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¿Avanza o retrocede la historia?

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Gustavo Espinoza M . (*) 

 

 

 

 

 

 

Pareciera que hoy muchos analistas han tenido la idea de preguntarse -a la luz de los más recientes acontecimientos ocurridos en el mundo- si realmente avanza la historia, o si, más bien, ella retrocede.

Hay en nuestro tiempo elementos sugerentes para el debate. En el siglo XX, por ejemplo, Londres, París o Roma, eran el centro de la política planetaria. Berlín, Washington o Moscú, disputaban igualmente el interés de grandes mayorías ciudadanas. La visión “eurocentrista” funcionaba con fuerza y los fenómenos que ocurrían más allá del viejo continente carecían de la notoriedad indispensable para afirmarse en el imaginario de la gente.

Hoy, la suerte de la humanidad transita por otras vías. Se juega en las ruinas de Alepo, o pende de un hilo según sea el destino de la batalla de Mosul. El Medio Oriente -o el Asia Central- han pasado al primer plano, y todos vemos con angustia el rostro de los sirios afectados por combates, bombardeos y por muertes, derivados de una causa que muchos de ellos -quizá- ni entiendan.

Otro punto del interés mundial, es nuestro continente. En América Latina, la violencia no llega a desbordarse. Ni la confrontación social, alcanza aún los ribetes de una batalla abierta. Pareciera que la guerra -como fenómeno global- mira a otros lados, aunque nadie podría creer que ella -mañana, o un poco más tarde- no estará tocando nuestra puerta.

Parece improbable. Después de todo, nuestro continente a su manera, conserva la imagen de una “zona de paz”, como lo proclamara en el año 2010 la CELAC. Pero la política agresiva del imperio y las contradicciones de clase que remecen la sociedad latinoamericana, auguran peligros que no siempre se perciben.

Por lo demás, estamos tan habituados a la “guerra fría” que una confrontación “caliente” nos asoma casi irreal por la catástrofe que podría generar.

La crisis sistémica asoma insuperable

Es la crisis del sistema de dominación de nuestro tiempo. Ella, hoy, asoma insuperable. A cien años de la célebre publicación de Lenin, -“El Imperialismo, fase superior del capitalismo”- el sistema confirma su proceso de descomposición. La administración norteamericana, ante la disyuntiva de replegarse o agredir, opta desesperadamente por la segunda opción, y coloca en riesgo real la paz del mundo.

Como lo dijera recientemente el Centro de Estudios “Democracia, Independencia y Soberanía” en un análisis que mantiene plena vigencia, “América Latina y el Caribe no están exentos de los peligros que amenazan al mundo. Y es que el Imperio no se resigna a perder su patio trasero. Se sabe que jugará todas sus cartas para revertir el proceso de integración regional. Y, en ese empeño, usará todos los instrumentos a su alcance”.

Pero ésta, está lejos de ser una formulación inédita. Recordemos un poco nuestra historia.

Bajo la influencia de la Revolución Cubana, en los primeros cincos años de la década del 60 -y hasta a caída del Che, en Bolivia- surgió una suerte de “ola” revolucionaria de corte guerrillero en buena parte de nuestro continente. En la mente de muchos, y en la vida práctica; se afirmó la idea que bastaba la existencia de un núcleo revolucionario armado, para generar una revolución, dado que en todo el continente estaban dadas las “condiciones objetivas y subjetivas” que se reclamaba para una acción de esa envergadura. Un francés de cierto éxito en la época -Regis Debray-, profundizó en lo que se dio en llamar “la teoría del foco”

Aunque no siempre expuesta de manera abierta ésa, era una exaltación al expontaneísmo, pero también una suerte de critica a las posiciones de la “izquierda tradicional” representada entonces por los Partidos Comunistas, cuya línea general se basada en la construcción de un proceso de acumulación de fuerzas que permitiera crear las condiciones para la victoria de una Revolución de corte socialista, cualquiera sea el método usado para alcanzarlo

Más allá de los debates puntuales, en distintos países asomaban experiencias de lucha, cuyo denominador esencial era la “búsqueda del camino revolucionario”

En aquellos años, en Colombia, de hecho, existían ya las FARC que habían comenzado a operar por iniciativa del Partido Comunista de ese país como una respuesta a la conducta asesina de la clase dominante. Pero pronto asomaron también formas armadas de lucha en algunos países de Centro América, en especial, Nicaragua, donde desde 1961 quedó constituido el Frente Sandinista de Liberación Nacional. En Guatemala -donde el pueblo vivía virtualmente martirizado por un régimen abyecto, asomaron formas armadas de resistencia y de lucha, que eran absolutamente comprensibles Algo parecido ocurriría después en El Salvador, hasta -finalmente- la Paz Concertada a inicios del nuevo siglo, y su desenlace posterior.

