www.jornaldearequipa.com www.jornaldearequipa.com www.jornaldearequipa.com www.jornaldearequipa.com www.jornaldearequipa.com

 

 

 
Las masas en acción

©

Gustavo Espinoza  M. (*)

 

 

 

 

Los cautelosos, hablan de 150 mil personas. Los optimistas, de medio millón. Pero lo que nadie niega   es que las masas hicieron su ingreso, por la puerta grande, en el escenario peruano.

 

Cuando los colectivos femeninos tomaron  en sus manos la iniciativa de Natalia Iguíñez, y la convirtieron en convocatoria abierta para repudiar la  ola de violencia que se ha desatado en el Perú contra la mujer, probablemente no esperaban un apoyo tan  contundente de la sociedad peruana. 

 

Y éste, se produjo el sábado 13 de agosto como un verdadero vendaval humano, que colmó las más amplias avenidas de la ciudad capital.

 

Pero el evento, no tuvo lugar sólo en Lima. Por lo menos en Arequipa, Huancayo y otras ciudades del interior, se replicó con singular notoriedad: el tema había remecido al país desde sus entrañas.

 

En verdad, la movilización pasada fue la más grande que se haya producido nunca antes en  el Perú. Pero ella fue posible, entre otras cosas, porque fue antecedida por dos grandes acciones que se produjeron también este año: la del 5 de abril, contra la corrupción y la impunidad, y la del 29 de mayo -el NO a KEIKO- que remeció las bases  misma de la sociedad, y fue la antesala de la derrota electoral de la Mafia pocos días más tarde. Ellas, hicieron aullar a la Mafia y aún la tienen enferma.

 

Antes de eso -y sólo para referirnos a las acciones ocurridas en el  nuevo siglo-  estuvo, por cierto, la Marcha de los 4 Suyos, orquestada también  para ponerle “un paralé” a la Mafia Fujimorista que buscaba entornillarse en el Poder. Y luego, las  tumultuosas y aguerridas jornadas en solidaridad con Arequipa, el 2003; y con Bagua, en el gobierno de García, el 2012.

 

En  siglo anterior podríamos evocar, con todo derecho, a las marchas patrióticas, celebradas como identificación con el proceso antiimperialista de Velasco Alvarado; y también –por qué no- a las nutridas movilizaciones convocadas por la CGTP en los años 70 en apoyo al Vietnam Heroico y en condena al golpe fascista en Chile.

 

Y en otro contexto, a las marchas ocurridas con motivo del Paro nacional del 19 de julio del 77.

 

En suma, la movilización de las masas y la presencia de las multitudes en las plazas y avenidas de nuestra capital, estuvo siempre enmarcada en la lucha por las causas más nobles, aquellas que recogieron el clamor  de los peruanos en un  sentido democrático, progresista y liberador.

 

En lo fundamental, las masas nunca fueron convocadas por la derecha más reaccionaria, ni alentadas por ella. Un claro nivel de desconfianza, y un menosprecio definido a la opinión del “populacho”, hizo que las fuerzas más conservadoras, se abstuvieran de recurrir a las multitudes. A ellos se sumó, sin duda, la vergüenza de llamar a la gente para que se exprese en defensa de privilegios mal obtenidos, y peor administrados.       

 

Aquí se registra una clara diferencia entre el fascismo clásico y las concepciones neo nazis impuestas por el Fujimorismo en décadas pasadas y que se alguna manera se proyecta aun en nuestro tiempo.

 

Como se recuerda, tanto en la Italia fascista como en la Alemania hitleriana, el régimen utilizó a las masas -el lumpen proletariado- como herramienta de choque contra los trabajadores y los pueblos. Les interesaba que las masas no pensaran, pero que sí actuaran en el empeño de perpetuar el sistema de dominación impuesto por el Gran Capital.

 

Por eso, fue que Jorge Dimitrov -en 1935- definió al fascismo  como “la dictadura terrorista de los monopolios”  impuesta con  apoyo de masas.

 

En nuestra patria, fueron esos los métodos que buscó “plagiar” el fascismo de la época, representado por la “Unión Revolucionaria” de Luis A. Flores. Pero ése, fue un fenómeno episódico.

 

Ni el Apra -que convocó masas- se atrevió a usarlas en el mismo sentido. Las relegó a la condición de una simple -aunque bullanguera-“comisión de aplausos” que  batió palmas por Haya, o por García, Pero nada más.

 

Y es que las fuerzas que representan los intereses de la ultra derecha, no confían en las masas. Les temen. Y aquí, como en  otras latitudes, buscan más bien paralizarlas, intimidarlas, mantenerlas quietas, asegurando que no piensen, ni actúen. Podrían, de pronto, enturbiar su juego, y desviar el rumbo del proceso que ellos promueven.

 

Así fue -por poner un ejemplo- la dictadura de Videla en Argentina; o la administración de los militares brasileños luego del 64; o Pinochet, en Chile, Alvarez en Uruguay o Stroessner en el Paraguay martirizado. Y también Fujimori en el Perú -Alberto y Keiko, para más datos-

 

A todos les interesó un pueblo quieto, inmovilizado; incapaz de enarbolar  banderas y agitarlas. Eso -para ellos- fue siempre sinónimo de “subversión”. Prefirieron la paz de cementerios, los países convertidos en páramos dolientes. El pueblo amordazado, aunque aplaudiendo.

 

Por eso, el que ahora se movilicen las masas en el Perú, tiene un  contenido especial. Porque no lo han hecho tras banderas de la reacción, ni convocadas por los segmentos más conservadores. Han actuado tras ideales de corte nacional, que reflejan una inquietud progresista y democrática.

 

Han respondido al llamado de los sectores más avanzados de la sociedad,  y a causas genuinas y legítimas que encarnan lo más altos valores de la vida nacional, y de la cultura milenaria de nuestro país.

Y el hecho que así lo hagan, implica una clara advertencia: habrán de movilizarse con la misma fuerza para neutralizar y derrotar los futuros intentos de la reacción.

 

Y es  bueno que eso se tenga presente en una circunstancia en la que la Mafia busca “poner candados”  para sellar “la cuota de Poder” que obtuvo con malas artes en el proceso electoral pasado.  Por lo pronto, se han tomado la libertad de “copar” a su  regalado gusto, todos los resquicios existentes en el Congreso d de la República.

 

Han tomado para si, toda “la carne”, y dejado apenas los “huesos” para los partidos de la eventual “minoría” que, en verdad, es mayoría en el consenso nacional.

 

El papel de la izquierda -de “las vanguardias” del movimiento popular asoma ahora más claro y  simple que nunca: consiste en  cumplir  -apenas- dos tareas: dotar a las masas de una clara conciencia política a fin que tengan una idea más precisa de sus intereses; y organizarlas, para que no semejan un aluvión descomunal, sino un columna de hierro al servicio de sus mejores causas.

 

(*) Colectivo de Dirección de Nuestra Bandera / http://nuestrabandera.lamula.pe

La opinión del autor no coincide necesariamente con la de Jornal

 
 

www.jornaldearequipa.com