Timochenko e Imelda Daza, fórmula presidencial de la FARC

La Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común FARC: la eclosión de un Nuevo Partido

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LUZ MARINA LÓPEZ ESPINOSA

 

 

 

Timochenko e Imelda Daza, fórmula presidencial de la FARC

La Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, el partido político que surgió tras la dejación de armas de la guerrilla de las FARC, confirmó en la mañana de este miércoles que Rodrigo Londoño, Timochenko, será su candidato presidencial. Su fórmula en la vicepresidencia será Imelda Daza.

Carlos Antonio Lozada dijo que esperan que Timochenko esté de vuelta los más pronto posible a Colombia para iniciar campaña a la presidencia. "Esperamos no sólo el permiso de los médicos cubanos, sino que se abra espacio para alianzas con sectores políticos que defiendan la paz", dijo.

La Farc también confirmó que Iván Márquez, el jefe negociador de la exguerrilla en el proceso de paz, y Jesús Santrich, encabezarán la lista que propone la Farc para Senado y Cámara respectivamente.

El resto de la lista al Senado la completan Pablo Catatumbo, que comandó las filas guerrilleras en Cauca; Carlos Antonio Lozada, excomandante en el bloque Oriental; Sandra Ramírez, viuda de ‘Manuel Marulanda’, fundador de las Farc, y Victoria Sandino, que estuvo en las filas de esa exguerrilla en el Caribe.

Partido de la FARC


El anuncio se conoce un día después de que el Consejo Nacional Electoral le diera el aval a ese partido político para poder participar en las elecciones del 2018.


De la lista a la Cámara se detalló que Jesús Santrich será el candidato por el Atlántico; Byron Yepes, por Bogotá; Jairo Quintero, por Santander; y Marco Calarcá, quien encabezó por la exguerrilla el mecanismo de monitoreo y verificación de cese del fuego, irá por el Valle.

El anuncio se conoce un día después de que el Consejo Nacional Electoral le diera el aval a ese partido político para poder participar en las elecciones del 2018.

Si bien el acuerdo de paz de La Habana establece que la Farc tiene derecho a cinco curules en el Senado y a cinco en la Cámara de Representantes, el partido de la exguerrilla debe participar con sus candidatos en las elecciones.

Si en las votaciones no obtiene las 10 curules a que tiene derecho por haber hecho la paz, estos cupos se les asignan automáticamente. Y si la Farc logra más de 10 curules, eso se respetará.

 

Hace apenas unos días vio la luz el Partido en el que se transformó la fuerza guerrillera identificada con el mismo acrónimo. Sólo que este naturalmente, ya no habla de fuerza armada sino Alternativa, lo cual al tiempo que le va bien caracteriza con justicia su naturaleza.

Es decir, no es cosa circunstancial ni acomodación del fonema en aras de mantener una denominación cuyas letras traen resonancias de marchar al lado de los pobres y los oprimidos. Es algo auténticamente diferente -y no sólo en su génesis-, a lo que en Colombia han sido los partidos tradicionales incluidas sus nuevas presentaciones, todos a una emulando por méritos en la conservación del statu quo. Pero además la nueva formación reivindica algo fundamental: el carácter de Revolucionaria de la Fuerza Alternativa, con lo cual pregona ante amigos y contrarios así a éstos les escueza oírlo, que la bandera bajo la cual miles de anónimos rindieron su jornada en las sinuosidades profundas de la selva, el credo por el que miles padecieron la tortura física y años infinitos de agonía en tenebrosas mazmorras, sigue en alto. Que no hubo entrega ni claudicación, menos perjuro de la causa en cuya ara se ofrendó tanto.

Y resalta además el nombre del Nuevo Partido, que es el de las gentes del Común. “¿Cómo, otro?” –argüirá malicioso meneando la cabeza ese común-, si los partidos de la oligarquía y de las clases dominantes que nos han gobernado y luego masacrado, esos que a perpetuidad han ejercido su opresión bien elegidos –bueno, a veces no tanto- al lomo de “partidos del pueblo”, “en nombre del común”, de “gentes corrientes, como usted y como yo”, “pasajeros de la revolución favor pasar a bordo”, “porque al pueblo nunca le toca”, clama indignadísimo el candidato mientras propina furiosos puñetazos al inocente viento que pasa por ahí.