En Venezuela las fuerzas revolucionarias perdieron una oportunidad a la caída de la dictadura de Pérez Jiménez. Ellas, habían liderado realmente la lucha contra ese régimen oprobioso, y lo derrocaron. Ya en el gobierno, en lugar de afirmarse en el Poder y promover cambios radicales en la sociedad venezolana, convocaron elecciones generales, que ganó Acción Democrática, y su caudillo tradicional Rómulo Betancourt.

En la Patria de Bolívar se habían producido ya varios conatos de lucha armada. Algunos de ellos, se habían incubado en las instituciones castrenses. Puerto Cabello y Carúpano, conmovieron no sólo a Venezuela sino a muchos países del continente.

Hubo otros episodios heroicos en América Latina. En Brasil, por ejemplo, tanto experiencias guerrilleras, como acciones armadas que costaron la vida a valerosos luchadores. También en Argentina, aunque en esta etapa de escaso significado. Los sucesos de Bolivia, a mediados de los 60 y la caída del “Che”, hace ya cincuenta años, obligaron a todos a cambiar la estrategia de lucha.

En Paraguay, hubo Guerrillas pese a las extremas medidas de represión impuestas por el régimen neo nazi de Stroessner. En Uruguay, los “Tupamaru” pusieron en jaque a la clase dominante, que ya estaba aterrada por el ascenso político del Frente Amplio.

La radicalización de los 70

A fines de los años 60, nuestro continente conoció vivas y sugerentes experiencias. Las más notables, ocurrieron, sucesivamente, en nuestro país, a partir de la insurgencia militar de Juan Velasco Alvarado -octubre del 68-; en Chile, con la victoria de la Unida Popular y el triunfo de Salvador Allende; y en Bolivia, con el ascenso de general Juan José Torres a la Jefatura del Estado.

A partir de estos acontecimientos, Washington -que se había “olvidado” del continente- volteó los ojos, con desesperada angustia, hacia América Latina.

Fue la prensa norteamericana la primera en hablar del “triangulo rojo” en esta región del mundo. El “Washigton Post”, primero, y luego el “New York Times” comenzaron a especular –sin duda por insinuación de los servicios secretos yanquis- con la proyección que tenía el Proceso Peruano en una circunstancia en la que ganaba la Unidad Popular y en Bolivia se instauraba un régimen militar progresista. .

Al unísono, y con un dominio continental del escenario, la prensa brasileña más conservadora comenzó a hablar de los militares “vermelhos” (rojos) que asomaban en el escenario. En verdad, se inspiraba a la propia experiencia brasileña, conmovida desde décadas atrás por la existencia de tendencias progresistas en las Fuerzas Armadas. Ellas, como se sabe, tuvieron su asiento en el “tenientismo”, ese joven movimiento militar que hizo diversos alzamientos en los años 20, que alcanzó mayor importancia con “La Columna Prestes” entre 1924 y 1927 y que logró su acción más alta con el alzamiento del 35 cuando logró “Tomar el Poder” en Natal, la capital de Rio Grande del Norte, y capturó en Río la base de “Praia Vermelha”.

Como el líder de todas esas operaciones -Luis Carlos Prestes- era un militar que luego dirigió al Partido Comunista de ese país, se incubó en todo Brasil la idea que había “militares Verrmelhos”. Los hubo, sin duda, pero ellos fueron sistemáticamente golpeados por el “Estado Novo” de Getulio Vargas y el Partido Integralista de Plinio Salgado y sus “Camisas Verdes”; hasta que, finalmente, fueron aplastados en marzo del 64 con el Golpe de Estado que derrocó a Joao Goulart.

Después de aludir a esa experiencia, la prensa brasileña pasó revista a Chile, señalando que se había detectado “infiltración comunista” en las Fuerzas Armadas de ese país, y aludió al general René Schneider, abatido en 1970; al Edecán y el general Augusto Bachelet, torturado y asesinado bajo el régimen de Pinochet. También, claro; al general Carlos Prats, quien fuera abatido después en Argentina. Eran esos -dijo- “los generales rojos que querían apuntalar al régimen comunista de Allende”. Y después, aludió a los militares peruanos, a Juan Velasco, Jorge Fernández Maldonado, Leonidas Rodríguez, Rafael Hoyos y Enrique Gallegos, sindicándolos también como “rojos”.

