http://utero.pe/2015/08/10/roche-cipriani-plagia-a-ratzinger-en-su-columna-de-el-comercio/

http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/4-279468-2015-08-16.html

 

 

De plagios y otras cojudeces

©

  La República

 

Cardenal Cipriani, plagios en sus columnas y

algo más que el pecar por omisión

En la mira. ABC de España, Univisión de EEUU y El Espectador de Colombia llevaron caso al escenario internacional.

En aprietos. El singular intento de justificación del cardenal Cipriani, ayer en RPP, le ha generado aún más críticas

En aprietos. El singular intento de justificación del cardenal Cipriani, ayer en RPP, le ha generado aún más críticas.

 
El cardenal Juan Luis Cipriani está de nuevo en medio de una controversia, pero esta vez no por sus polémicas opiniones   como pastor de la Iglesia Católica, sino por el presunto plagio que fue detectado por un portal web, un escándalo que llegó incluso hasta España y EEUU.
 
Pese a ese revuelo, ayer en su espacio en Radio Programas del Perú, Cipriani justificó lo descubierto por la página web Utero.pe aduciendo que "tendría que estar permanentemente diciendo: como lo ha dicho el Papa tal o el Papa cual", en referencia a las denuncias de haber copiado párrafos de la encíclica Ecclesiam Suam del papa Pablo VI y del libro Communio del papa Benedicto XVI en dos columnas publicadas en el diario El Comercio.
 
El hecho se convirtió en noticia internacional. Tanto ABC de España como Univisión, la cadena de televisión en español de EEUU, y el diario El Espectador de Colombia dieron cuenta de ello.
 
Utero.pe reveló que Cipriani copió seis párrafos del libro Communio de Benedicto XVI, mientras que José Carlos Irigoyen descubrió, por ejemplo, un segundo plagio de Cipriani a la encíclica Ecclesiam Suam, del fallecido Pablo VI.
 
En tanto, la escritora Micaela Chirif detectó que Cipriani copió partes del discurso de Benedicto XVI a la Unión de Juristas Católicos Italianos en el 2006 al escribir la homilía que realizó en las Fiestas Patrias del 2014 en la Catedral de Lima, según reporta ABC.
 
A juicio de Irigoyen con este caso, el arzobispo da un ejemplo "nefasto" a miles de estudiantes.
 
El cardenal miembro del Opus Dei reiteró sus disculpas al diario local "si ha habido una impresión de haber utilizado unas ideas, unos planteamientos, sin citar las fuentes".
 
"Si este hermano, si este cardenal, de una manera concreta pudo haber hecho una cita que no hizo, no dejemos que una estrategia de hacer daño vaya más allá", precisó.
 
Luego de que se hiciera conocido el presunto plagio y que rápidamente las redes sociales cuestionaran con dureza al cardenal, en principio Cipriani dijo que eso se debió a falta de espacio; pero apenas la empresa periodística dio cuenta de los descargos, comunicó que no volvería a publicar textos del religioso, recordó que no citar las fuentes es una mala práctica periodística, lamentó lo ocurrido e incluso retiró de su portal web dichos textos.
 
"Lamento mucho (esta decisión) porque pienso que podría haberse conversado con un poco más de confianza", respondió el arzobispo de Lima en su programa radial.
El periodista Jorge Ramos,  de la cadena Univisión, presentó un reportaje titulado "Pecado de omisión". "El cardenal peruano Cipriani es famoso por hablar claro y por enojar a muchos por sus posturas muy conservadoras, pero a esa reputación habría que agregarle ahora la de 'copión'. Un medio peruano acusa a Cipriani de apropiarse de frases y textos de dos Papas para incluirlas en sus artículos de opinión", sentencia Ramos.
 
El cardenal ha tenido opiniones duras sobre el aborto, la unión civil y ha sido criticado por interferir en el panorama político; eso le ha generado críticas en un sector de la población que hoy también lo cuestiona por practicar el cuestionado 'copy-paste'.
 

Claves

El plagio está tipificado como delito en el artículo 219 del Código Penal, que sanciona hasta con ocho años de cárcel.
 
