aliados, pero también lo hicieron sectas como la en algún momento influyente de Lyndon Larouche.

En la década de los ochenta del siglo pasado, se creó una cátedra sobre desinformación en la universidad de Boston, a cargo de un antiguo oficial de inteligencia checo especializado en el tema, Ladislav Bittman, que desertó a Occidente y convirtió en tema académico los trucos y sistemas de falsificación de la verdad.

Como sucede con la moneda falsa, el objetivo de la desinformación era introducir las noticias mentirosas en medios legítimos y, en la medida de lo posible, prestigiosos. Generalmente eso suponía hacer una suerte de lavado de noticia: darle vueltas en medios diversos por el mundo hasta que alguna agencia o periódico grande la recogiera como legítima.

No fue una actividad esporádica sino constante, con el nivel de éxito esperado en las operaciones de desinformación: desde desacreditar o cuando menos hostigar a determinados líderes o personajes, hasta crear sospechas profundas y potencialmente desestabilizadoras (como fue la operación para convencer a la gente que el Gobierno de Estados Unidos había creado el sida como una suerte de arma étnica).

Pero la desinformación de los servicios de inteligencia no fue la única. Hubo también la que provino del ejercicio mismo del periodismo. Una de las mejores ilustraciones sobre eso fue la portada original del libro clásico de Phillip Knightley sobre corresponsalía de guerra: The First Casualty (La primera víctima), en la cual un enviado especial escribe su despacho desde el campo de batalla, con un pie cómodamente apoyado sobre el cuerpo sangrante de la verdad.

Desde la guerra de Crimea hasta la invasión de Irak, Knightley describió cómo la cobertura de guerra sacrificó preceptos básicos del periodismo —reportar la verdad de los hechos— en favor del esfuerzo bélico. Los resultados, desde ocultar la pavorosa realidad de la guerra de trincheras en la Gran Guerra, hasta la complicidad con la mentira de las “armas de destrucción masiva” en la de Irak, fueron tan o más negativos que los que produjo la clásica desinformación.

Así que las fake news no son nada nuevo. Lo que es más bien excepcional es el buen periodismo.

Lo positivo de Trump es que es lo suficientemente estridente como para preocuparnos por ello.

 

 

 

Trump, Espías y Periodistas


“En los turbulentos escenarios de la era de Trump, el periodismo enfrenta la desinformación de medias verdades y noticias falsificadas, tras las cuales emerge la intuición de extrañas conspiraciones, complejos encubrimientos y eventos salaces”. En toda conferencia debiera haber un invitado misterioso. Sobre todo en un simposio de periodismo de investigación.

En la tarde de este sábado 14, en el Stanley Hall de la universidad de Berkeley, en California, Lowell Bergman esperaba, con la media sonrisa de un entrevistador aprestado, la aparición del invitado misterioso. Frente a él un auditorio expectante aguardaba la sorpresa. Éramos los asistentes a la duodécima versión del simposio anual sobre periodismo de investigación que auspicia la Fundación Reva & David Logan en Berkeley*. Cada año el simposio confronta un tema diferente: el de este era casi inevitable: “El periodismo en la era de Trump”. El folleto con el programa ilustraba, sobre un fondo rojo, la silueta en negro del rostro más identificable de estos tiempos, con la boca, por supuesto, abierta, hablando, hablando, hablando…

Bergman es uno de los periodistas de investigación más reconocidos de Estados Unidos, con hazañosos reportajes como productor del legendario programa “60 Minutes” de la CBS (¿recuerdan a Al Pacino en “El Informante”, interpretando a Bergman?). Terminada esa etapa, fue uno de los primeros periodistas en llevar la práctica del periodismo de investigación a un programa de post grado universitario. Fue en la universidad de Berkeley, con el mecenazgo de la Fundación Logan.

En la pantalla gigante detrás de Bergman apareció el rostro del invitado misterioso. Ahí estaba, también con la media sonrisa algo inquietante de un rostro acostumbrado a la dureza, el exdirector de la CIA, John Brennan, para hablar y criticar ferozmente a Donald Trump.

No es fácil imaginar un escenario así en Latinoamérica o en otras partes del mundo. Un exjefe de inteligencia recientemente retirado, que tuvo durante años una responsabilidad central en la lucha contra, sobre todo, el terrorismo islámico, que dirigió durísimos y controvertidos operativos en una guerra irregular que cubrió gran parte del mundo, dialogando con Bergman ante una asamblea de periodistas de investigación, sobre el presidente de Estados Unidos, a quien llamó en esos días “inestable, inepto, inexperto y también anético”.

En la entrevista con Bergman, y luego en sus respuestas a las preguntas del auditorio, Brennan reiteró y abundó en las razones de los calificativos que dedicó a Trump luego de la destitución del subdirector del FBI Andrew McCabe, en marzo pasado. Trump festejó el despido de McCabe, de quien dijo “sabía todo sobre las mentiras y corrupción en los niveles más altos del FBI”.