Para completar el escenario, eso -y otros medios- abordaron los alzamientos militares en Venezuela, contra Betancourt; la existencia del Frente Amplio del Uruguay, liderado por el general Liber Seregni; el caso de Bolivia, con Juan José Torres; de Ecuador, con el general Rodríguez Lara; de República Dominicana, con Francisco Caamaño, el héroe del 64; de Panamá con el general Torrijos; y hasta Argentina, donde se registraban casos aislados de militares peronistas que tenían cierta presencia en la cúpula militar gaucha.

A través de una intensa campaña de prensa se sustentó la idea de una “amenaza mayor“: que las Fuerzas Armadas del continente estuvieran influidas o “tomadas por los comunistas”. Esto, por cierto, ponía en gravísimo riesgo la “democracia”, y el sistema de gobierno “occidental y cristiano”. El temor a que ello sucediera, estuvo en la vigilia de los servicios secretos norteamericanos.

La estrategia del Imperio

Para enfrentar ese “inmenso peligro”, el Imperio puso en marcha su estrategia a partir de 1971, la misma que sirvió para confirmar la voluntad agresora. Se trataba -de acuerdo a los voceros norteamericanos- de desplegar todas las fuerzas que tenían a la mano para impedir -a cualquier precio- el asomo de una “nueva Cuba”,.

La inició el gobierno norteamericano, golpeando al eslabón más débil de la cadena: Bolivia. Con un golpe de mano desestabilizó a Juan José Torres y puso en su reemplazo al general Hugo Banzer Suárez, el más caracterizado líder de la derecha uniformada. El tema, lo resolvió el Imperio e 24 horas. Una tarde y una noche de resistencia armada de algunos oficiales liderados por Rubén Sánchez y la Central Obrera dirigida por Simón Reyes, fueron insuficientes.

Al día siguiente del golpe, Torres pidió asilo en la embajada peruana en La Paz, y poco después llegó a Lima. Aquí debió quedarse, pero prefirió irse a Buenos Aires, donde finalmente fue asesinado.

Las cosas, en Chile, tuvieron otra connotación. El Imperio golpeó al país, y al gobierno de Allende, todo lo que pudo. Quería doblegarlo a cualquier precio. Pero su arma secreta, era el terror desenfrenado. Hoy se conocen los “archivos secretos” de la Casa Blanca en torno al tema Chile y han sido publicados miles de documentos que acreditan el papel de la CIA y otros organismos de la Inteligencia Norteamericana.

Cuando luego de las elecciones de Curicó, en marzo del 73, volvió a ganar la Unidad Popular, y cuando fracasó el golpe del general Vioux Marambio, en junio de ese año; la administración Nixon llegó a la conclusión que solo podría librarse de ese gobierno mediante la violencia más brutal. Se trataba entonces, de alzar a los militares, bombardear La Moneda, asesinar a Allende y aplastar a sangre y fuego, a todo el pueblo. Y así se hizo. La experiencia duró apenas dos o tres días, pero se prolongó, finalmente, 17 años, diseñados por el terror de la dictadura fascista mejor organizada de nuestro continente.

En el Perú la situación le era mucho más difícil y peligrosa. Debía neutralizar al proceso peruano pieza por pieza, desmantelando el sistema; con la misma precisión y cuidado con el que se desactiva una poderosa carga de incalculable capacidad explosiva.

A Velasco no se le podía desplazar como a Torres, porque el peruano contaba con una apreciable simpatía popular; pero, además, porque no había en el horizonte de entonces, otro caudillo militar capaz de hacerle sombra. Pretender “eliminarlo”, podría resulta altamente peligroso porque centenares y aún miles de oficiales, podrían salir al frente con las mismas ideas y continuar su obra. Reprimir aviesamente al pueblo -como en Chile- no tenía sentido porque, en realidad, la fuerza del proceso peruano no radicaba precisamente en su “base popular”, sino más bien en su fuerza institucional. El tema resultaba entonces mucho más complejo y requería una estrategia distinta, original y sofisticada.

El objetivo, era claro. No sólo derrotar al proceso peruano, sino además crear las condiciones para que un fenómeno así, no se repita nunca, ni aquí, ni en ningún otro país de América. Eso, pasaba por demoler el “proceso peruano” desde sus bases mismas.