Usuarios de redes sociales y periodistas han recordado casos de plagios sonados de otros escritores o periodistas como Alfredo Bryce Echenique o Guillermo Giacosa, los que recibieron una sanción definitiva.

 

 

Plagio, esa cojudez

 

Pedro Salinas
“Lamento que la brevedad del espacio me llevó a omitir las fuentes y reconozco este error”, dijo el purpurado Xerox para justificar su grosero pirateo. Y es que, gracias a Útero.pe y al escritor José Carlos Yrigoyen, nos enteramos de que el cardenal Juan Luis Cipriani le rapiñó unos textos a Ratzinger y a Pablo VI. Y lo cierto es que, con ese par de raterías, nos ha quedado la sospecha latente de que incluso podrían haber más latrocinios por ahí.
 
Pero en fin. Como era previsible, Cipriani, además de echarle la culpa a la falta de extensión (que, dicho sea de paso, no fue así, porque El Comercio le concedió prácticamente toda una página para su disertación sobre el cristianismo en el Perú), esgrimió que las tesis que expuso en la mencionada página eran parte del patrimonio de las enseñanzas de la iglesia católica, y, en consecuencia, dicho “patrimonio” no tendría propiedad intelectual. Tal cual.
 
Por supuesto, El Comercio, que demostró mayor dignidad y honestidad y modestia que el arzobispo limeño, lamentó profundamente, como correspondía, lo ocurrido con los dos últimos artículos de Cipriani. Y reconoció la incriminatoria evidencia.
 
Y bueno. Ya adivinarán. La reacción del cardenal fue un pelín diferente. Pues para Cipriani, la humildad, la autocrítica, el decoro y esas cosas, son palabras huecas, vacías, o carentes de algún sentido. O, en su caso, saben a farsa. Porque ya ven. Cipriani es arrogante y pedante hasta para pedir disculpas.
 
Ahora bien, sobre el asunto de fondo, para quienes leímos completito el artículo del cardenal, lo que decía era un disparate temerario y descomunal que, lamentablemente, muchos comparten en el Perú. Me refiero a la idea de que la iglesia católica y sus credos deben ejercer influencia sobre la política local.
 
“Por ello, el eje sobre el que debe girar la acción política responsable debe ser el hacer valer en la vida pública (…) el plano de los mandamientos de la ley de Dios”, subrayó, haciendo suya (robándose, o sea) una proposición de Ratzinger. Y como para darle fuerza a esta aproximación teocrática de la vida, citó algunos datos estadísticos. Que el 79% de la población opina que si los valores religiosos estuvieran más presentes en el gobierno, los peruanos estaríamos mejor. Que el 94% de los peruanos son cristianos. Que de ese 94%, el 80% es católico. Y en ese plan.
 
En buena cuenta, lo que nos quería vender el saqueador de párrafos ajenos es que, el Perú, en lugar de avanzar hacia la construcción de un Estado laico, debería apostar por un “Estado católico”, o algo así, de acuerdo a su particular lógica talibana y a su compulsiva necesidad de querer imponer sus escalofriantes creencias.
 
Estamos hablando, en resumen, de una reflexión en la que el cardenal pretendía contagiarnos sus fobias y doctrinas excluyentes y trasnochadas, para hacernos sentir que el Perú, si se descuida, podría caminar hacia una suerte de Estadolatría, en lugar de entregarse al “mensaje de Cristo”, aquel que, ya saben, interpreta Cipriani como una verdad de a puño. Como una verdad que, por lo general, apunta a restringir las libertades y/o a ejercer control sobre el sexo de los demás.
 
Porque Cipriani considera que todos, católicos y no católicos, debemos someternos a su fe, que es una fe ciega y aborregada. Para convertirnos en topos que se mueven en la oscuridad. Porque para Cipriani, la fe es como respirar; y como diría Antonio Gala, “contra la respiración no hay argumentos”.
 