A eso, Brennan contestó lo siguiente a Trump: “Cuando sea conocido el alcance completo de tu venalidad, vileza moral y corrupción política, tomarás el lugar que te corresponde como un demagogo en desgracia en el basurero de la historia (…) podrás convertir a Andy McCabe en un chivo expiatorio, pero no podrás destruir a Estados Unidos. Estados Unidos triunfará sobre ti”.

No eran las palabras de un radical afiebrado sino las de un duro exjefe de la CIA durante largos años de cruentas y letales operaciones, que ahora advertía a un auditorio de periodistas investigativos sobre el peligro que Trump representaba para la democracia y también para la seguridad nacional estadounidense.

Para este latinoamericano, resultaba interesante la interacción fluida entre el exjefe de espías y los periodistas. Pensaba, pienso, que solo la percepción de un peligro mayor puede adormecer la suspicacia implícita en esa relación.

Los espías y los periodistas, especialmente los de investigación, nos parecemos y nos repelemos.

Ambos buscamos la mejor y más importante información y desarrollamos técnicas y talentos para conseguirla antes que los demás. A partir de ahí diferimos y nos enfrentamos. Los periodistas buscamos entregar la información a la sociedad, los espías al Estado. Para los periodistas, la mejor información debe ser dirigida al mayor número posible de personas; para los espías, cuanto más importante sea la información, menor el número de personas autorizadas a conocerla. Para los periodistas, la información es un bien en sí mismo: la verdad de los hechos que ilustra y fortalece a los pueblos. Para los espías, la verdad de la información es un instrumento para la acción del poder.

Por su naturaleza, el periodismo es una cobertura ideal para los espías (como fue, entre muchos otros, el caso de Kim Philby) y todo periodista genuino sabe, por eso, que pocas cosas son tan corrosivas y peligrosas para el periodismo como su uso de disfraz de espías. A la vez, hay casos en los que un espía busca tornarse periodista (como fue, entre varios otros, el caso de Edward Snowden). Lo primero requiere una planificación mucho más larga, un engaño más sostenido y complejo. Lo segundo es, por lo general, el resultado de un conflicto ético, de valores y emociones, que normalmente se expresa en acciones de corto tiempo que terminan en prisión o fuga.

Y, sin embargo, en medio de la implícita tensión descrita, en sociedades democráticas estables no es infrecuente una relación de fuente entre periodistas y espías (generalmente de alto rango), basada en el tipo de confianza que suele construirse lentamente, a lo largo de años, misiones, coberturas y escenarios. Por lo general son relaciones limitadas, con el punto de encuentro de la conveniencia mutua, sin que nadie ceda su misión ni sus valores.

Pero en tiempos de crisis extrema es cuando se forjan esas extrañas alianzas entre perros y lobos. El espía es, al fin, un burócrata al servicio de los jefes del Estado, pero desde organizaciones más permanentes y duraderas que sus jefes, con los valores propios de su identidad corporativa y su sentido de misión. Ante ese tipo de crisis pueden ocurrir alianzas poderosas entre espías y periodistas de investigación.

Ese fue el caso de la investigación de Watergate. Los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein, del Washington Post, tuvieron una fuente secreta que apodaron ‘Garganta Profunda’, cuya identidad fue solo compartida con el jefe de redacción Howard Simons y con el director Ben Bradlee. Esa fuente decisiva fue Mark Felt, el subdirector del FBI, que condujo una guerra clandestina de información contra el gobierno de Richard Nixon a través del Post, hasta la victoria. Las circunstancias convirtieron aquí el conflicto en simbiosis.

La guerra de Brennan contra Trump es diferente. Abierta, desde la ciudadanía recobrada del retiro, pero todavía con un gran valor informativo, que facilita y garantiza su llegada al periodismo en escenarios nuevos y sorprendentes.

Mientras Brennan atacaba a Trump ante los fascinados periodistas, el exjefe del FBI, James Comey, publicaba y promocionaba su explosivo libro: “A Higher Loyalty: Truth, Lies, and Leadership”. (“Una lealtad superior: la verdad, mentiras y liderazgo”), en tanto Trump le dedicaba más insultos e inquina que la suma de los dirigidos hoy a Assad y a Kim Jong Un en el pasado reciente.

Que los exjefes de la CIA y el FBI ataquen abierta y enérgicamente al presidente de Estados Unidos, mientras este responde tuiteando insultos adolescentes, describe una situación sin precedentes, en la que las instituciones de una democracia de larga duración luchan por sobrevivir al demagogo que ha capturado la jefatura del Estado, sin destruir a este.

En los turbulentos escenarios de la era de Trump, el periodismo enfrenta la desinformación de medias verdades y noticias falsificadas, tras las cuales emerge la intuición de extrañas conspiraciones, complejos encubrimientos y eventos salaces. Por ahora, el Calígula de la Casa Blanca parece haber unido a adversarios en la noción del peligro común que ellos y su democracia enfrentan.

* IDL-Reporteros, la publicación digital de periodismo de investigación que dirijo es también agradecido beneficiario del mecenazgo de la fundación Reva & David Logan.

 

 
 
 

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