La sonrisa de Keiko

 
LUIS DAVELOUIS

NOVIEMBRE2018

 


¿Cómo aparecer ante la opinión pública sintiéndose derrotada e incapaz de esbozar una sonrisa? Eso es algo que recién pudo volver a hacer hace muy poco. ¿A quién le sonreía Keiko cuando la sacaban enmarrocada? ¿En qué pensaba? ¿En quién?

Difícilmente en sus jóvenes hijas o en su esposo porque, como escribió Borges, “definitiva como un mármol entristecerá tu ausencia otras tardes”. ¿Cómo sonreír pensando en el hoyo frío y pesado que estás dejando en la vida de tu familia? No, en eso no pensaba.

Luego vino la carta con dedicatoria e instrucciones para su familia y para su partido. O lo que queda de este. Un mensaje público, como todos los gestos de la Sra. Fujimori; y estudiado, como todo lo que está concebido para ser de naturaleza pública.

Quizás la actitud inexplicable de Keiko al salir enmarrocada tiene que ver con su problema de siempre: no es capaz de percibir la realidad tal y cual esta se manifiesta o no es capaz de interpretarla de manera cabal y evalúa y decide y actúa sobre una percepción distorsionada de las cosas que –como hemos visto en más de una oportunidad y para todo efecto práctico– no son más que premisas falsas.

Ella cree algo, su círculo más cercano se lo confirma –porque adolecen de la misma distorsión– y sus congresistas periféricos (como “el amazónico”, por ejemplo) la celebran por miedo. Con todos los pareceres alineados, ella actúa.

Es difícil imaginar qué cosa motiva una sonrisa en circunstancias como la que ella estaba atravesando: enfrenta la posibilidad –poco probable, pero posibilidad al fin– de quedarse presa tres años. Aunque solo podemos especular, lo más probable, descartado todo lo demás, es que la Sra. Keiko Fujimori se ha convencido a sí misma de que mostrar vulnerabilidad ante la derrota –aunque sea parcial o momentánea– es una señal de debilidad. Y que cree, también, que si sus seguidores la ven quebrarse ya no serán tan fieles. O que sus adversarios –devenidos en enemigos en su imaginación– se sentirán vencedores, se confiarán y la destruirán. Repito, especulo.

Pero quizás por eso desapareció por meses tras el resultado de las elecciones del 2016. Quizás no lo podía manejar; quizás ese “la depresión es para los perdedores” que soltó en un balconazo fue una confesión, un acto fallido. Keiko Fujimori es, incluso para sí misma, un personaje público. ¿Cómo aparecer ante la opinión pública sintiéndose derrotada e incapaz de esbozar una sonrisa? Eso es algo que recién pudo volver a hacer hace muy poco.

Cuando, tras ocho días de prisión preliminar, el juez le dijo que se podía ir a su casa sí lloró, besó a Mark de mentira, pero lloró de verdad. Se permitió mostrar vulnerabilidad en la victoria pero solo por un minuto. Tras cada intervención aplastante del fiscal Pérez Gómez en su contra, Keiko aparecía ante los medios radiante a “informar” que su abogada había trapeado el piso con el fiscal cuando todos habíamos visto que no había sido así.

Semejante forma de pensar y ver y entender el mundo, en función de proyectar o no poder y cuánto, es muy montesinista. Ni ella ni la cúpula de FP perciben la realidad tal y como es sino como les gustaría que fuera. Todo en el fujimorismo es, de un modo u otro, interpretación auténtica: nada es lo que es, sino lo que ellos quieren que sea. Montesinos y Arberto style.

Algunas veces tienen los recursos y los medios para forzar su interpretación sobre la realidad: desde la re-reelección y la amnistía al Grupo Colina en los 90, hasta el blindaje a Hinostroza y Chávarry y la ley Mulder hace muy poco. Otras veces, no. La congresista Letona es un gran ejemplo de ese espíritu reinterpretador: por ejemplo, asegura que el chat botica es privado y político sin injerencia alguna sobre la realidad cuando todos los leímos conspirando para obstaculizar las investigaciones fiscales a su jefa llamando a los “aliados” y armando una campaña de desprestigio contra él.
Miki Torres es otro buen ejemplo: “Keiko ha sacrificado su vida por todos los peruanos” (¿en serio?). Beteta, Aramayo; si la jefa lo ordena, ninguno tiene ningún problema en jurar que el verde es rojo y actuar como si se lo creyeran. Por eso Tubino parece tan torpe a su lado, porque no puede fingir que cree que el rojo no sea rojo.

Los movimientos fascistoides son todos así. Los pseudo académicos y los académicos “no cientificistas” también. Alérgicos a la realidad que los contradiga, aunque se trate de una coma. Keiko sonríe porque no entiende lo que pasa.

 

 

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