El Drama de los niños mineros

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Gustavo Espinoza M. (*)

 

 

 

 

Un centenar de trabajadores mineros -86 adultos y 24 niños- procedentes de Cerro de Pasco –el corazón minero del Perú- arribaron a nuestra capital recientemente y no encontraron mejor manera de expresar su drama, que encadenarse ante las puertas del Ministerio de Salud -en la cuadra 7 de la avenida Salaverry- demandando atención urgente a sus graves dolencias.

Se trata de pobladores de la provincia de Simón Bolívar, que muestran las huellas imborrables de los males que les agobian: enfermedades broncopulmonares, leucemia, afecciones a los huesos y distintas variedades de cáncer, originadas -todas- por la acción del plomo y el mercurio que brotan de los enclaves mineros que atormentan sus vidas.

La “prensa grande” ha ignorando olímpicamente su estancia en Lima. No ha tenido la gentileza de brindar información en torno al tema. Lo considera poco importante. Apenas el diario “La República” se avino a insertar una perdida nota en la página 19 de su edición ordinaria del día 20 de junio, sugiriendo que las autoridades de salud “atenderían” la demanda. Los otros -incluso la autodenominada “prensa de izquierda”-, calló en todos los idiomas.

El caso es penoso, sin duda. Los niños de muy pocos años -7, 8 y 10 de edad- escupen sangre y tienen los pulmones atravesados por el plomo de la mina. Casi a media voz, informan que beben el agua envenenada de los relaves mineros y que sufren de dolores constantes en la cabeza, el vientre y las articulaciones. Han venido porque en su zona la posta médica es un membrete: carece de profesionales de la salud y no tiene medicamentos a mano. En otras palabras, sirve de nada.

La provincia afectada, se ubica a 4.890 metros sobre el nivel del mar. Y hasta allí no llegan los médicos, ni el aire. Y las autoridades no construyen hospitales, sino cárceles en las que buscan encerrar a “peligrosos delincuentes”.

Más barato les saldría encerrar a esos delincuentes en una Cámara Frigorífica, en el Callao; para que sientan el rigor de temperaturas similares a las que los esperan en Pasco; pero el problema, sin duda, no son ni los presos, ni las temperaturas; sino los contratos que se firman para construir cárceles en estas regiones inhóspitas. Generan beneficios millonarios para algunos funcionarios.

La culpa del drama de estos niños -y también de estos hombres maduros- no es solamente de “este gobierno” -que no los escucha- ni del anterior que les prometió, en el 2012, atender sus reclamos. Es de todos los gobiernos que alentaron siempre la actividad minera asegurando que ella era la “garantía contra la pobreza”, la “herramienta del progreso”, el “arma del desarrollo”.

Cerro de Pasco, Huancavelica, Apurímac -el Trapecio Andino- y otras regiones similares, son un real emporio de riqueza. Desde los años de la Conquista, y durante todo el virreinato y la República, se han extraído de su suelo millones y millones de toneladas de oro, plata, cobre, zinc y otros metales; que han permitido acumular descomunales fortunas en manos de grandes consorcios extranjeros e inversionistas privados.

En lo personal, me consta, porque tuve la oportunidad de visitar la zona en los años 80 en mi condición de ese entonces: parlamentario de Izquierda Unida. La ciudad capital, parecía bombardeada. Por todas partes, y en cada calle, socavones sorprendían al viandante. Eran “entradas” a las minas que pululan allí, y matan a distancia; como las balas.

Hoy, impenitente, continúa el saqueo de las ingentes riquezas allí acumuladas, sin que las autoridades hagan nada por preservar la vida de la gente y proteger la salud de los trabajadores y sus familiares.

Nuestro poeta nacional, César Vallejo, abordó el tema en su novela más conocida: “Tungsteno”. Aunque se ubica en otra zona del país -el norte, la sierra de La Libertad- la tragedia de sus protagonistas, es la misma. Los mineros de Quiruvilca, son idénticos a los de Cerro de Pasco. Los une la misma actividad extractiva, y la misma miseria. Y también sin duda, la angustia por una vida lóbrega y trágica atada a la voracidad de unos pocos amos poderosos

Quizá si la situación de los mineros de Pasco podría servir para conmover la conciencia de los peruanos. Y llamar la atención de todos, para que abran los ojos ante una realidad que luce engañosa.

La clase dominante asegura que la minería es sinónimo de riqueza. Lo afirma, porque se ha enriquecido con ella, y porque vive parasitariamente mientras miles de hombres en todo el territorio nacional, arrancan con las uñas el mineral que llena sus bolsillos.

Por eso, a través de todos los canales a su servicio, alienta la “inversión minera”. Y al mismo tiempo, denosta indignada de aquellos que ponen reparos a ella arguyendo la necesidad de preservar la vida de la población, proteger el medio ambiente y cuidar de la bio diversidad. “Antimineros”, les llama, como si el calificativo sirviera para desacreditarlos de una vez para siempre.

Lo ocurrido hace algún tiempo en el caso de Cajamarca -el tema de “Conga”- y lo acontecido más recientemente en Arequipa -el Valle de Tambo y “Tía María” - resultan altamente ilustrativos.

El gobierno y las empresas se empeñaron en priorizar la minería en provecho de la empresa Yanacocha y Southern, respectivamente. Pero las poblaciones lucharon valerosamente por oponerse a esa política. Hoy puede decirse, realmente, que protegieron, con sabiduría o intuición, la vida de sus hijos, y las de ellos mismos. SI no hubiesen obrado así, dentro de algunos años habrían tenido que encadenarse en cualquier reja de una dependencia pública.

Y es que, para el pueblo, la minería está ligada a las enfermedades, y a la muerte; al dolor, y a la desesperanza. La minería esclaviza a los hombres porque los ata a la tierra, y les quita la vida a una edad muy temprana.

Esas, son dos miradas contrapuestas se han expresado en el Perú a través de los tiempos. Pero la clase dominante, siempre, preservo los más poderosos intereses, los vinculados al Gran Capital. Los trabajadores siempre llevaron la peor parte.

No se trata de proscribir a la minería como fuente de riqueza. Pero hay que asegurar tres cosas para que realmente lo sea: que no dañe el medio ambiente; que no mate a las personas que trabajen en ella, ni a la Bio-diversidad, y que produzca riqueza para todos, y no para unos cuantos. Lección que da la vida (fin)

(*) Del Colectivo de Dirección de Nuestra Bandera. http://nuestrabandera.lamula.pe

 

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