Para ejecutar mejor sus planes, dividió el proceso en dos etapas. La primera, la inmediata, era acabar con el gobierno revolucionario de entonces. Y la segunda, generar un cambio radical en el escenario peruano para que nunca más asome siquiera la probabilidad de un retorno al mismo.

Usó, primero, la enfermedad de Velasco -el aneurisma intestinal- que se le presentara en 1973, y que lo dejara en una silla de ruedas. Desde un inicio Washington buscó el zarpazo. Encumbró el Canciller de entonces, al general Edgardo Mercado Jarrín, para inculcarle la idea que “él” debía asumir de inmediato la Jefatura del Estado. Tampoco logró el resultado que esperaba.

El fracaso sucesivo de todos sus proyectos más o menos “abiertos”, llevó a Washington a buscar otro camino, más sutil; pero, al mismo tiempo, más productivo.

Con Velasco lisiado, no fue muy difícil aislarlo. No tenía ya la posibilidad de asistir a eventos castrenses, de acercarse a los suyos, de vivir “cerca” de los soldados, ni del pueblo. Ni siquiera, de hablar con la gente que lealmente buscaba ayudarlo. Sus propios “coroneles” se alejaron de él, y lo dejaron a merced de influencias inopinadas que afectaron su mirada de los problemas básicos. Después, asomarían desavenencias con sus ministros y luego diferencias claras con altos mandos de la Marina de Guerra liderada por Vargas Caballero, un oficial de clara orientación Pro Nazi, enmascarado en posturas “liberales”.

La reacción jugó mucho con el tema de las contradicciones entre las distintas armas en esta etapa de la vida nacional. Particularmente buscó enfrentar a la Marina con el Ejército. En más de una ocasión, por disposición de alto mando naval, los barcos de la Armada hicieron prácticas propias que revelaban una voluntad golpista, en tanto que su Comandante declaraba abiertamente en contra del rumbo que se guía el proceso. No obstante, hubo marinos leales y consecuentes como José Arce Larco, o como Guillermo Faura Gaig y otros.

El primero de ellos, evocó su experiencia recordando: “La CIA estaba actuando en Lima y muy activamente dentro de La Marina con el objeto de desestabilizar al gobierno de Velasco. Yo lo percibí en Washington … después de la caída de Allende en septiembre de 1973, la CIA orientó sus baterías contra el gobierno del general Velasco”

Y Faura Gaig entregó numerosos testimonios que acreditaban de manera fehaciente la actividad sediciosa de los organismos secretos de los Estados Unidos contra el Perú y su gobierno.

Pero ellos, además, denunciaron a los hombres que trabajaron para esos servicios desde la cúpula naval: los marinos Cuadros, Nicolini, Carbajal, y el capitán Brain. Todos ellos comprometidos con el accionar terrorista de la época. No sólo pusieron bombas en el intento de asesinar a quienes eran sus compañeros de armas; sino que hundieron también a dos barcos cubanos en la rada del Callao.

Y la carta final para dar al traste con el proceso peruano fue, sin duda, usar a general Francisco Morales Bermúdez en el plan golpista. Este, virtualmente, entregó el proceso al enemigo. Lo hizo a traición y subrepticiamente, lo que dio lugar a que, en su momento, fuera anatemizado por Jorge Basadre -el historiador de la República- simplemente como un “felón”

Objetivamente, y más allá de discursos en los que se comprometía a “profundizar la Revolución Peruana” y “llevarla al socialismo, como quería Mariátegui” -discurso de Pachia, departamento de Moquegua-, el Proceso Revolucionario Peruano colapsó el 29 de agosto de 1975, fecha en la que se inició el desmontaje de las transformaciones revolucionarias y la búsqueda de “acuerdos” con el Imperio.

Poniendo en evidencia el papel conspirativo del gobierno norteamericano en esta etapa de nuestra historial, el general Jorge Fernández Maldonado, diría pocos años más tarde: “Estoy absolutamente convencido de eso y de la acción desestabilizadora de la CIA en complicidad con enemigos internos de la Revolución. La experiencia peruana, es una experiencia inédita, realmente y que sacudió a todo el mundo por ser el caso de una Fuerza Armada que se erige en vanguardia de un proceso revolucionario al lado de su pueblo. Eso significaba un mal ejemplo que Estados Unidos no podía permitir que se difundiera, porque ello era poner en peligro su control hegemónico en todos los países de América Latina”

Cuando nuestro continente vuelve a cambiar

Casi 20 años después, gracias a la iniciativa revolucionaria del Comandante Hugo Chávez Frías, y luego de un oscuro periodo en el que imperó el crimen y la barbarie bajo la égida de militares asesinos, como Rafael Videla, Augusto Pinochet y algunos otros; asomó una nueva etapa de cambios antiimperialistas en el continente.

