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Una insolencia que raya en la locura

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Gustavo Espinoza M. | Diario UNO

FEBRERO2019

 

En Una reciente intervención pública, el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica ha expresado su deseo de “acabar con el socialismo” en nuestro continente y ha subrayado que está aludiendo expresamente a Cuba, Nicaragua y Venezuela. Lo ha dicho desde Miami, en el corazón de los núcleos terroristas más activos, los herederos de Luis Posada Carriles, el siniestro cancerbero del Imperio.

Para sopesar el nivel de agresividad que contiene esa declaración, hay que considerar el hecho que el mandatario yanqui está virtualmente en la fecha límite que él mismo se ha impuesto para introducir, mediante la fuerza, la llamada “ayuda humanitaria” que su gobierno tiene ubicada en la frontera colombo-venezolana y que apunta con misiles hacia la Caracas Bolivariana.

Pocos días antes –como se recuerda- el autoproclamado “presidente” de Venezuela, el señor Juan Guaidó -“White Dog”, le llaman en Yanquilandia- fijó algo así como el límite de su paciencia y aseguró que el 23 de febrero, esa “ayuda” ingresaría a territorio venezolano –como diría Piñera- “por la razón o por la fuerza”.

Escrita esta nota antes de vencerse “el plazo” y para ser leída después del mismo, la opinión pública sabrá a ciencia cierta cómo se desarrollaron los hechos. Por lo pronto, es claro que ni el pueblo de Venezuela ni su gobierno tienen “voluntad de entrega”. Por sus venas, corre la sangre del Libertador, quien les dijo en su momento que no habían nacido para ser esclavos. Nada, entonces, doblegará lo que podría pasar a la historia como la expresión más heroica de la resistencia a una afrenta sin precedentes, urdida contra la Independencia de las Naciones, la Soberanía de los Estados y la voluntad de los pueblos.

Esta vez no serán 300 héroes, los que cerrarán el paso en el imaginario Desfiladero de las Termópilas, sino dos millones los que mostrarán al mundo una cosa muy simple, que fuera enunciada en 1926 por Augusto C. Sandino desde las sierras de Las Segovias: “La soberanía de los Estados, no se discute; se defiende con las armas en la mano”. Y eso, lo confirmó apenas hace algunas horas el Alto Mando de las Fuerzas Armadas Bolivarianas, prestas al combate.

Las expresiones del señor Trump simplemente rayan con la locura más extrema. Por lo visto, pretende ahogar en sangre por lo menos a tres países de América, y cortar de raíz una experiencia histórica: la referida a la construcción del socialismo en nuestro continente. Respecto a lo primero, busca conjugar en un solo haz las experiencias fallidas de Playa Girón y Octubre 62, con la guerra de los Contras –Nicaragua 1979- y Caracas 2002, escenario del golpe fallido de Pedro Carmona contra Hugo Chávez.

Hilvanar esas tres experiencias de derrota del Imperio y revertirlas para convertirlas en victoria, como si eso dependiera exclusivamente de la voluntad del mandatario de barras y estrellas. Y en torno a lo segundo, implica retrotraerla hasta los tiempos de Bismarck -“El Canciller de Hierro”; o Nicolás II, “el Zar de todas las Rusias”; o Napoleón “L’ Petit”. Todos ellos aspiraban a lo mismo: acabar con el socialismo, en los años aurorales del Manifiesto Comunista, cuando comenzaban a crujir las bases mismas del sistema de dominación capitalista y una nueva fuerza –la clase obrera- buscaba abrirse paso pergeñando la construcción de un orden social nuevo, más humano y más justo.

Mucha agua ha corrido bajo los puentes desde entonces; y mucha sangre obrera, también. Pero la vida ha seguido su curso y los caprichos de los mandatarios absolutistas de entonces yacen enterrados por la historia. Aun pese a la caída de la URSS a fines del siglo pasado, el socialismo en el mundo sigue siendo la esperanza de millones de hombres y mujeres, y el norte que alumbra los caminos del futuro. Esa realidad no será opacada por las palabras -por altas que sean- de un vocinglero parlanchín enamorado de su sombra.

El “Rey Sol” y los dueños de los estados autoritarios, tuvieron su “cuarto de hora” no solo en el siglo XIX, sino también en el XX, cuando las Camisas Pardas se apoderaron de Europa y buscaron doblegar al mundo, y someterlo a sus más protervos designios. Fueron los pueblos los que truncaron ese avieso designio.

El Ejército Rojo, los guerrilleros en regiones ocupadas, los “Maquís” en la Francia vencida, los “Partizanos” en la Italia Mussoliniana, los combatientes griegos que derribaron la Esvástica en la Acrópolis de Atenas, los resistentes ingleses que soportaron los bombardeos en Londres y otras ciudades, los combatientes de Stalingrado y los que llegaron por el estrecho de Calois en junio del 44; los que pusieron fin a esos sueños demenciales. Ahora, en otros escenarios y en distintas circunstancias, será lo mismo.

La historia no se detiene, ni retrocede jamás.

 

 

 

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