Sé que estas líneas son inútiles, pues con un fanático no se puede discutir. Por la sencilla razón de que alguien como Cipriani no reconoce otras posibles verdades que no sean las suyas. Es así. Él quiere una teocracia solapada o un Estado confesional. Yo quiero un Estado laico. Él quiere que sus dogmas tengan injerencia sobre las políticas públicas. Yo quiero que se garantice la libertad individual y la libertad de decidir de las personas. Él quiere Te Deum. Yo quiero que las decisiones políticas estén separadas de la religión. Sobre todo en los ámbitos de la sexualidad, donde el catolicismo, por lo demás, siempre ha exhibido homofobia y misoginia. Y donde, si no me equivoco, nada ha cambiado.
 
Después de todo, como señala el escritor Arturo Pérez-Reverte, “la sotana ha sido durante muchos siglos símbolo de oscurantismo y reacción, con Torquemada y sus colegas”. Y es así. Pues si me apuran, les cuento que no me es difícil imaginar a Cipriani y a Torquemada, têtê à têtê, fumando Marlboros y tomándose unos piscos en El Cordano, planificando hogueras y la toma del poder.

 

La tentación de plagiar

 

Raúl Tola
La vergüenza pasada por el Cardenal Juan Luis Cipriani, luego de que el portal Utero.pe descubriera que al menos en dos artículos para el diario «El Comercio» plagió párrafos enteros pertenecientes a Benedicto XVI y Pablo VI, solo es comparable con el papelón que protagonizó intentando explicar por qué lo había hecho. En una carta publicada por el propio medio afectado, Cipriani escribió: «Lamento que la brevedad del espacio me llevó a omitir las fuentes y reconozco este error».
 
Cualquiera que haya escrito o leído alguna vez un artículo, sabe que esta es una excusa bastante ridícula, por no decir descarada. Dejar de citar a un autor no es un problema de falta de espacio, sino de deshonestidad. Basta mencionar el nombre de la fuente, e insertar el texto entre comillas. Algo parecido a lo que se hace en este artículo, con los dichos del propio Primado de la Iglesia Católica.
 
Pero tan grave como responsabilizar a la escasez de espacio por un hecho que no se le tolera a un estudiante de primaria, ha sido el intento de Cipriani de relativizar sus culpas. El Cardenal afirmó que las tesis presentadas en sus artículos eran «parte del patrimonio de las enseñanzas de la Iglesia Católica», y que ese patrimonio común de la fe «no tiene, por decirlo así, una propiedad intelectual».
 
Cipriani tendría que comprender de una vez por todas que una cosa son los principios de la Iglesia, que rigen exclusivamente a sus fieles, y otra muy distinta la leyes nacionales, que todos los ciudadanos estamos obligados a respetar y cumplir, sin excepción. Tomar un obra ajena y difundirla como propia es pura y llanamente incurrir en el delito de plagio, descrito en el artículo 219º del Código Penal Peruano.
 
Tampoco es cierto que el problema sea echar mano a las tesis de la Iglesia Católica, con la idea de difundirlas. De hecho, Cipriani puede hacerlo todas las veces que quiera, sin incurrir en ninguna falta, porque la ley no protege las ideas, sino la forma en que estas se presentan y dan a conocer. Por eso un autor puede componer una obra perfectamente original recurriendo a temas tan repetidos como el amor, la guerra o el deseo, sin incurrir en un plagio.
 
Numerosos escritores y periodistas han hundido su credibilidad, desilusionado a sus lectores o perdido su trabajo al dejarse llevar por la tentación de plagiar a otros, por pura ociosidad, soberbia o descuido. El Cardenal Juan Luis Cipriani se estrena con toda justicia en esa lista, por más que sus acólitos se desgarren las vestiduras, alcen los ojos al cielo y acusen a sus críticos de hacerlo por odiar a la iglesia. Porque en otra lista, la de los moralistas de falsa moral, hace rato que estaba.

 

 

Santos plagiarios, Batman

 

Marco Sifuentes
El señor Juan Luis Cipriani, actual Arzobispo de Lima, ha plagiado a, por lo menos, dos Papas: Ratzinger y Pablo VI. Uno de los plagios ocurrió en un artículo de este domingo, según reveló Utero.Pe, y el otro, en uno de mayo. Ambos plagios fueron publicados en el diario El Comercio, donde Cipriani es habitual colaborador.
 
