Los candidatos de la nomenclatura

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 Elías Rojas Paredes

 

 

 

 

Comprender lo político en la izquierda, cada día requiere de un mayor instrumental teórico. Dos categorías aparecen con un enorme potencial explicativo: el transformismo y la nomenclatura. El primero tiene que ver con la derrota política e ideológica, de cómo se han ido acomodando al sistema, convertirse funcionales al capitalismo hasta llegar a ser operadores en la implementación de las reformas neoliberales. Traduciendo su transformismo en la política que implementan en responsabilidades sindicales, gremiales y en la conducción política. Se construyen la leyenda de ser revolucionarios probados en el fuego de la lucha de clases, fomentando el culto a la personalidad como la forma de presentar su caciquismo. Esa condición de revolucionarios probados es la justificación del viraje hacia el abandono de los principios de izquierda para abrazar el camino de la subordinación al sistema y su clase dominante.


El segundo tiene que ver con esos procesos internos de construcción de poder, de la organización de grupos que actúan como partido dentro del partido, que tienen una red clientelar en base al control y usufructo de los bienes partidarios, influencia social y política y en la distribución de recursos de trabajo. Estos son fundamentalmente los denominados funcionarios, supuestamente los cuadros profesionalizados, que encontraron en el momento de la derrota la oportunidad de controlar todos los engranajes del poder de los partidos. Son los nuevos ricos de la izquierda. Estos controlan los aparatos partidarios e imponen las “políticas de izquierda”, políticas que expresan sus afanes lucrativos. Son grupos pequeños que aprovechan el centralismo democrático y la disciplina partidaria, para llevar adelante su relación con el poder de la derecha.


Si aplicamos estas categorías a los albaceas de la izquierda revolucionaria del sesenta y setenta, encontraremos que estos dos procesos concurren, en diferentes espacios y con sus propias características. Unos en el plano partidario y sus expresiones sindicales, otros en el plano de las ONGs y su articulación con los espacios gubernamentales. Donde ambos tienen directa articulación al poder dominante, a través de la reproducción de la ideología y el sentido común, la aceptación de las reformas neoliberales y la ampliación de sus intereses, cada vez más pecuniarios.


Esta es la izquierda que al borde la histeria grita desaforada ¡unidad! Recurren a los mismos clichés, casi a las mismas consignas. Sus análisis van desde anunciar la curación de todos los males con la unidad, hasta la amenaza de que la historia juzgara a los que motejan de sectarios. Podemos derrotar a la derecha, gritan. Nuevamente aparece el fantasma de que las masas se radicalizan, un poco más comienzan a decir que se está presentado un viraje del pueblo hacia la izquierda. Cosa curiosa, solo repiten ello en momentos electorales. Convierten a IU en un pasado idílico, casi un paraíso, donde todo era armonía. Ya han olvidado que llamaron mediocre a Barrantes. Y, en un acto de hipocresía lo convierten en el icono de sus necesidades. También olvidan que los efectos mágicos de la unidad no son ciertos, sino vean las elecciones de 1995, donde el candidato fue “cucho” Haya, cuanto saco la unidad: 0.6%, si tal como lo leen, la extraordinaria votación de 0.6%.


Pero uno se pregunta, porque tanta cháchara, tanta desesperación, tanto grito, tanta pose. Si analizamos el comportamiento real de esta nomenclatura encontraremos que los procesos de articulación con el poder dominante, es haber desarmado política e ideológicamente a miles de trabajadores del campo y la ciudad, con ello han facilitado la derrota del movimiento sindical y popular, sino vean como languidece el SUTEP, la CGTP, y otros espacios sindicales y gremiales. Han fomentado la división con tal de mantener las cuotas de poder y el usufructo económico de las organizaciones sociales que influyen. Se han convertido en implementadores del modelo sea haciendo estudios sociales que justifican la reforma, cogobernando en gobiernos regionales para ser los operadores del sistema y negociando hasta el infinito con el gobierno. Esta es su forma de vida, aquí está la fuente de su bienestar y de sus negocios. Esta es la forma de cómo mejoran permanentemente su “calidad de vida”, entregando al movimiento social a las fauces del neoliberalismo.


Pero aquí también se descubre la raíz de su desesperación y de su histeria. Si pierden esa capacidad de control, de seguir siendo una variable útil dentro del proceso de revolución (pasiva, Gramsci) neoliberal, dejaran de tener poder para hacer negocios, no tendrán que movimiento social vender, y con ello toda la fuente de su riqueza material se viene abajo. Para mantener esa forma de articulación con el poder y garantizar sus intereses requieren de la unidad. Unidad no para vencer sino para seguir manteniendo este estado cosas y de paso eliminar a los competidores, que si aparecen como peligro para sus patrones. Por ello celebran la prisión de principal líder que ha producido la izquierda en los últimos años, implementan campañas de radicalización para aparecer revolucionarios colocando a los otros como enemigos o agentes del imperialismo. Y por supuesto acabar con los potenciales candidatos actuando como peón dentro de la estrategia de la clase dominante.


Si lo vemos desde esta perspectiva con seguridad comprenderemos el perfil de sus candidatos. Para la presidencia y vicepresidencias de la republica y el congreso tienen ser candidatos de la derecha en la izquierda. Por tanto tienen que tener un pasado al servicio del sistema, ser ministro o vice, funcionario de confianza, integrante de directorios de BCR, SBS, Reguladoras, etc., presidente regional, miembro del consejo nacional de la magistratura, del consejo del poder judicial, etc. Haber trabajado con algún presidente de derecha, ser candidato en partidos o alianzas cavernarias y conservadoras. Haberse declarado de izquierda moderna a favor del mercado y de los inversionistas, liberales, casi liberales, o ser oportunista redomado. Dar seguridad a los inversionistas, garantizar las ganancias, cumplir con sus deseos y finalmente ser buenos profesionales que firman todos los pedidos de sus patrones. Y por supuesto ser muy serviciales, si están en el poder, con la nomenclatura. De esta forma se puede hacer clientelaje, nombrar a parientes y allegados como fiscales o jueces, en suma mostrar poder, usufructuar el poder.


Para el caso de los congresistas estas deben tener fidelidad con la nomenclatura, con los caciques, además de ser parientes consanguíneos o por afinidad. También entran en el perfil que sean compadres y ahijados; y, ser sobones y chupamedias.


Finalmente tienen que deslindar con los radicalismos. Sobre todo con los que son identificados por los patrones como antimineros. Los terroristas antimineros. Esos son el enemigo.


Transformismo y nomenclatura son caras de una misma moneda. Su desesperación es tan grande que no dudan en acuchillar a mejor candidato que surge del pueblo, pero que por desgracia se encuentra en estas filas. No dudan en emplazarse para engañar: son dirigentes nacionales y van a provincias y firman comunicados emplazándose. No dudan en mentir y estafar construyendo leyendas con las que radicalizan a sus militancias. El transformismo de la nomenclatura los hace la izquierda de la derecha, ya ni siquiera son la izquierda que la derecha necesita. Ellos están en la derecha. Quedar como palo de gallinero en las elecciones del 2016, marginales, sin capacidad de presión los coloca al borde del olvido, quedaran como zombis que de rato en rato deambularan recordando su pasado glorioso que no podrá ocultar el olor putrefacto de estar al servicio del capitalismo. Ni siquiera sus llamados de última hora de renovación los salvara.
 

 

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