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Por Gustavo Gorriti .-(*)

Pese a que algunos se preocupan por la originalidad, la pregunta se repitió estos días entre los periodistas extranjeros que cubrieron la elección peruana: ¿Cómo es posible que los peruanos voten por la hija de un expresidente (dictador dijeron algunos) que está en prisión por corrupción y violaciones de derechos humanos?

No hay país fácil, pero el Perú es menos fácil que los demás. Aquí ha pasado lo que no sucede en otros lados: entre otras cosas haber sido el único país fuera de Japón que tuvo un presidente japonés.

Alberto Kenya Fujimori, que años después se presentaría como candidato de ultraderecha al congreso de Japón como “el último samurái” (los cautelosos ciudadanos japoneses prefirieron que el título se quedara con Tom Cruise), entró con fuerza en la imaginación colectiva del Perú desde que postuló a la presidencia en 1990. Enfrentó a un gran escritor que, en medio del colosal desastre económico, social y militar que vivía el Perú de entonces, proclamó que la salida era un shock doloroso que llevaría a la normalidad a través de un período de inevitable sufrimiento.

Fujimori ofreció, con lo que parecía sonriente sabiduría oriental, una cura indolora: algo así como la aplicación de la acupuntura y el shiatsu a la economía. La gente le dio una victoria abrumadora sobre Mario Vargas Llosa. Cuando, meses después, Fujimori llevó a cabo unshock mucho más rudo y traumático del que hubiera realizado Vargas Llosa, el pueblo lo aceptó con la resignación del paciente que ve cómo el acupunturista tira las agujas y coge el bisturí sin preocuparse por llamar al anestesiólogo.

Las medidas y estrategias que puso luego Fujimori en funcionamiento —incluido el golpe de Estado de abril de 1992— no surgieron de ninguna centenaria tradición oriental sino sobre todo de su indispensable asesor, Vladimiro Montesinos, cultor de las artes, artesanías, estrategias y triquiñuelas del espionaje.

Con hechos propios, secuestro de méritos ajenos, operaciones psicológicas y efectos especiales, tuvieron un fuerte impacto sobre la imaginación del país. Imitaron a Pinochet sin ponerse el uniforme (a Fujimori le encantaba que le dijeran Chinochet), tuvieron al empresariado feliz —pero siempre un poco asustado para que no pierda el respeto y, por supuesto, corrompido— y encontraron la manera de tener razonablemente contento a un porcentaje de la población, con obras locales, presencia y muchos niveles de propaganda respaldados por otros tantos de coerción.

"Keiko asumió la reconstrucción del movimiento cuando el último samurái estaba en Japón; y luego su defensa cuando, en una audaz pero pésimamente planeada maniobra, voló a Chile, donde fue capturado y luego extraditado a Perú".

 

En ese tipo de regímenes, las lealtades pueden ser duraderas, pero las oposiciones son aún más profundas. El año 2000, el fujimorismo perdió la mayoría, el control de las calles, la impermeabilidad del espionaje y los secretos; y no solo cayó sino que fue desnudado.

Los vídeos de Montesinos fueron a la corrupción (limitada al Perú) lo que losPanama Papers son a las offshores, solo que más directos e inapelables. Fujimori fugó a Japón, Montesinos a Venezuela y cada uno escapó del otro.

Pero Keiko Fujimori se quedó en Perú y arrostró las tormentas de esos años con serenidad. Eso marcó la percepción de la entonces muy desorientada masa fujimorista. También sentó las bases de la narrativa subsecuente: la del svengali Montesinos, promotor de todos los males; y la del, digamos, ingenuo Fujimori. Fue endeble en extremo como coartada, pero sirvió para iniciar la reconstrucción del movimiento.

En el régimen democrático, los liderazgos resultaron suficientes para la economía pero enormemente deficitarios en lo político. El Gobierno de Toledo marcó el estilo: bien intencionado, quizá, pero débil, frívolo, contradictorio. La tecnocracia y los grupos empresariales que prosperaron con Fujimori y Montesinos mantuvieron y acrecentaron su poder. La economía fue fuerte y la política muy débil. Prontamente impopular, a Toledo le dieron como a piñata y ya entonces, en el recuerdo de algunos, empezó a redibujarse la improbable nostalgia de Chinochet.

Keiko asumió la reconstrucción del movimiento cuando el último samurái estaba en Japón; y luego su defensa cuando, en una audaz pero pésimamente planeada maniobra, voló a Chile, donde fue capturado y luego extraditado a Perú.

Los otros dos Gobiernos, de Alan García y Ollanta Humala, fueron variaciones, punto más, punto menos, sobre el mismo tema. Economía aceptable; política, salvo excepciones, despreciable. No es casualidad que tanto Toledo como García hayan tenido votaciones homeopáticas que, por lo menos por ahora, los esfuman de la política. Y la impopularidad de Humala es tal que ha afectado a su capacidad de gobernar. En el nuevo congreso no tendrá parlamentario que lo represente.

Keiko Fujimori, entre tanto, analizó su derrota de 2011, hizo una campaña de reconstrucción partidaria durante casi cuatro años a través del país, y desde el año pasado emergió con un nuevo rostro político, destinado a aminorar anticuerpos y ganar el centro. Reconoció la corrupción y las violaciones de los derechos humanos durante el Gobierno de su padre y —hace unos días— prometió no volver a perpetrar, nunca más, un golpe de Estado como el del 5 de abril de 1992. Muchas gracias.

No todo está dicho, sin embargo. El fujimorismo es masivo pero el antifujimorismo es todavía mayor, como evidencia el antivoto declarado contra Keiko Fujimori y las grandes marchas contra ella el 5 de abril —las mayores desde el 2000—. Pero calculo que ese voto antifujimorista no se endosará automáticamente al otro candidato, Pedro Pablo Kuczynski, quien defendió ardorosamente la candidatura de Keiko y el legado de Alberto Fujimori en el balotaje de 2011. Imagino que ahora renunciará a esas expresiones como renunció recientemente a su ciudadanía estadounidense. Pero si quiere ganar tendrá que hacer mucho más que eso.

(*) Publicado el 13 de abril en el País, de España.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

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