Mientras tanto, el Poder Ejecutivo, en un decreto legislativo firmado por el presidente Humala y el primer ministro Cateriano, también ha cometido plagio. El plagio ocurrió en la Exposición de Motivos de nada menos que la Ley del Gobierno Stalker (o #LeyStalker).
 
Según descubrió Hiperderecho, el Ejecutivo plagió partes del  Preámbulo de la Ley 25/2007 de España sobre conservación de datos. Lo único que hizo fue cambiar el criterio del Tribunal Constitucional español por el de la Constitución peruana. Pero hay más. Según Hiperderecho:
 
“Cuatro de los cinco párrafos siguientes están copiados de un artículo del abogado colombiano Juan Diego Castañeda, investigador de la Fundación Karisma, sin atribuirle su autoría.”
 
(Por cierto, señores Humala, Cateriano y Cipriani, esas manchitas que encierran el párrafo anterior se llaman comillas y sirven precisamente para evitar este tipo de desmadres).
 
Lo más delirante del plagio de la #LeyStalker es que el texto de Juan Diego Castañeda es, en realidad, un fervoroso alegato en contra de la retención de los datos privados de los ciudadanos por parte de los gobiernos (en su caso, el colombiano): “la retención de datos es una medida de seguridad injustificada contra toda la ciudadanía, y, como lo reconoce el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, por sí misma una violación al derecho fundamental a la intimidad”.
 
Es decir, el gobierno plagia a un autor y les da a sus palabras un sentido absolutamente opuesto al original, con la única intención de perpetuar una disposición abiertamente inconstitucional. Más o menos lo mismo ocurre con Cipriani y el texto de Ratzinger (aunque eso es algo que podrían discutir mejor los teólogos).
 
¿Alguno de los involucrados en estos bochornosos casos será castigado utilizando el artículo 219 del Código Penal, que establece para el plagio una sanción no mayor de ocho ni menor de cuatro años? ¿Alguno saldrá a ofrecer –ya no disculpas– siquiera explicaciones a la ciudadanía? Y que esas explicaciones no sean, por favor, atribuirlo a un error de su secretaria (solo para que, meses después, terminen confesando que “mi secretaria era yo”, como Bryce).
 
¿Cómo pretendemos que un estudiante universitario de la generación Wikipedia entienda lo nefasto del plagio si las cabezas de su gobierno incurren en él? Ya ni se diga nada del Cardenal Copy Paste, que pretendía apoderarse de una universidad privada en la que casos como este se sancionan con la suspensión por uno o dos ciclos, como mínimo.
 
Por lo menos, existe cierta coherencia entre los autores del plagio. Después de todo, ¿por qué Cipriani debería preocuparse por pruritos morales cuando él encabeza una marcha para negarles a las mujeres derechos sobre su cuerpo? ¿Por qué el gobierno debería atender a minucias como el plagio cuando es evidente que sus cabezas sienten que pueden decidir unilateralmente qué derechos, como el de la inviolabilidad de las comunicaciones, sencillamente ya no valen?

 

El plagio de Cipriani

 

Nelson Manrique
El escándalo provocado por las denuncias del portal Útero.pe, acusando al cardenal Juan Luis Cipriani de haber copiado textualmente párrafos de la encíclica Ecclesiam Suam del papa Pablo VI y del libro Communio del papa Benedicto XVI, sin entrecomillarlos ni reconocer la propiedad intelectual de los autores, continúa. El diario El Comercio, donde se publicaron los textos cuestionados, dio cuenta de los descargos de Cipriani, lamentó lo ocurrido, anunció que en adelante no volvería a publicar sus textos, recordando que no citar las fuentes es “una mala práctica periodística”, y retiró de su portal web los artículos cuestionados.
 
