Norka Rouskaya, y la censura política

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Gustavo Espinoza M. (*)

 

 

 

 

De una u otra manera, la censura política ha existido siempre en todas las sociedades humanas. En nuestro país ha sido una constante. Y el caso de Norka Rouskaya, la exótica bailarina suiza que danzara en el cementerio limeño hace cien años, lo acredita de modo fehaciente.

Siempre resulta útil volver a recorrer los caminos de la historia. No sólo porque eso nos permite mirar otra vez los acontecimientos ocurridos, sino también porque los hechos recordados, nos ayudan a entender facetas del pasado. Algunas de ellas, hoy están en el olvido, pero otras pueden ser vistas como actuales.

Y es que, en efecto, hoy renacen muchos de los elementos que hicieron noticia en el ayer cuando la Lima casi decimonónica –como le gustaba llamar a nuestra ciudad el Amauta- vivía sometida a costumbres ancestrales, cuando no a prejuicios y antiguallas pecatas que hacían del deleite de amplios corredores y divertidos salones.

Lo que nos dice la llamada “prensa chicha”, en nuestro tiempo, o la Televisión basura que nos acosa de manera cotidiana cuando levanta monsergas como aquello de la inventada “ideología de género” para descalificar opciones humanas o discriminar aviesamente a las personas; se parece muchísimo a lo que nos contaban las autoridades eclesiásticas en los primeras décadas del siglo pasado cuando los jóvenes contestatarios, y casi ácratas, daban rienda suelta a su imaginación desbocada. o buscaban, simplemente, nuevas modalidades de diversión para alcanzar experiencias distintas o solamente pasar el tiempo en solaz.

Fue, éste, ciertamente un hecho inusitado. Por eso, el evento que nos convoca, lleva precisamente el nombre de “José Carlos Mariátegui y Norka Rouskaya. Centenario de un escándalo”

EL ESCENARIO Y LA ÉPOCA l

Es en ese marco que debemos analizar entonces lo ocurrido en el Presbítero Maestro hace casi cien años, cuando José Carlos Mariátegui y sus amigos hicieron danzar a Norka Rouskaya la Marcha Fúnebre del célebre músico polaco Federico Chopin

Veremos primero el contexto en el que tal hecho ocurrió. Abordé el tema en un artículo entregado para el boletín de la Casa Mariátegui en recordatorio del hecho. Decía lo siguiente:

Nos recuerda Jorge Basadre que el 11 de agosto de 1915 fue investido por segunda vez como Presidente de la República José Pardo y Barreda elegido mandatario en reñidos comicios en los que su candidatura se vio respaldada por liberales, constitucionalistas y civilistas.

Su mandato, sin embargo, se vio particularmente complicado como consecuencia de un escenario exterior que en el Perú, no estuvo previsto: la primera guerra mundial; pero además, por diversos tumultos internos.

La Primera “Gran Guerra”, como también se le llamó, dejó una dolorosa estela de muerte y destrucción, y esa secuela se irradió todos los países en los que creció la violencia de manera inusitada.

Esa guerra –vale la pena recordarlo hoy- no fue un “desastre natural”, n i un “capricho del destino”. Fue el resultado de la crisis de dominación vigente.

El Imperialismo –caracterizado por Lenin, en 1916 como la última fase del capitalismo- buscó afrontar la crisis de dos maneras: abriendo las compuertas a la economía de guerra a través de la fabricación y el uso masivo de armas; y alentando un nuevo reparto de los mercados coloniales a los que juzgaba obsoletos dado que grandes potencias -como Alemania – poseías pocos territorios en ultramar; en tanto que países pequeños –como Bélgica o Portugal- habían logrado atenazar inmensas colonias.

Cuando en agosto de 1914 sonaron los primeros disparos en las trincheras de Europa, millones de jóvenes que asomaban a la vida, se aprestaban a morir. Esa realidad, produjo una sensación extraña en las nuevas generaciones puestas en boca de la muerte, cuando apenas habían llegado a la vida. En ese contexto, cundió el cinismo. Y muchos se apegaron a él para burlarse de la lacerante amenaza que se cernía sobre sus cabezas.

El Perú, país casi colonial con un desarrollo capitalista inicial y rudimentario, afrontó diversas convulsiones sociales y también económicas. Las primeras, cerrarían una etapa en enero del 19 con el reconocimiento legal de a la Jornada de 8 horas; pero las segundas, agravarían la crisis al extremo de provocar la caída del régimen de Pardo, el último gobierno propiamente “civilista”

En ese periodo, los sangrientos sucesos de Cutervo y Chumbivilcas la muerte de Rafael Grau –el hijo de héroe de Angamos- en lo que pasó a llamarse “El crimen de Palcaró- y los disturbios en el Cusco; proyectaron la imagen de un país acosado por rivalidades y odios incluso ancestrales.