Con la misma estrategia anterior, Washington busca revertir los avances alcanzados por los pueblos bajo la orientación de gobiernos de corte nacional anti imperialista, en lo que se ha dado en llamar el “ciclo progresista” de nuestro continente.

Fuerzas que, bajo la influencia de Cuba buscaron intentar llegar al Poder por la vía armada, percibieron luego de la caída del “Che” en Bolivia y la derrota del “triángulo rojo” en la región, que era posible vertebrar procesos políticos de cambio aunque no fuera por la vía de la Revolución –como se guía siendo la tesis de los Partidos Comunistas- sino a través de mecanismos electorales y procesos de reforma. Esa fue la base del “progresismo”, que adquirió particular fuerza en la primera década del nuevo siglo.

De alguna manera puede sostenerse que su primera expresión fue la experiencia bolivariana de Venezuela. En ese país, ante la crisis de descomposición del modelo imperante bajo la jefatura de los Partidos tradicionales -Acción Democrática y COPEI- y los violentos disturbios ocurridos los días 17 y 28 de febrero de 1989; emergió un movimiento popular más coherente y definido, liderado por un oficial del ejército, el Comandante Hugo Chávez Frías. Luego de distintos avatares registrados por la historia, este movimiento -convertido en fuerza electoral- logró triunfar en las ánforas, y convertirse en gobierno. Y así se dio inició a un proceso emancipador, en la Patria de Bolívar, que ha desatado la ira del Imperio.

En el denominado “Libro Azul” de la revolución venezolana se alude al “árbol de las tres raíces”. Se presenta a Simón Bolívar, Simón Rodríguez y Ezequiel Zamora, como los nutrientes fundamentales de ese proceso profunzamente enraizado en la historia latinoamericana.

Extenso sería ocuparse de ese fenómeno político que logró cautivar a la mayoría del pueblo venezolano y que impulsa cambios profundos en la vida de esa nación sin abandonar los cauces constitucionales, y respetando la existencia de claros segmentos de oposición.

Es evidente que las concepciones de los conductores de la experiencia venezolana, fueron evolucionando al calor de la profundización del proceso. Todos los venezolanos -los de uno y otro signo- se vieron envueltos en una dinámica de lucha que situó la confrontación de clase en un nivel quizá originalmente no previsto. Pero la vida, es así. Y hoy en Venezuela no se juega la posibilidad del retorno a la democracia burguesa sino la preservación de las conquistas de su pueblo, y la afirmación de un modelo socialista propio. La otra cara de la medalla -la supuesta derrota de ese proceso- implicaría no el retorno a la vieja democracia tradicional, sino la instauración de una dictadura terrorista contra las grandes mayorías ciudadanas.

Cada cual tiene su propio camino

Con su dinámica original y a partir de su propia, y reciente experiencia histórica, surgieron en América del sur dos administraciones particularmente sugerentes: el gobierno de Evo Morales, en Bolivia; y el régimen de Rafael Correa, la Revolución ciudadana en Ecuador. Ambos responden a realidades específicas.

Morales, un líder campesino de origen cocalero, encarna una experiencia multicultural y plurinacional que maneja con una sorprendente mezcla de inteligencia y astucia. Tiene una fuerte base social en el campo y ha ganado fuerza en las ciudades a costa de un trabajo intenso y sostenido. Ha logrado aplicar medidas económicas certeras, ha manejado con dignidad sus relaciones con el Imperio, ha puesto “orden en casa” enfrentado a la temida “rosca” boliviana que tanto daño le hizo al país y ha generado mecanismos que le han permitido contar con más recursos y atender las más urgentes necesidades de la población.

Correa, economista y hombre de clara formación académica, ha sabido responder con valentía y firmeza a los requerimientos de la sociedad ecuatoriana. La Revolución Ciudadana ha golpeado particularmente la conciencia de la gente, la ha afirmado en sus propósitos básicos y ha abierto las puertas a un estilo de gestión eficiente y honrado, características ambas virtualmente inexistentes en administraciones anterior. Las ideas de dignidad y de justicia, los mecanismos de trato directo con la gente, la promoción de la cultura, el aliento a la creación artística y el fortalecimiento académico de las escuelas y universidades; han dado lugar a la consolidación de un gobierno que cuenta con una clara estima ciudadana.

