La guerra del fin del mundo

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Gustavo Espinoza M. (*)

 

 

 

Para los peruanos, la Guerra del Fin del Mundo era apenas una sugerente novela. Se trataba, en efecto, del relato escrito en el siglo pasado por nuestro hoy Premio Nobel de la Literatura, Mario Vargas Llosa, y en el que se describe la Guerra de Canudos, ocurrida en 1897, y que diera lugar a la participación de miles de soldados en las selvas brasileñas.

Los hechos, como se recuerda, tuvieron lugar en una región inhóspita secularmente dominada por los terratenientes -Señores de Horca y Cuchillo, como se les conocía en nuestra serranía- y motivaron a una narración literaria apocalíptica, señal del posible fin del mundo.

El trágico viernes 13 -París, Siglo XXI- y los bombardeos franceses a la ciudad de Raqqa, supuesta capital del denominado “Estado Islámico”, en territorio Sirio; nos han colocado, ahora, ante otro virtual fin del mundo, es decir, a los inicios de la III Guerra Mundial, como ya lo anotara el Papa Francisco.

No todos están de acuerdo en definir cuándo fue, exactamente, que se inició la II Gran Guerra, que colocó a la humanidad al borde del colapso. Para unos, la fecha más significativa fue la ocupación de Austria, en 1934. Para otros, la entrega de Checoslovaquia ante la capitulación británica, en 1938. Para los más, la agresión a Polonia, el 1 de septiembre de 1939, acompañada por el sorprendente “adelanto de fronteras” dispuesto por la URSS recuperando para el país soviético cuatrocientos kilómetros situados al este de Polonia.

Tampoco podría preciarse con exactitud una fecha que marque el inicio de una tercera conflagración mundial, pero los acontecimientos ocurridos en Asia Central -Irak y Siria- podría señalar una pista certera; solo que habría que añadir al tema la ocupación norteamericana a Afganistán -ocurrida antes- y la intervención de las fuerzas de a OTAN en Libia, el mismo modo que la constante provocación israelí contra los pueblos árabes y en particular la población Palestina.

La formación de verdaderos ejércitos ilegales, la implementación de campamentos de preparación armada para “combatientes de la libertad”, el vínculo con estructuras extremistas y terroristas de distintos confines, la entrega de armamento sofisticado y el uso de millonarias partidas de dólares destinadas a financiar grupos alzados en armas para enfrentar a gobiernos progresistas; ha sido una constante en la política norteamericana de los últimos años. Y esa, forma parte del escenario que hoy conmueve al mundo.

El mismo “Estado Islámico” -que hoy se condena- no fue sino una creación de los Servicios Secretos de los Estados Unidos para alentar –desde territorio Irakí- la agresión militar contra Siria para derribar al gobierno legalmente constituido en ese país. Petróleo y Gas, estuvieron en la base de esa política. Convertir la tenebrosa estructura terrorista Daesh -núcleo más radical desgajado de Al Qaeda- en un “Estado”, no fue sólo una estupidez, sino también un crimen.

Debe considerarse, adicionalmente, la escalada de agresiones desplegada por el gobierno de los Estados Unidos contra Cuba a lo largo de muchos años; y, más recientemente, la ofensiva contra Venezuela, en el empeño por derribar, primero, a Hugo Chávez y hoy a Nicolás Maduro, a fin de dar al traste con el proceso emancipador latinoamericano.

El común de los peruanos no percibe la importancia de estos fenómenos ni valora adecuadamente la incidencia del factor internacional en el desarrollo de nuestra política. Cree, con frecuencia, que los hechos que suceden en el Perú, están desligados del escenario mundial y que responden, apenas, a la voluntad de personas que se mueven aquí en función de intereses locales.

Acontecimientos como los recientes, podrían sacar de la nube a muchos, y darles conciencia que los acontecimientos foráneos pueden generar no sólo cambios radicales en la política peruana; sino también en la vida misma de los habitantes de nuestro país y, más aún, en los del planeta.

Porque es claro que una guerra puede tener efectos letales -aunque locales- cuando se despliegan en ella armamentos convencionales. Pero cuando alguna de las partes en conflicto se vale de energía nuclear y usa bombas de exterminio masivo, el caso involucra a todos. Y ese, es el peligro mayor que hoy enfrenta a especie humana.

Porque ahora, la guerra del fin del mundo no será entre soldados y poblaciones originarias del nordeste brasileño, ni tendrá como escenario las selvas de nuestro continente; sino entre grandes potencias que se valdrán de armas nucleares. Ese, será el fin de la especie humana.

Probablemente no será posible, después, saber de quién fue la culpa, ni determinar con precisión cuándo, ni cómo se desarrollaron los acontecimientos que dieran lugar a la desaparición de la especie humana sobre el globo terrestre. Más adelante, no habrá novelistas que nos cuenten cómo ocurrieron los hechos.

Precisamente por eso resulta indispensable pensar seriamente en lo que podría acontecer si no se detiene ya la escalada de guerra que convulsiona al planeta. De esto, no parecen ser conscientes los mandatarios de los países involucrados en los sucesos más recientes.

Para ellos, la escalada de guerra dará un paso adelante, aunque de pronto ese paso no sea medido en términos cuantitativos, sino más bien cualitativos, y marque un cambio de esencia pasando de ser un conflicto convencional, a una confrontación nuclear.

Cuando el gobierno de Francia, en clara venganza por los execrables sucesos del viernes 13, dispone el bombardeo indiscriminado de una ciudad, no considera que en ella viven niños o ancianos, o población civil que no tiene ninguna voluntad de guerra y que no participó en absoluto en lo ocurrido en la capital francesa.

Se trata de una acción brutal de castigo, que refleja más bien la soberbia de los poderosos, antes que la voluntad de los pueblos por construir la paz del mundo. Una manera de dejar constancia que “con nosotros, nadie se mete, porque somos grandes”.

Cuba se ha diferenciado, una vez más, del clamor que se alza en buena parte del planeta. Ha condenado claramente las acciones ocurridas en Francia, pero no ha aplaudido tampoco la represalia gala contra las poblaciones en el medio oriente. En la materia -y en defensa de la paz- la palabra de Fidel ha sido una constante de orientación para los pueblos. La solidaridad con los pueblos, fue siempre su bandera.

Por lo demás hay que considerar factores de orden legal: la ciudad bombardeada por la aviación europea está situada en territorio Sirio, y las acciones militares se han producido allí sin conocimiento ni coordinación alguna con el gobierno de ese país.

La CELAC, UNASUR, y los gobiernos que se precien de tener una posición sensata en la hora actual, deben pronunciarse de inmediato: una estrategia de paz, se impone, en lugar de una escalada de violencia.

La defensa de la Soberanía de los Estados y la No Injerencia en los Asuntos Internos de los Países, forma parte de una Doctrina Internacional que enriquece la vida de los pueblos. La protección y el amparo a las poblaciones en peligro, es deber de la humanidad en nuestro tiempo.

Las voces de los pueblos deben sonar con fuerza hoy, que mañana será tarde. La Guerra del fin del mundo, se ha iniciado. (fin)

(*) Del Colectivo de Dirección de Nuestra Bandera / http://nuestrabandera.lamula.pe

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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