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Cómo empezó el engaño: miedo y asco en la historia reciente del mundo

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JORDI COROMINAS I JULIÁN

MAYO2019

 

 

Josep Fontana (Barcelona, 1931- 2018) fue un historiador anómalo, maestro de maestros y muy comprometido con la sociedad a través de un claro vínculo cívico, malentendido estos últimos años como consecuencia del Procés. Ahora la editorial Crítica publica el que, sin duda, puede considerarse como su testamento en forma de libro, 'Capitalismo y Democracia', con un subtítulo revelador: 'Cómo empezó este engaño'. El engaño, por si aún no lo han deducido, es el sistema definidor de Occidente a lo largo de las últimas centurias, acomodado de nuevo en dinámicas perniciosas para la inmensa mayoría tras la caída del muro de Berlín, con la siempre más creciente desigualdad entre los estamentos privilegiados y la ciudadanía, constituyéndose la redistribución de la riqueza como principal caballo de batalla en nuestro siglo.

Fontana compara ambas etapas a partir de una situación inicial poco comentada por la historiografía canónica, de claro matiz burgués. Según la misma la primera Revolución Industrial surgió desde arriba mediante la contribución de los savants, esos hombres de ciencia y progreso casi milagrosos en su misión de enarbolar un edificio en claro contraste con el inmóvil universo de la aristocracia. En el volumen, muy didáctico pero con ciertas lagunas explicativas, se argumenta la trascendencia del campo con sus mejoras agrícolas y el equilibrio del mundo artesano, un laboratorio experimental a la búsqueda de mayor productividad, no en vano las primeras hiladoras y lanzaderas fueron concebidas para sacar pleno rendimiento del trabajo familiar.

'Capitalismo y democracia'. (Crítica)
 
'Capitalismo y democracia'. (Crítica)

 

 
 

Esta iniciativa desde abajo tenía un claro trasfondo político al relacionar la evolución con un conocimiento directo a través de la práctica, algo reflejado sin ir más lejos en la célebre enciclopedia de D’Alembert, donde las artes y los oficios forman parte del título. Estos avances menestrales asimismo se plasmaron en la invención de objetos complejos, como la aguja de coser, logrado tras dieciocho operaciones diferentes antes de entrar en el comercio. Por su parte Adam Smithargumenta en 'El crecimiento de las Naciones' cómo el aumento de la productividad iba íntimamente asociado a la división del trabajo y a la especialización del mismo, visible también en la formación de Trade Unions, futuros sindicatos y en su génesis asociaciones de oficios, a posteriori prohibidos por la legislación del Reino Unido, donde, para romper con este desafío, se quebraron las tierras comunales a favor de los terratenientes, provocándose un éxodo rural para sentar las premisas del proletariado.

El miedo a otra Revolución

El afán de narrar la Historia desde un hilo determinista para aupar lo inevitable del capitalismo ha cuajado en nuestro imaginario desde una deliberada omisión de detalles. Fontana se recrea en unas páginas admirables, casi una novela con datos contrastados, en torno al Congreso de Viena, episodio mitificado como el retorno del Antiguo Régimen tras el supuesto caos de la Revolución francesa y la epopeya napoleónica. El miedo al Emperador era puro pavor a no retomar el control y perder un modelo denegado en el Hexágono, donde el mantenimiento de los pequeños propietarios rurales y su apoyo a la causa del Corso, clave para comprender su triunfal regreso desde la isla de Elba, eran la prueba fehaciente de otro paradigma socioeconómico muy distante del británico, sacudido a principios del siglo XIX por el Ludismo, reacción contra la imposición de una esclavitud simbolizada en la fábrica. De hecho mediciones antropométricas demuestran que durante los primeros cuarenta años del Ochocientos las zonas más industrializadas del Viejo Mundo vieron menguar la estatura de la población de los estratos con menor potencial adquisitivo.

 

El Congreso de Viena
 
El Congreso de Viena

 

Con relación a los años de dominio galo en Europa, Fontana -quizá porque no es el tema de su ensayo- obvia la idea de una unidad del Continente a partir de las premisas de la Ilustración y, por lo tanto, entre la sabiduría letrada y una cierta armonía de la burguesía con el campesinado, agitado desde Cádiz hasta Varsovia durante el periodo posterior a los acuerdos del gran encuentro entre monarcas celebrado en la ciudad austríaca y no sólo por ese 1816 sin verano, legendario desde lo banal por el descenso de temperaturas y una noche de estío en el Lago Leman, fundamental para uno de tantos nacimientos de la Modernidad entre vampiros y 'Frankenstein', el moderno Prometeo.

La importancia del Congreso de Viena para el futuro radicó en la clara delimitación entre grandes y pequeñas potencias. Las primeras, como Prusia, Rusia, Reino Unido, Francia y la Corona Haubsbúrgica mantendrían la hegemonía hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial, sin ser discutidas en su posición, forjada a priori por una alianza centrada en impedir cualquier atisbo contrario a posiciones absolutistas, como cuando en 1823 los Cien mil hijos de San Luís terminaron en España con el trienio liberal para mayor gloría de Fernando VII, uno de tantos reyes de territorios irrelevantes para el devenir de los acontecimientos.