Más al norte, en Nicaragua, el Frente Sandinista logró recuperar el Poder, al que había arribado a fines de los 70 a través del uso de las armas. Hoy, Daniel Ortega regula una gestión que ha logrado éxitos significativos, y ganado la adhesión mayoritaria de la ciudadanía. A significativa distancia -pese a la cercanía geográfica- el Farabundo Martí para la Liberación Nacional conduce un proceso muy complejo que aún se ha afirmado insuficientemente. La reciente historia de sangre y violencia vivida por el pueblo salvadoreño, la fuerza de la históricamente “clase dominante” y la presencia agresiva de los Estados Unidos en la región, complican un escenario que aun luce incierto pero que puede avanzarse y consolidarse con la fuerza de si pueblo.

El denominador común de estos procesos radica en el hecho que, en todos ellos, las masas han tenido una participación activa o una presencia efectiva. Por requerimientos del mismo proceso, o para responder a la acción sediciosa de las fuerzas reaccionarias, el movimiento popular ha actuado

En otros países de la región -Argentina, Uruguay, Brasil y aún Chile- fuerzas progresistas, algunas de las cuales habían tomado las armas en etapas anteriores, ganaron elecciones; y lograron acceder a funciones de gobierno. Pudieron, incluso, imponer un giro distinto a la gestión de Estado y aplicaron políticas beneficiosas para las grandes mayorías nacionales. Pero no se propusieron realmente cambiar el carácter de la sociedad, ni recurrieron al pueblo para alentar su participación.

Los gobiernos avanzados de todos los países de la región aportaron a la unidad latinoamericana, y permitieron el surgimiento de la Comunidad de Naciones de América Latina y el Caribe -la CELAC-, así como el fortalecimiento de MERCOSUR Y UNASUR, todo lo cual permitió afincar la idea de la consolidación del ALBA, el proyecto alternativo al ALCA, que Washington pretendió quiso imponer a nuestros países, y que hizo agua precisamente en Mar de Plata a fines del siglo pasado

Deben registrar, sin embargo, errores y deformaciones que fueron hábilmente usadas por los en enemigos de los pueblos y permitieron creara la imagen de un supuesto “retroceso” que nuestros enemigos celebran.

Ellos celebraron, de igual modo, la sorpresiva victoria del NO en Colombia, afirmada apenas en el 16% de los sufragantes. Esa fue la posición de Uribe en la Patria de Nariño, pero fue compartida jubilosamente también por las fuerzas más reaccionarias de todo el continente. En el Perú la victoria del “NO” fue recibida con júbilo mal disimulado por toda las Mafia Fujimorista y sus voceros.

Contra el rumbo avanzado, se ha desplegado la ofensiva del Imperio. La administración norteamericana ha vuelto a tener miedo del proceso continental porque ha percibido que éste, pone en riesgo su capacidad de dominio en la región. La Casa Blanca, envuelta en la vorágine de una ascendente y demencial confrontación mundial, ha tomado cada vez más conciencia del peligro que entraña para su dominio, una Latinoamérica independiente y soberana.

Con la idea se restaurar su dominio, asestó ya diversos golpes a los pueblos de nuestro continente. Primero, fue el derrocamiento del régimen progresista de Honduras, liderado por Manuel Zelaya. Luego, el de Fernando Lugo, el mandatario paraguayo. En ambos casos, el papel de los Estados Unidos, fue decisivo, Las embajadas USA en los dos países, fueron puestas en evidencia por su inocultable acción conspirativa.

Más recientemente, alentado por la división de las fuerzas democráticas, pudo imponer a Mauricio Macri en la Casa Rosada argentina y luego promovió y alentó el Golpe de Estado contra Dilma Rousseff, que logró consumar en alianza con las mafias más desvergonzadas de ese país.

Las victorias de las fuerzas más reaccionarias en Argentina y Brasil, así como la consulta colombiana, fueron publicitadas como el signo del “retroceso” de las fuerzas progresistas del continente, y se orientaron a amagar la CELAC, UNASUR, MERCOSUR y hasta el ALBA. Es bueno responder a esta apreciación

III

¿Puede hablarse realmente de retroceso?

