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Por qué baja Vizcarra

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JUAN DE LA PUENTE

MARZO2019

 

“Es imprescindible recordar que el presidente ha liderado un resonante triunfo de la narrativa del cambio, pero lo más importante de las reformas está por venir”.

Los recientes sondeos revelan una nueva tendencia, la caída de la aprobación del presidente Martín Vizcarra, a un ritmo que probablemente se profundice en este semestre sin que implique, necesariamente, una debacle, es decir, que se instale debajo de un tercio del respaldo ciudadano.

La primera explicación de esta tendencia es estructural, en el sentido de que el apoyo a Vizcarra se estaría sincerando, corrigiendo una alta expectativa estacional de la opinión pública luego del estallido del escándalo de ‘Los Cuellos Blancos’, en julio pasado. En esta explicación, los ciudadanos –tradicionalmente desconfiados del poder– premiaron por unos meses a un líder que con firmeza y audacia suministró salidas, enfrentándose al sistema político, pero ahora amenazan con poner nuevamente distancia entre ellos y el poder especialmente por la falta de resultados.

La segunda explicación es más coyuntural. En ella, las encuestas muestran una presidencia que mantiene una alta capacidad de maniobra, pero exigida por la política cotidiana en busca de un liderazgo distinto, o renovado, eficaz en la respuesta rápida y administración de los “nuevos” problemas, que en realidad reaparecen.

El privilegio de uno u otro enfoque no es ocioso. El primero obligaría al presidente a radicalizar su apuesta por las reformas y extenderlas al ámbito del gobierno de todos los días, en tanto que el segundo solo demandaría un buen gobierno, un reformismo muy limitado, cumplidor y pleno de gestos de marketing, sin grandes apuestas estratégicas.

Me temo que estamos más ante lo estructural que lo coyuntural. La nueva agenda pública es más plural y desafiante, pero solo en la apariencia es el resultado de la moderación de la coyuntura crítica que se cerró con el referéndum y la caída del fiscal Gonzalo Chávarry, de modo que es errada la presunción de que los peruanos exigen poco, apenas un buen gobierno, la gestión de los problemas en el terreno con el recurso humano competente.

La novedad de este cuadro es el surgimiento de una nueva oposición. No es la oposición conservadora que cuestiona la dedicación del Gobierno a la agenda anticorrupción y la contrapone a otras demandas de la gestión pública, sino una que exige la radicalización del proceso, desde la realización de una asamblea constituyente hasta la profundización de la descentralización, las grandes obras de infraestructura, y la reforma política, inclusive en un tono populista. Una parte de esa oposición se empieza a visibilizar en el sur.

Por esa razón –y no siendo la única– las encuestas también dibujan a “dos Vizcarras”, uno más aprobado en Lima, objeto de menos críticas, y otro en regiones, más presionado por demandas de larga data. Al mismo tiempo, ofrecen un escenario “cortado”, en el que la caída de Vizcarra no es capitalizada por una opción alternativa. De hecho, el puesto de líder de la oposición, la nueva y la antigua, está vacante.

Con lo anotado, es imprescindible recordar que el presidente ha liderado un resonante triunfo de la narrativa del cambio, pero lo más importante de las reformas está por venir. No todos se oponen al cambio; un grupo numerosos de peruanos exige que se hagan realidad y se amplíen.

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