En memoria de Marco Antonio Corzo “Ursus” y Alipio Mamani

Ellos marcharon en silencio

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 FREDY LEÓN

 

 

La generación de la Juventud del Partido Comunista: JCP (Arequipa 1973 - 1990) de Ursus y Alipio Mamani

 

 

Marcharon en silencio, sabían que iban enfrentar un futuro incierto y que probablemente no iban a volver, pero creo que cuando tomaron la decisión de enrolarse a las filas del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN), lo hicieron con esa convicción y mística revolucionaria que los había caracterizado en sus años de militancia en la JCP.

Ellos no iban a luchar por glorias personales. No buscaban la fama ni les atraía el poder. Eran jóvenes comunistas que buscaban ser consecuentes -a su manera- con sus ideales revolucionarios; y por esas ideas, que al final de cuentas son la razón de vivir de quienes optamos por una opción política que busca cambiar el mundo, ofrendaron sus vidas en tierras salvadoreñas luchando por construir ese mundo nuevo.

Quienes conocimos a Marco Antonio Corzo, el recordado camarada “Ursus”, lo recordamos como un joven inquieto, jovial, alegre, sensible pero con unas inmensas ganas de vivir y luchar por sus ideales. En las reuniones del Comité Central de la JCP, el gordo Ursus exponía con pasión sus puntos de vista, era obstinado y pertinaz en la defensa de sus opiniones, pero no era intransigente ni fanático. Tenía cualidades de líder, y a pesar de ese su inconfundible dejo arequipeño, poseía el especial don de la oratoria que le permitía trasmitir con claridad y contundencia sus puntos de vista.

Ursus era un político nato, de fuertes convicciones revolucionarias e ideas claras. Un joven de su tiempo que sintió en lo hondo de su conciencia el grito profundo de la nueva historia que los pueblos centroamericanos venían desbrozando con mucho heroísmo y que tuvo un impulso vital con el triunfo de la revolución sandinista que ejerció una enorme influencia en esa nueva generación de jóvenes revolucionarios.

Eran tiempos donde la militancia partidaria se asumía con mucha mística y la convicción política se nutría de las ideas aprendidas mediante el estudio de la teoría marxista y por las vivencias personales que marcaban nuestras vidas. La lucha revolucionaria era mas que un ideal, era la fuerza motriz que impulsaba todos nuestros actos, y por eso sentíamos y vivíamos con pasión los éxitos alcanzados por la revolución sandinista en Nicaragua y veíamos con muchas expectativas los avances revolucionarios en El Salvador y Guatemala.

Pero la solidaridad con la lucha de esos pueblos no era solamente emocional, sino tenía que expresarse de manera concreta, por eso que cuando los sandinistas, como primera medida se propusieron erradicar el analfabetismo, la JCP no dudo en apoyar esa campaña y enviamos una brigada de alfabetizadores para ayudar al gobierno sandinista en su lucha contra el analfabetismo.

En base a esa experiencia posteriormente se constituyó la Brigada Internacionalista Esteban Pavletich. Fueron tres o cuatro contingentes de jóvenes peruanos que viajaron a Nicaragua a participar en la cosecha del café, producto agrícola de suma importancia para la economía nicaragüense y que estaba amenazado por la actividad terrorista que la contra realizaba con el apoyo implícito del imperialismo yanqui.

Ese proceso de acercamiento con la realidad nicaragüense permitió conocer de cerca las luchas del pueblo salvadoreño sometido por una brutal dictadura que ensangrentaba sin piedad la patria de Roque Dalton y que en un acto de vesania inimaginable no dudó en asesinar a Monseñor Oscar Romero.

El asesinato de Monseñor Romero, la impunidad que envolvió ese magnicidio y la resistencia heroica del FMLN formaban parte de nuestros debates políticos. Era imposible ser insensible frente al dolor de todo un pueblo, donde las palabras pronunciadas por Monseñor Romero, días antes de su asesinato, resonaban con fuerza en la conciencia de todos los hombres libres.

“Yo quisiera hacer un llamamiento, de manera especial, a los hombres del ejército. Y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles… Hermanos, son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus mismos hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: “No matar”. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia, y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión.”

Pero la represión no cesaba, los asesinatos continuaban y la dictadura era cada vez mas sanguinaria. El Salvador era un volcán en plena ebullición y los militares buscaban perpetuarse en el poder mediante el terror y los asesinatos en masa.

Imagino que la suma de todos esos acontecimientos, de las circunstancias políticas que vivía nuestro continente impactó de manera especial en la conciencia de nuestro camarada Ursus, quien en compañía de otro joven dirigente del Comité Regional de Arequipa de la JCP, Alipio Mamani, tomaron la decisión de integrarse a las filas del FMLN y luchar por la liberación del pueblo salvadoreño. Ese acto de solidaridad, de ir a luchar junto a un pueblo, de asumir concientemente todos los riesgos que eso implica es el acto mas noble y humano que un joven revolucionario puede asumir; pero a su vez es un acto doloroso, es abandonar a tu familia y dejar que la incertidumbre se apoderen de la vida de tus seres mas queridos.

Es difícil juzgar las decisiones personales, pero mas difícil es aceptar que el silencio y el olvido sean el epitafio final en la vida de dos jóvenes idealistas, revolucionarios que partieron con sus mochillas llenos de ilusiones, que fueron a luchar por la vida y y por la paz de un pueblo que lo sintieron como suyo y que nunca regresaron.

Marco Antonio Corzo y Alipio Mamani marcharon en silencio hacia las montañas de El Salvador y regaron con su sangre roja la victoria de ese pueblo. No permitamos que esa marcha silenciosa signifique olvido, y que ese olvido nos lleve a desconocer ese acto heroico, esa inmensa valía de estos dos jóvenes comunistas que vivieron, lucharon y entregaron su vida por una causa que ellos creían que era justa.

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