Los Fujimori, segunda temporada

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JUAN DE LA PUENTE

 

 

Las cosas se presentan de otro modo; Alberto no ha logrado que su libertad sea un shock recreador del fujimorismo.

La apreciación simplista de la crisis del fujimorismo reduce lo que ahí sucede a una lucha sucesoria de tres actores, obviando el movimiento y los intereses que representa cada tendencia. En respuesta, es necesario trascender del patrón banal para enlazar la lucha dinástica con la disputa en curso por la tradición conservadora popular.

La salida del sector liderado por Kenji de Fuerza Popular es la liberación de fuerzas reprimidas durante varios años y el inicio de la construcción de proyectos al mismo tiempo diferenciados y parecidos. Más allá de la novela, es un reacomodo orgánico acompañado de reajustes en el discurso.

Nunca se había experimentado en el Perú una lucha dinástica con esa intensidad. La magnitud de este hecho no puede ser estimada, pero tiene dos probables desenlaces: 1) que la batalla entre hermanos sea un mal negocio para el fujimorismo, de modo que el efecto más importante consista en la reducción de su espacio social y electoral; y 2) que, repitiendo una lógica peronista, la disputa agrande el movimiento y permita el desarrollo de tendencias con desigual destino.

Por ahora, un fujimorismo único ya no es posible y es la prueba del error de las predicciones que proclamaban que la libertad de Alberto era el inicio de un brillante plan para la recuperación del poder que su huida a Chile y la extradición interrumpieron hace 10 años.

Las cosas se presentan de otro modo; Alberto no ha logrado que su libertad sea un shock recreador del fujimorismo. Al contrario, según las recientes encuestas de Ipsos y GfK, las grandes cifras le son desfavorables, a lo que se agregan otras desventuras de gran calado: no ha podido unir su legado, ni ponerse por encima de la disputa entre sus herederos.

Luego de la salida del grupo “kenjista/albertista” de Fuerza Popular, la tendencia es a la formación de un fujimorismo tradicional, orgánico respecto del pasado (el golpe de 1992 y la década de gobierno) liderado por Kenji con el beneplácito de Alberto; y otro fujimorismo, el partidario, liderado por Keiko, menos identificado con Alberto, tolerado por este y con elementos de posfujimorismo. Como en toda ruptura, sin embargo, habrá más vasos comunicantes abajo que arriba.

El fortalecimiento de una de las opciones está relacionado actualmente con las apuestas discursivas que emergen claramente. El bloque orgánico-tradicional realiza paradójicamente un giro narrativo apostando al diálogo y a la gobernabilidad, una forzada salida por el centro, una recreación del fujimorismo inicial de 1990 (el prefujimorismo), o si se quiere, una suerte de Acuerdo de Paz que no mire el pasado. Este ensayo entrará en crisis cuando se afirme que los 10 renunciantes son el apéndice del oficialismo.

En tanto, el bloque partidario persiste en el relato de “Keiko es Fujimori pero no es Alberto”, sigue apostando por la oposición, y mantiene su alianza con los sectores conservadores con el que se alió desde la segunda vuelta electoral del 2016. Aunque las cosas no están mejor: Fuerza Popular ha perdido la batalla por la vacancia y la mayoría absoluta del Congreso y está por ahora obligada a defender a PPK, discretamente, de las nuevas mociones de vacancia.

Es temprano para señalar quién ganará la disputa, aunque es obvio que Fuerza Popular tiene más instrumentos para fortalecerse (partido inscrito, bancada, aparato, discurso opositor), a pesar de lo cual, en relación a Kenji queda por dilucidar el alcance de la épica “el hijo que libera al padre”. Otro pendiente es la relación entre el partido y las masas; si nos atenemos a las encuestas recientes, Kenji/Alberto han ganado la batalla social, pero parece que han perdido la batalla por la representación formal del fujimorismo, lo que implica un reto a cada facción, para que busquen adhesiones en otros lados.

Finalmente, esta disputa pone en crisis al antifujimorismo, que no estaba preparado para enfrentar a dos fujimorismos. Ya en el pasado cercano, desde la censura a Saavedra, el antifujimorismo dejó libre su retaguardia al poner todos los huevos en una sola canasta, una estrategia que el cóctel vacancia/indulto ha dinamitado.

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