Y siendo ello así, ¿cómo correr el riesgo de anunciar ser éste sí, el Partido de la gente del Común? Pues sí y con mucha autoridad: porque hay con qué aprestigiar la oferta. Ese pasado de sacrificio hasta la inmolación de que está empedrado el camino del Partido que hoy alumbra, esa exorbitante alcabala que hubo de pagar porque le fuera reconocido el derecho de rivalizar por el poder como Partido del Común verdadero, cómo contrasta con ese tapiz de privilegios, canonjías, alamares diplomáticos, latrocinios e impudicias consentidas con que está tapizada la senda del poder de esos otros del común espurio.

Y el nueve de octubre, día en el que se conmemora universalmente el crimen en la escuelita de la Higuera del que terminaron avergonzándose sus ejecutores, se protocolizó ante la entidad encargada de reconocerlo y expedirle registro civil de nacimiento, el Partido “Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común”. Casualidad o no, feliz ella si lo fue, que ese protocolo haya tenido cumplimiento en la fecha consagrada al Guerrillero Heroico. Porque es la estrella en la boina negra la que alumbra el camino a la nueva Fuerza, a sus integrantes vigentes y caídos, todos uno, porque los segundos como lo demandó en su proclama testamento el héroe que asombró la Historia, viven en la lucha de los primeros. Resuenan entonces los acordes de Carlos María Gutiérrez en las calles de esta martirizada América Latina, presidiendo el cortejo del estudiante, el obrero o el dirigente popular asesinado: “… y sepan que sólo muero si ustedes van aflojando. Porque el que murió peleando vive en cada compañero…”

Así que lo más significativo de esta “Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común”, es que ella es resultado de una reflexión colectiva de la guerrilla de las FARC que dialécticamente, leyendo la realidad como lo mandaron los clásicos del marxismo y sus exégetas todos y sintonizados con los signos de los tiempos, supo que había llegado la hora de la política sin armas. Y que la lucha proseguía, y el ideario se mantenía obviamente con las adaptaciones que esa lectura y sintonías indicaban. Sin sectarismos ni fundamentalismos.

Por lo anterior, es por lo que no hay defección en quienes tuvieron la osadía ideológica y la valentía de realizar ese drástico cambio estratégico después de cincuenta y dos años de porfiar en la toma del poder por la vía de las armas. Cambio, que en todo caso y como cosa medular, parte de saber que la nueva bandería recoge el acumulado de esa prédica armada de tantos años, lo que ella sembró en el corazón y en la mente de millones de desposeídos. No naturalmente en los de la clase dominante que visto está, ninguna entidad política ni moral le reconocen. Y hasta derecho tendrán, si consideramos que la guerrilla era un duro escollo para el ejercicio sin sobresaltos de su despotismo.

Lo que sí no tiene derecho el Establecimiento en particular la fracción reaccionaria que lo hegemoniza es, ellos, que siempre le reprocharon a la guerrilla no asumir la lucha política por los cauces que le ofrecía la democracia, hoy cuando asume ese reto, presa de gran indignación se lo reproche. Así, contradictoriamente y con razones que emulan en lo delirantes, vociferan que cómo van a hacer política los que ayer nomás eran delincuentes, que cómo van a vestir atuendos parlamentarios quienes antier nomás lucían el camuflado, y que cómo van a fabricar las leyes quienes hace unos días nomás las desconocían. ¿No era de eso de lo que se trataba?


Y por último, valga relievar y singularizar el carácter de Nuevo del nuevo Partido. Porque si algún concepto se ha manoseado en política al punto de volverlo sinónimo de nada, es esa ya manía de presentar como gran novedad lo caduco –“vino viejo en odres nuevos” creo que es el texto bíblico que alude a esa impostura-. Todo es nuevo en la oferta política, todo es renovador, todas las propuestas consisten en abolir lo existente, en cambiar el “ominoso actual estado de cosas”, desde la forma de hacer política hasta las leyes, las instituciones y la forma como operan. Pero claro, estas promesas las hacen los ejecutores y beneficiarios de ese estado de cosas, de ese statu quo del que hay que denostar en época electoral según mandan los cánones del marketing.

“Buen viento y buena mar” es la enhorabuena que desde muchos recónditos y aún silenciosos parajes de Colombia y del mundo, miles lanzan a esta nueva FARC. Tanto más cargada de significado la salutación cuando desde antes de nacer ya navegaban por los mares procelosos de la perfidia pronta a cometer su felonía. Son los nuevos combates que le prefiguró la Historia, para los cuales la nueva fuerza cuenta con un arma coraza venida de la eternidad: la voz de uno de los suyos y muy grande, Carlos Pizarro, así hubiera dejado sus destacamentos tras nuevos caminos insurreccionales: “Creemos en la única incógnita no manipulable: el pueblo. Y con él edificaremos una opción de paz seductora, una esperanza habitable.”

 

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