Objetivamente, las fuerzas progresistas han perdido piso en el escenario continental. Pero eso, no ha ocurrido por victorias reales de los sectores conservadores que pululan en distintos países. Tampoco se podría decir que los cambios desfavorable registrados en algunos países, reflejan un crecimiento del prestigio de los Estados Unidos en la región No han surgido, por lo demás, fuerzas compactas que pudieran vencer, en la lucha de las masas, a los sectores más avanzados de la sociedad de nuestro tiempo. Incluso en un país como el nuestro, donde formalmente la derecha logró copar el escenario electoral, las grandes movilizaciones de masas han sido promovidas, alentadas y organizadas por los sectores progresistas, y han sido consideradas como las más grandes manifestaciones ocurridas en la historia social del Perú. En Argentina, Venezuela, Ecuador, e incluso Colombia; las masas populares han salido a las calles para enarbolar las banderas populares y no para amparar las exigencias de la reacción que, salvo en Brasil, resultó objetivamente incapaz de cautivar multitudes.

Nadie podría hablar entonces de una “victoria neta” lograda por la derecha más reaccionaria. Ni siquiera en el Perú, donde el fracaso de las “vanguardias” obligó al pueblo a optar por dos opciones neo liberales. En los comicios de abril pasado, PPK se impuso, entre otras razones, por la masiva repulsa popular a la mafia fujimorista y por el voto de la Izquierda contra Keiko Fujimori

Las lecciones de la historia

¿Qué ha ocurrido entonces? ¿Podría decirse que se ha “agotado” el ciclo progresista?, ¿podría asegurarse que los procesos vividos en Honduras, Paraguay, Argentina o Brasil marcan el fin de un periodo de la historia continental?

Quizá no. Lo que parece es que resulta insuficiente la voluntad de un líder, o de una vanguardia, para asegurar el éxito y la continuidad de un proceso. Cuando las masas no se integran a los cambios que ocurren en su país, dejan un “espacio” que nunca queda “vacío”. Inmediatamente es “llenado” por el enemigo.

Si, por una u otra razón, las masas se inhiben de participar, si se distancian de los conductores de un proyecto, inmediatamente el escenario es copado por el enemigo, que toma la iniciativa y golpea con fuerza. Un laboratorio que permitiría analizar y comprende esa realidad, se perfiló en el Perú bajo la administración de Ollanta Humala.

Humala no fue -ni sensatamente podría haberse esperado que lo fuera- un gobierno revolucionario. Ni siquiera podía afincarse la ilusión que estuviera en la ruta de la experiencia militar peruana de los 70. Pero las “vanguardias” aquí se hicieron ilusiones, y cuando ellas no se concretaron, arremetieron contra Humala sumándose al coro de la reacción. Al final, ella se impuso, y el proceso nacional, en lugar de avanzar, retrocedió.

De alguna manera -y guardando las distancias- algo parecido ocurrió en Argentina. Sectores vinculados a la administración de Cristina Fernández asumieron ante ella posiciones críticas, pero en lugar de consolidar su unidad para marchar todos, superando las fallas o imperfecciones, optaron por desligarse de esa experiencia y construir “tienda propia”, consagrando así la división. Entonces, ganó Macri por una exigua diferencia.

Si la marginación de las masas fue la primera debilidad de estos procesos, la división de las fuerzas avanzadas fue la segunda. La tercera, fue la idea que el enemigo -el Imperio- no iba a actuar contra ellos.

Pareciera que los conductores de algunos procesos pensaron idealistamente que el gobierno norteamericano los “aceptaba”. Eran invitados a Washington, recibidos en la Casa Blanca, compartían con las más altas figuras de la administración yanqui. En suma, pensaron ingenuamente que todo ello era “prueba” de una realidad ficticia. Por eso no afectaron realmente nunca los intereses esenciales de los Estados Unidos. Adoptaron políticas justas y medidas redistributivas y necesarias para atender requerimientos fundamentales de sus pueblos, pero se cuidaron de “no tocar” en lo fundamental, aquello que realmente afectaba los intereses del Imperio.

En verdad, el gobierno yanqui ganaba tiempo; y esperaba el momento y la oportunidad, para golpear. Y golpeó, cuando supo que podría imponer su juego.

Pero hay que registrar un tema más de fondo. El que alude a la Revolución Social y su relación con las reformas.

Ese es, por cierto, un asunto complejo porque suele dividir los campos situando a un lado a los “revolucionarios” y en otro a los “reformistas”. Ambos campos, en su acepción bien entendida, pueden sumar, y no enfrentarse; por lo menos en esta etapa de proceso social.

