¿Feliz 28? La náusea antipolítica

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  Claudia Cisneros

 

 

 

 

 

“Y si hay que arar el tiempo para llegar a tus entrañas, por ti, lo hago. Tierra entre las tierras, dulce-amarga, ají panca, maíz morado, partículas en suspensión. Estrujas bocanadas bicolor. Te aprietan oro, sangre y dolor. ¿Cuándo te amé la primera vez?” (Médula Patria).


Vivimos una patria descaminada. A punto de llegar a otro aniversario que manda la historia protocolar: ¿celebración, fiesta, algo que festejar? Perdonen el vacío de ánimo pero marchamos al cadalso. Nos acercamos a los 200 años de ¿qué independencia? La de la monarquía española, sí. Pero si somos honestos con el horizonte político actual, descarnadamente hay que decir que la política está secuestrada por truhanes de saco y corbata. Pero no erremos el juicio. Ellos no son en verdad políticos, solo se aprovechan de la política para ganarse malamente la vida, para robarnos, destruir nuestras posibilidades como nación, se burlan del pueblo con sus encuestas de votos e intención, con su marketing felón. No erremos en el juicio porque esos que se hacen llamar políticos, en verdad no lo son. Han estropeado el significado de la palabra política, la han vaciado de su contenido. La han vaciado y viciado. La han contaminado, deformado. Y ya es tiempo de que nos reapropiemos de ella. Porque hacer política es que a uno le importen los demás, que a uno le importe el colectivo. Que le importe para la comunidad, lo justo, lo equitativo, lo democrático representativo y participativo.

No debemos seguir admitiendo que se les califique como políticos a quienes esconden tras sus fachadas de democracia evidentes intereses personales y particulares. A quienes solo muestran desdén y desprecio por el bien común, evidente angurria de poder, de estatus, de estabilidad económica personal en perjuicio de aquellos a quienes deberían servir, cuidar, proteger, hacer crecer.

Una casta de aprovechados que se cree egregia, selecta, iluminada. Cuando son en verdad depredadores, caníbales indolentes y usurpadores, dispuestos a comerciarlo todo, hasta nuestras propias vidas, por su enfermiza ambición. Y a eso ellos quieren llamarle política. Y eso es lo que se esfuerzan por hacer creer al pueblo: que es política. ¿Quién quiere nadar en el estiércol político que con tanta fruición ellos han emanado? ¿Cuándo los bajaremos de nuestra nave Perú?

Porque no es política dar un buen discurso, si sabemos que miente. No es política justificar los medios ilegales y lesivos por un supuesto “buen” fin. No es, en verdad, política hacer alianzas que corrompen, que degradan instituciones, que rebajan la democracia. No es político el que roba con la excusa de hacer obras, o mata con la excusa del perro del hortelano, o indulta narcos escudándose en la superpoblación carcelaria. Tampoco es política la que sigue defendiendo a un corrupto, ladrón y asesino. Ni el que tiene serios problemas en mantener dos verdades al hilo. Tampoco es político ese que se esconde tras el disfraz de abuelito de cuento cuando es en verdad un lobo lobbysta listo para entregar el país en concesión al mejor postor de su wallet.

No es ser político, ni hacer política eso. Eso es aprovecharse de la política, depredarla para sus fines particulares. Eso es ser buitres de traje, bien hablados, mudos o sonrientes. Eso es no querer nada al país, es despreciarnos, es utilizarnos. Basta de calificar a estas gentes como políticos. Son la antipolítica, todo lo que la política no debería ser. Son decadencia.

Ad portas de cumplir 194 años de liberarnos del dominio español, perdonen la tristeza patria. Sé cuán grande es nuestro suelo, nuestro pueblo, cuán grande puede ser nuestro futuro. Pero si seguimos dejándole el espacio -que nadie quiere ocupar por no nadar en su obscena hediondez- a los que hoy se hacen llamar políticos (y presidenciables), seguiremos mirando nuestro futuro posible a través de sus esfínteres. Por todo lo que nos falta, por todo lo que le debemos a la patria, por todo lo que espera de todos y todas nosotr@s, más bien por eso celebraré este 28.

 

La opinión del autor no coincide necesariamente con la de Jornal

 

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