En la segunda parte de la gestión de Pardo, y cuando las cosas parecían no mejorar sino más bien más bien agravarse, la Revolución Socialista de Octubre, y el advenimiento del Gobierno Bolchevique en Rusia; puso aun más tenso el escenario, y generó un conjunto de contradicciones que no hallaron solución democrática. Por eso, el mandatario fue derribado, y se abrió paso a una nueva dictadura: el Oncenio de Leguía, y el inicio de lo que se dio llamar “La Patria Nueva”, un proceso de modernización capitalista uncido al eje yanqui.

Nuestro país, no lograba recuperarse de la secuela de la guerra del Pacífico en ninguno de los sentidos. El territorio nacional seguía mutilado, y así quedaría por lo menos hasta 1929. La economía estaba trancada por la ausencia de capitales, y por la voracidad de una clase que, al decir, del propio Basadre, siempre fue dominante, y nunca dirigente.

Fue este el periodo de la historia, en el que José Carlos Mariátegui abrió los ojos al horizonte nacional. Lo vio antes, sin duda; pero no había logrado dejar huella de esa percepción. Estaba abstraído más bien por un cierto diletantismo, y sus notas –suscritas por Juan Croniquer- abordaban asuntos menores. Apenas, si el debate parlamentario, que recogía eventualmente, lo separaba de aficiones más superficiales, como la hípica. De todos modos, sus pocos poemas místicos, y sus primorosas cartas a Ruth; revelaban ya la fina sensibilidad de un artista que miraría la política con rostro nuevo.

Sus poemas, su retiro conventual y la infinita ternura de sus cartas a su amiga de correspondencia con la que solo se habría de ver fugazmente; daban cuenta de un alma sutil, fina, y presta siempre al juego romántico y anecdótico.

LOS ACONTECIMIENTOS DE ENTONCES

Fue en este contexto -noviembre de 1917- que ocurrió el evento que nos ocupa: la danza de Norka Rouskaya en el Presbítero Maestro, organizada por José Carlos y su amigo César Falcón en complicidad con algunos pocos jóvenes de la época.

Los detalles se han difundido ampliamente, y existe incluso, un libro específicamente dedicado a ese recuerdo, escrito por el destacado mariateguista norteamericano William W. Stein,

De todos modos, cabe reseñar brevemente algunos puntos para tener una visión más de conjunto de lo ocurrido en el Cementerio General de Lima en las primeras horas de la madrugada del 5 de noviembre de 1917.

El diario “La Prensa” de la época, mostrando el fuste de lo que sería mucho más tarde la prensa que hoy conocemos, dio cuenta, poco antes, de la inminente llegada a Lima de una destacada bailarina rusa: “Durante esta semana debe llegar, después de sus brillantes éxitos en Buenos Aires, Santiago de Chile e Iquique… la bella danzarina y violinista rusa Norka Rouskaya. La joven y hermosa moscovita, viene precedida de una gran reputación artística…”

Norka Rouskaya –su nombre verdadero fue Delia Francesco-, no era rusa, ni menos Moscovita. Fue una artista suiza, nacida en el Cantón italiano del Ticino. Le atribuyeron una nacionalidad que no le correspondía, por el nombre; pero además, porque Rusia comenzaba a “ponerse de moda” en los Teletipos. En febrero se había producido la caída del Zarismo y nuevos aires soplaban ya en estas tierras mágicas y aladinescas, como las llamara el Amauta..

Había ocurrido la Revolución burguesa y se había desmoronado la autocracia. El régimen de Lvov en primera instancia y el de Kerensky inmediatamente después, precariamente constituido, se balanceaba acosado por los bolcheviques que buscaban una Revolución Proletaria.. Así, Rusia comenzaba a despertar interés, pero también temor en las altas esferas el Poder en Occidente. Hablar de una bailarina rusa, era despertar no sólo encendidos celos, sino también alborotadas pasiones.

Ella, llegó al Perú el 18 de octubre del año 17, y luego de dos presentaciones en los Teatros de Lima –el Colón y el Municipal- abordada por José Carlos y César, reporteros ambos que embelesados por su juventud, su arte y su belleza, publicaron notas halagüeñas en la prensa de la época; aceptó visitar en horas de la noche el panteón limeño, considerado algo así como un “retiro santo” por la aristocracia tradicional.

“Me invitaron a pasear al cementerio de noche. Apenas me lo propusieron, yo acepté, porque deseaba visitar alguno desde hacía mucho tiempo. Yo soy artista. Yo deseo sentir constantemente emociones. Me placen aún las más profundas, las más dolorosas, porque las comprendo y las interpreto”, diría la muchacha de 17 años cuando fue inquirida por sus motivaciones, que algunos sugerían “lujuriosas”

Como se sabe, esa no fue una visita turística, ni un paseo romántico. No estaba en el ánimo de ella, ni de los invitantes, celebrar un encuentro erótico, y ni siquiera una cita sentimental. Se trataba, simplemente de una ocasión de bohemia para deleitar el espíritu, al compás de los hermosos sones de una danza selecta, una composición de alcance universal; bailada en traje apropia, y auxiliada por el violinista Luis Cáceres, de la Orquesta del Teatro Colón.

