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Odio contra Venezuela

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Gustavo Espinoza M. (*)

 

 

 

 

En los últimos días, en los pasillos del Congreso de la República, lucieron activos los enemigos de Venezuela. Capitaneados, esta vez, por el congresista aprista Jorge del Castillo resolvieron tener ellos la iniciativa de conducir la política exterior del Perú, que corresponde –según las normas vigentes- al Presidente de la República.

No es que “no les guste” lo que piense PPK respecto a Venezuela. Puede gustarles. El tema, no es ese. Lo que ocurre, es que no les importa. En la línea de Keiko, el cogollo alanista de APRA -cuya disciplina sigue genuflexo Del Castillo- quien tiene que decidir todo y resolver todo, es el Parlamento Nacional porque ahí están los 78 votos (73 + 5) que les permitirán actuar como les dé la gana.

Del Castillo no es un muchacho. Si está a la caza de titulares en los diarios –como su cómplice y amigo Mauricio Mulder-, lo disimula muy bien haciendo gala de un supuesto aprismo, ideario que abandonó para solazarse a la sombra del ex Presidente García.

A la sombra de García, fue que logró ascender en su carrera política. Haciendo fraude fue que pudo, a comienzo de los años 80, alcanzar la alcaldía de Barranco, con 12 votos inventados para despojar de esa función al candidato de Izquierda Unida, Benza Pflucker. Con fraude -y también con la mano de García- logro vencer a Alfonso Barrantes, en 1986, arrebatándole la Alcaldía de Lima mediante una clara maniobra electoral que suscitó verdadera indignación ciudadana.

Eran esos los años en los que la gente se reía de “Jorgito”, y le atribuía toda clase de pachotadas. Se decía, por ejemplo, que desde su despacho no podía enviar circulares a los medios de comunicación anunciando su victoria, porque Barrantes no le había dejado sobres redondos. Pero él se complacía con las “gracias” que le adjudicaban, pensando que ellas, finalmente, lo harían más popular.

La popularidad, en realidad, no se la ganó él mismo, con esforzado trabajo. Fue construyéndola lentamente gracias a la disciplina de su partido, que lo ungió “dirigente” por su cercanía con “el pequeño Jefe”, como le llamaban a García para diferenciarlo de Haya de la Torre, el “Gran Jefe”. Y por eso sus cargos más importantes no fueron alcanzados por elección. Fue designado para el cumplimiento se funciones, hasta que llegó a ser Ministro, primero, y Primer Ministro después. Ahora, por fin, es Parlamentario.

Más tarde, como se recuerda, vino el escándalo. El 8 de octubre del 2008, cuando estaba en el pináculo de su gloria, debió abandonar precipitadamente sus “altas funciones” porque le detectaron un audio comprometedor: una negociación telefónica con la empresa noruega Discóvery Petroleum para la concesión de 5 lotes en la Amazonía

Eran los años en los que García filosofaba en torno al Perro de Hortelano, afirmando la necesidad de “lotizar” la selva para venderla a las empresas foráneas que estuvieran prestas a comprarla. Eran los años de Alberto Quimper, y de León Alegría; del “gran faenón”, y de las reuniones secretas en el Country Hotel, donde los funcionarios de la empresa solían “negociar” con los altos funcionarios del gobierno aprista.

Se llaman “coimas”, las que recibían algunos funcionarios diligentes ante los requerimientos de las empresas extractivas. Hoy, a eso, le llaman “auxilios financieros”, a fin que no configuren delitos. Pero ya entonces flotaba la idea porque finalmente tanto el propio De Castillo como todos los otros involucrados en esas acciones -incluyendo AGP- quedaron, como suele decirse, “limpios de polvo y paja”, gozando de una Impunidad que no han perdido.

Para alimentarla y fortalecerla es que Del Castillo, ahora, hace méritos. Asoma como el “portavoz” de los enemigos de Venezuela y busca hacer aprobar una Moción Legislativa que constituye una grosera injerencia en los asuntos internos de la Patria de Simón Bolívar.