El general Marmont resumió así la Restauración: "Están perdidos. No conocen ni el país, ni el tiempo. Viven fuera del mundo y del siglo"

Pese a esta supuesto entendimiento el relato no fue tan unánime como se ha esgrimido con demasiada frecuencia. Un orden viejo nunca puede regresar calcado a su versión anterior y, además el tiempo iba acelerándose a ritmo vertiginoso para proponer otros parámetros. En este sentido Inglaterra llevaba navegaba en otra dimensión tanto por el éxito de sus compañías comerciales de ultramar, embrión de las colonias, como por el desarrollo de su industrialización. El resto de gigantes aún vivían en una galaxia repleta de fantasmas, como la misma Restauración, un anacronismo simbolizado por la monarquía borbónica, empecinada en prorrogar sus prerrogativas con los oídos sordos ante el empuje de una sociedad en plena ebullición. El general Marmont lo resumió mejor que nadie en vísperas de las tres jornadas gloriosas de 1830: “Están perdidos. No conocen ni el país, ni el tiempo. Viven fuera del mundo y del siglo.”

Símbolos, manifiestos y capitales

En mayo de 1830 Carlos X, de escasa capacidad intelectual y ultramontano en lo religioso, aprovechó unos planes proyectados por Napoleón I y mandó una expedición para hacerse con Argelia. La ausencia en julio de este cuantioso contingente de la armada gala facilitó el derrumbe de la monarquía cuando en julio una serie de medidas represivas sacudieron las calles, con los sublevados amparándose de arsenales de pólvora para expulsar a un monarca pasivo hasta los topes mientras París ardía por la acción de albañiles, carpinteros, zapateros y mujeres pletóricas en la construcción de barricadas. Estos héroes fueron los grandes perdedores del derrumbe de Carlos, con el abrazo de La Fayette y el duque de Orleans como colofón de la conclusión de la comedia o rúbrica del pacto entre la burguesía y la corona con el fin de cambiar todo para no alterar nada.

 

Eugéne Delacroix, 'La Libertad guiando al Pueblo'. Óleo sobre tela, 1830

Eugéne Delacroix, 'La Libertad guiando al Pueblo'. Óleo sobre tela, 1830

 

Fue entonces cuando surgió el proverbio cuando París estornuda, Europa se constipa. La onda expansiva surgida de la ciudad de la luz afectó a Bélgica, independizada de Holanda, Polonia, cautiva de Rusia, e Italia, donde Giuseppe Mazzini fundó la Joven Italia y plantó el estandarte del camino hacia la unificación, sólo culminada en 1870 tras la entrada de las tropas piamontesas en Roma y la fuga de Pío IX.

Inglaterra se mantuvo ajena a esta secuencia. Su reino no era de este mundo, y lo mismo podía decirse de los Estados Unidos de América. La coincidencia anglosajona no es en absoluto casual. Los primos lejanos privilegiaron la acumulación de productos de interés global como el té, el algodón o el azúcar para apuntalar concentraciones comerciales mediante distintas formas de esclavismo. Los británicos se vieron conminados a expediciones a lugares remotos, como la China de las dos guerras del opio, para controlar con mayores garantías los mecanismos y los materiales productivos, dominados en las barras y estrellas con la explotación de la raza negra para conseguir grandes beneficios en las plantaciones.

Los primos lejanos anglosajones privilegiaron la acumulación de productos de interés global mediante distintas formas de esclavismo

Por otra parte Inglaterra tenía muchos ases en la manga. Desde hacia demasiado tiempo había apostado por reducir el derecho a voto a una minoría selecta, y lo mismo hicieron sus contendientes europeos. En Francia el teórico triunfo de la revolución de 1830 se tradujo en sufragio censitario, prédicas para el enriquecimiento de unos pocos y nulos beneficios para los más desfavorecidos. Este caldo de cultivo se desbordó en 1848, cuando la unión de una crisis económica galopante, precariedad de cosechas e inmovilismo político generó un vendaval conocido como la primavera de los pueblos, con brotes iniciales franceses propagados a otras latitudes con anuncios fallidos de un mañana muy nacionalista y poco obrero.

Si esto fue así se debió a la inexistencia del proletariado, y de poco sirvió entonces el Manifiesto Comunista de Karl Marx y Friedich Engels, visionario y acertado en la lucha de clases como motor de los eventos, pero erróneo en las apreciaciones de su presente. La esperanza latió durante unos meses en Francia, donde de febrero a julio la segunda República pareció aspirar a la concordia entre trabajadores y burgueses con el experimento de los talleres nacionales, ilusión cancelada durante el verano y muerta del todo en diciembre, cuando las elecciones presidenciales encumbraron a Luis Napoleón Bonaparte, sobrino del original y mucho más significativo por su cometido. Tras tres años de simulacro reforzó su posición con un golpe de Estado el 2 de diciembre de 1851, como si así quisiera homenajear a su tío, autocoronado y vencedor de Austerliz en esa misma fecha, repetida en 1852 para inaugurar el Segundo Imperio. Como dijo Alejandro Dumas la diferencia entre ambos era diáfana. Mientras uno conquistaba capitales el otro tomaba los capitales. En Inglaterra los cartistas, con sus peticiones de sufragio universal, renovación anual del parlamento y el sueño de diputados eximidos de ser propietarios , sucumbieron pese a congregar centenares de miles de personas en las plazas. Así, según Josep Fontana, empezó la senda hacia nuestro hoy, antes como una gran tragedia, ahora como una inmensa farsa.

 
 

 

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