LA PRENSA DE LA EPOCA

Más allá de las intenciones de los jóvenes bohemios, la prensa de aquellos días hizo un escándalo terrible. En el diario “El Comercio” del mismo 5 de noviembre, en la edición de la tarde, se insertó un ácido comentario en la columna de Clovis, uno de los periodistas más reputados: “la enfermedad física y moral de que padece el grupo de analfabetos que entre nosotros se ha arrogado el monopolio del talento y de la genialidad, ha dado en la madrugada de hoy sus frutos llevando hasta la necrópolis a una joven artista, sedienta de renombre para que profanara las tumbas de nuestros padres con sus músicas macabras y sus lúbricas contorsiones”.

Al día siguiente el diario Arzobispal “La Unión”, clamaba: “He ahí los frutos de la libertad. La sociedad limeña se ha conmovido profundamente ante el hecho macabro que ayer de madrugada, se verificó en nuestro Cementerio general… ¡Una bailarina danzando sobre las tumbas de nuestros mayores, seducida o contratada por una docena de amorales de pobre intelecto y bajos instintos!”.

Como se puede apreciar los medios de comunicación de nuestro tiempo tiene preclaros antecedentes, y nuestra jerarquía eclesiástica posee también laureles que siempre busca honrar.

Esta proclama mediática de los medios más conservadores, no podría tener buen fin. Y así, mientras en Petrogrado los Bolcheviques se lanzaban a la captura del Palacio de Invierno alentados por los disparos el Crucero Aurora; José Carlos Mariátegui y sus amigos -incluida la delicada y sutil Norka, y su madre- serian conducidas a una prisión temporal.

Como lo recordara recientemente Ricardo Portocarrero, mientras el Lenin ruso tomaba el Poder en la patria de Dostowieski y Gogol; Mariátegui -nuestro Lenin- estaba tras las rejas por un incidente menor, agigantado y distorsionado por la prensa de aquel tiempo.

LOS EVANGELIOS POR TIERRA

Pero el caso no quedó circunscrito a una danza macabra y a un escándalo periodístico. Fue más allá. Para la Iglesia de la época fue como si se hubiesen lanzado los evangelios por tierra. Y el grito del Padre Valverde en la Plaza de Armas de Cajamarca –noviembre 1532- volvieron a escucharse en esta Lima, casi virreinal y siempre beata.

El 18 de noviembre en efecto, el episcopado capitalino celebró una ceremonia religiosa para clamar el perdón, en nombre de todos los limeños, por el sacrilegio consumado. El diario “La Unión” – el día 19- reseña el hecho:

“Ayer se verificaron los actos de desagravio por la profanación del Campo Santo verificado por una bailarina y un grupo de jóvenes muy conocidos”

En la circunstancia, el Reverendo Padre Francisco Aramburú tuvo a su cargo la homilía pertinente, la oración fúnebre escogida. En ella, condenó los actos ocurridos en el Campo Santo, “una mansión que en ninguna parte del mundo se permite profanar, bajo pretexto alguno” .

Miembros de las comunidades religiosas y el clero secular; representantes de organizaciones piadosas; personalidades del Gobierno, del Foro y de la Policía; Médicos distinguidos, Literatos, Periodistas una pléyade de Damas de lo más alto de nuestra sociedad -anota la crónica de la época-se sumaron al Santo Oficio, repudiando la acción del Amauta y sus amigos, como si ella hubiese sido el pecado más horrendo de las época.

Es cosa de imaginar nomás a este sacerdote Aramburu y traspolar los acontecimientos, para escuchar la engolada voz de un Obispo de nuestro tiempo echando maldiciones contra los defensores de los Derechos Humanos o los colectivos de LGTB.

Y es que los tiempos no han cambiado mucho.. Aunque el mundo ha avanzado, y aunque en nuestro propio país se proclame el respeto a las más diversas opciones humanas en nombre de una democracia integral e inclusiva; lo real es que subsiste la discriminación, el odio y la violencia que están en la base de muchos crímenes que se cometen en nuestros días.

Después de todo, lo que recordamos hoy, fue sólo el comienzo de una etapa difícil para el más ilustre de los pensadores peruanos del Siglo XX. Luego, vendría la vida de verdad. Y, con ella, una lucha que no habrá de concluir mientras nos seamos capaces de concretar el sueño del Amauta: Construir un Perú Nuevo en un Mundo Nuevo


Lima, noviembre del 2017

(*) Ponencia presentada ante el Simposio “José Carlos Mariátegui y Norka Rouskaya. Centenario de un escándalo”, celebrado en la Casa Museo José Carlos Mariátegui, entre el 2 y el 4 de noviembre del 2017

 

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