¿Terminará aquí el problema? Es difícil, porque el examen de conciencia que monseñor Cipriani viene ofreciendo adolece de serios vicios, que no se limitan a una justificación tan pueril como que no puso comillas porque no le alcanzó el espacio. En la carta que inicialmente envió a El Comercio Cipriani reconoció haber utilizado ideas ajenas sin citarlas: “Lamento que la brevedad del espacio me llevó a omitir las fuentes y reconozco este error”. Como justificación alegó que las enseñanzas de la Iglesia no tienen propiedad intelectual: “Este patrimonio común de nuestra fe no tiene, por decirlo así, una propiedad intelectual, pero es habitual y correcto citarlos para una mejor comprensión” (El Comercio 12 de agosto de 2015, http://bit.ly/1E0EaU4). 
 
Es importante hacer una precisión. El plagio no alude a las ideas (el “patrimonio común” al que alude Cipriani), que son de libre disposición, sino a la forma de expresión de estas. “Lo que sustrae el plagiario es la originalidad, la forma de expresión, la impronta del autor original” (Gonzalo del Río Labarthe y Juan Astocóndor Valverde: “El Plagio: delito contra el derecho de autor”, http://bit.ly/1HSgH2t). Y el plagio no es sólo un pecado (“No robarás”) sino un delito claramente tipificado: “Será reprimido con pena privativa de libertad no menor de cuatro ni mayor de ocho años y noventa a ciento ochenta días multa, el que con respecto a una obra, la difunda como propia, en todo o en parte, copiándola o reproduciéndola textualmente, o tratando de disimular la copia mediante ciertas alteraciones, atribuyéndose o atribuyendo a otro, la autoría o titularidad ajena” (Código Penal, Artículo 219).
 
El inicial reconocimiento en El Comercio de su “error”, el 12, fue abandonado por Cipriani tres días después en su programa radial “Diálogo de fe”, en RPP. Ahora atribuyó el problema a una mala percepción de sus lectores, ofreciéndoles disculpas de carácter condicional: “si ha habido una impresión de haber utilizado unas ideas, unos planteamientos, sin citar las fuentes” (el énfasis es mío). 
 
Otra dimensión de la cuestión ha sido abierta por el propio Cipriani al puntualizar en su intervención radial que él es doctor en Teología. El doctorado no es, como suele utilizarse, un apelativo de cortesía sino un elevado grado académico, que trae reconocimiento social pero a su vez entraña serias responsabilidades. La primera obligación de un doctor es la honestidad intelectual, y el atentado más grave contra ésta es el plagio. Varios académicos vieron truncada su carrera ahí donde se comprobó que habían plagiado textos de sus colegas. Ante esto no se puede invocar el “espíritu deportivo” que propone Cipriani, para seguir la vida hacia adelante. 
 
Esto plantea un problema delicado a la Pontificia Universidad Católica del Perú. De acuerdo a sus estatutos, el arzobispo de Lima ostenta el cargo de Gran Canciller de la Universidad y en esa condición Cipriani es autoridad universitaria. En la PUCP se sanciona severamente la deshonestidad intelectual y los alumnos sorprendidos plagiando son castigados con un semestre de suspensión la primera vez y pueden ser separados definitivamente de la universidad si reinciden. Las sanciones son mayores en el caso de los profesores, y eventualmente de las autoridades, y más de uno fue obligado a renunciar cuando se comprobó esta falta. Está por ver qué sucederá en el caso Cipriani.
¿Cómo reaccionará la Iglesia? Se ha citado un precedente cercano. En diciembre del 2012 el Papa Benedicto XVI citó ante la Curia romana un ensayo que criticaba el matrimonio entre parejas del mismo sexo. El autor del ensayo era Gilles Uriel Bernheim, Gran Rabino de Francia, considerado una autoridad en el tema. Poco después se denunció que Bernheim había plagiado un texto de Joseph-Marie Verlindre, robando además frases de otros autores. Aunque inicialmente Bernheim quiso aferrarse a su cargo, la presión de la comunidad judía francesa lo obligó a renunciar (“¿Ejemplo para Cipriani? El caso de un Gran Rabino que renunció por plagio”, http://bit.ly/1E0w3Hb) .


 

La opinión del autor no coincide necesariamente con la de Jornal de Arequipa

 

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