Admiradores leales de la Revolución Cubana, dirigentes de procesos latinoamericanos parecieran a contracorriente, haber creído que, en sus países “no se necesita” una Revolución, que bastará con hacer algunas “reformas” importantes para mejorar la situación del pueblo. Darían la impresión de estar convencidos que lo importante es disminuir la pobreza, reducir los índices de desocupación, acabar con la discriminación, eliminar la exclusión y superar las “brechas” que separan a pobres de ricos. Que hacer eso es, realmente, hacer la Revolución. Grueso error.

Se puede avanzar en todos esos propósitos aún en el marco de la sociedad capitalista. Y hay que hacerlo hasta dónde sea posible. Pero eso, tiene un límite, se agota. Aquí se hace realidad la concepción dialéctica que nos asegura que el aumento en cantidad, se transforma en calidad: muchas reformas tienen que derivar en una Revolución. De lo contrario, el proceso se pasma.

A ese límite se llega cuando las relaciones de producción no dan más. O se afirma la sociedad capitalista y el proceso de frustra -hay muchas pruebas de eso-, o el pueblo avanza hacia un nuevo modelo socialista. El proceso, no se detiene. Y, por lo demás, entre explotadores y explotados, no existen “sociedades intermedias”.

En otras palabras, las reformas pueden abrir paso a una Revolución, antecediéndola. Pueden formar parte de una Revolución, machando en paralelo con ella. O pueden producirse después, para profundizar una Revolución. Lo que no pueden las reformas, es reemplazar una Revolución.

Eso significa que las reformas, aún siendo indispensables, no pueden sustituir a un cambio revolucionario. Este, es inevitable en el escenario de los pueblos. Si no se concreta en una determinada coyuntura, se postergará, pero no desaparecerá del escenario nunca. Tarde o temprano, volverá a situarse como un requerimiento esencial.

Bien podría afirmarse que una de las debilidades que se pueden registrar en la evolución del proceso latinoamericano, es la ausencia de Teoría Revolucionaria. Esa debilidad implica, finalmente una concesión al enemigo.

Lenin -recordemos- decía: “sin teoría revolucionaria, no hay práctica revolucionaria”. No obstante, hoy se registra en algunos segmentos de la izquierda continental un cierto menosprecio al legado leninista, un desdén inexcusable por la experiencia histórica. A Marx “se le acepta”, casi como un “referente inevitable”, pero no se toma en cuenta sus enseñanzas básicas. Y a Lenin, se le mira a “distancia” tal si fuera el exponente de una “experiencia distinta”. Eso expresa una suerte de “originalismo” a ultranza que carece de sustancia y de contenido.

Leer y estudiar a los clásicos resulta hoy tan importante como conocer la realidad de nuestros países. Valernos de la teoría revolucionaria, es tan valioso, como construir nuestro mensaje en contacto permanente con los pueblos. Eso no sólo nos ayudará a tener dominio de la historia, sino también conciencia de una verdad que hay quienes ignoran: la piedra angular de un proceso social es el desarrollo y la evolución de la Lucha de Clases. No es éste una concepción obsoleta. Es la más viva de las realidades de hoy.

El “progresismo”, entonces, no ha fracasado, propiamente. Ha llegado a un determinado límite, y no ha logrado afirmarse. Por su visión elitista que lo llevo a actuar sin recurrir a las masas, por su falta de unidad, por su ingenuidad política, por su incapacidad para percibir en toda su dimensión el vínculo dialectico entre reforma y revolución y por su inconsistencia teórica; ha trabado transitoriamente el ascenso de los pueblos. Pero eso no implica un “giro a la derecha” en el escenario continental. Es parte -inevitable acaso- del proceso de avance de nuestra sociedad.

Carlos Marx, recogiendo la idea del filósofo Giambattista Vico, decía que el avance de la historia no ocurre de modo lineal. Este, sucede en espiral. Eso es lo que, en algunas ocasiones, deja la impresión de un retroceso inexistente. Pero la vida sigue. Y el viejo topo continúa su trabajo horadando la tierra y confirmando que las reformas, constituyen una primera parte, en tanto que la Revolución es la segunda. En referencia a ella, y aludiendo a Europa, Marx decía “se levantará, y gritará jubilosa: ¡bien has hozado, viejo topo!”

Hay que seguir, entonces, confiando en la capacidad de lucha de los pueblos que harán marchar adelante el proceso de la historia.

(*) Publicado en la revista “Reflexión”. Lima, enero 2017

 

 
 

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