Lo hace -claro está- porque sabe que contará con el “apoyo” de la bancada mayoritaria -la Keikista-; pero, sobre todo, porque quiere dejar en claro que quien dirige las cosas en este país, es la lideresa fujimorista, en cuyo favor habló sin sonrojarse, antes del 5 de junio pasado.

No es de su competencia el tema. Debiera preocuparse por otros asuntos que tiene que ver más bien con la suerte de los peruanos: la seguridad ciudadana, el contrabando, el narcotráfico, los indultos concedidos por el alanismo, las truhanerías de los jueces que protegen a las Mafias, el paradero de los delincuentes mayores prófugos de la justicia aquí y en el Japón. Y si quisiera acordarse del escenario exterior, podría defender a Dilma, cuyo caso ha sido calificado como un virtual “Golpe de Estado” por los más altos organismos éticos y jurídicos de su país. Pero no. Su tema, es Venezuela.

Y en eso, se da la mano, sin duda, con dos siniestros personajes del escenario continental: la embajadora yanqui Liliana Ayalde y el canciller paraguayo Eladio Loyzaga.

La primera, como se recuerda, fue la representante diplomática del gobierno norteamericano en Asunción, cuando se planeó y ejecutó el Golpe contra Fernando Lugo, el Presidente Constitucional de ese país; y luego embajadora USA en Brasil, cuando el Golpe contra Dilma. Y el segundo, fue -y sigue siendo- un connotado discípulo de Stroessner, el dictador neo nazi que mantuvo engrilletado a su país entre 1954 y 1989 con la venia de Washington. Ambos, hoy, enfilan su puntería, contra la Venezuela Bolivariana.

Lo que buscan, desesperadamente es, en efecto, un Golpe de Estado en la Patria Llanera- Y lo busca desde abril del 2002, cuando les falló la asonada de abril y el pueblo de Caracas les hizo morder el polvo de la derrota.

Desde entonces, en la tierra venezolana ha sido siempre lo mismo. En los primeros meses del 2003, azuzaron el Golpe Petrolero, a través de PDVSA; y luego, en años sucesivos, se valieron del accionar terrorista, de las “guarimbas”; los Paros sediciosos, y la violencia callejera que no han abandonado nunca, sumando todo eso a la agresión exterior, al boicot financiero, y a las maniobras golpistas orientadas a quebrar la unidad imbatible del pueblo venezolano.

En ese marco, la constante ha sido el llamamiento a la Fuerza Armada Venezolana, para que le dé la espalda al pueblo y se sume a sus objetivos antinacionales. Un Golpe Militar que “acabe con el chavismo”, es parte del enfermizo sueño de “la contra” en ese país, y de los anhelos de Del Castillo y los enemigos de Venezuela que hoy toman la iniciativa con empeño.

En ese país funcionan a plenitud las formas democráticas: hay elecciones, partidos políticos, prensa libre, medios de comunicación privados, empresarios y organismos de los representan, sindicatos, y entidades de diverso orden. Y hay democracia real -vale decir, de esencia- porque el Poder real lo ejerce el pueblo, y no las camarillas electorales del pasado.

Hay, adicionalmente, una ofensiva brutal de la oligarquía financiera y el Imperio, que destruir el proceso liberador venezolano y recuperar viejos privilegios. Para hacer frente a esa campaña sediciosa, hay que reforzar la solidaridad con Venezuela Bolivariana. Hacer lo que en los años sesenta -y después- se hizo siempre con Cuba: apoyar su causa con acciones, más que con palabras.

Contra ellas, los mercenarios de uno u otro pelaje, no podrán hacer nada. Hoy andan en una ruta sin destino. Y creen que, porque van rápido, habrán de llegar a la meta. Olvidan lo que hace muchísimos años dijo Séneca “el que llega primero a la meta, no es el que va mas rápido, sino el que sabe a dónde va”.

 


(*) Colectivo de Dirección de Nuestra Bandera / http://nuestrabandera.lamula.pe

La opinión del autor no coincide necesariamente con la de Jornal

 
 

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