De terremotos y culpas

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GUILLERMO GIACOSA

 

 

 

 

Los terremotos ocurridos en otras latitudes nos tienen preocupados. Dicen que algunos políticos piensan que sería la cortina de humo ideal, muy cara y muy triste, pero ideal, para ocultar sus pillerías.

Esta renovación del temor a los sismos me regresa a un viejo artículo mío en el que resaltaba haber disfrutado de un maravilloso trabajo de la NASA que muestra cómo se vería la Tierra desde la distancia de 10 millones de años luz. Y lo que apreciamos son constelaciones de estrellas pero ninguna de ellas pertenece siquiera a la Vía Láctea. Luego se aproxima a un millón de años luz y nada, seguimos sin noticias de nuestra galaxia. Recién a un año luz se percibe tenuemente el brillo de un astro insignificante llamado Sol gracias al cual apareció la vida en el planeta y se pudo construir la civilización humana. Es decir que la Tierra solo alcanza a divisarse recién cuando hemos llegado a estar a una distancia prácticamente ínfima si tenemos en cuenta que la primera observación fue hecha a 10 millones de años luz (es decir 10 millones de años recorriendo el espacio a la velocidad de la luz que es de aproximadamente de 280.000 kilómetros por segundo).

Significa entonces que dadas esas magnitudes, el último terremoto que nos conmovió y los terremotos recientes en otros países, no fueron noticia fuera del pequeñísimo y hermoso espacio que rodea la Tierra llamado biosfera. Si nos sentimos pequeños e impotentes frente al movimiento de las placas tectónicas, por qué no hacer un esfuerzo mayor y pensar que esas catástrofes, que sembraron destrucción, segaron vidas e hicieron pensar a muchos que se trataba del fin del mundo, fue, para el universo, tan insignificante y fugaz como el aleteo de un mosquito en la noche de la jungla.

Somos criaturas insignificantes por tamaño y poder físico pero dotadas de un cerebro prodigioso capaz de comprender parte de la mecánica celeste, de descifrar nuestro propio código genético, de liberar el átomo, de pensar en términos abstractos y de un interminable etcétera que no siempre enrumba por buen camino. Somos también una plaga. Una especie de sarpullido que comienza a incomodar al planeta que nos aloja.

En verdad somos inquilinos precarios que se comportan como dueños. Arrogantes algunas veces, descomedidos en otras, fatuos casi siempre. Infantiles y primitivos cuando pretendemos calmar procesos naturales como los terremotos con pedidos de clemencia a fuerzas desconocidas. Ya no se dice que Hades o Plutón están enojados, pero nos comportamos como si creyéramos en ese enojo. Cuando el sida perturbó el distendido galope que permitía la libertad sexual, algunos dijeron que se trataba de un castigo de Dios. ¿Por qué ahora no dicen lo mismo? A muy pocos se les ha ocurrido decir, por ejemplo, que los terremotos son un castigo por tanta injusticia, por tanto niño que muere de hambre, por ricos cada vez más ricos y por pobres cada vez más pobres, por tener al dinero cómo único valor realmente respetado, etc. ¿Y adivinan por qué solo a muy pocos se le ha ocurrido decir esto? Por una razón fatalmente simple: el dios oficial sólo se enoja cuando ponen en entredicho el orden establecido y aquel terremoto y los terremotos recientes no solo no lo ponen en entredicho, sino que, por el contrario, hacen lo que hace el sistema diariamente, elimina pobres casi al mismo ritmo que los elimina el sistema, aunque, reconozcámoslo, con un poco más de espectacularidad.

 

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