La China Tudela y la doble moral de la derecha peruana

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TOMADO DE CARETAS

 

 

 

 
  ‘La China Tudela’ es una caricatura de un sector de la ‘clase alta’ peruana, una sátira de obvio contenido político donde el autor (Rafo León) utiliza frases molestas para sus destinatarios. Sin embargo, ¿los moralistas de ahora dijeron o dicen algo acerca de las groserías de Aldo Mariátegui contra los izquierdistas seguidores de su abuelo? Peor aún ¿Dicen algo del lenguaje coprolálico utilizado por Philip Butters contra las tribus amazónicas o los lgtb?

 

 

Reporte Desde El Baño De Damas

Lorena Tudela Loveday

 

Mira, cholita, ya decidí que me tiene sin el menor cuidado la visita del papa argentino ese y su famosa misa multitudinaria que yo puedo imaginar que será una merienda de afros, para decirlo a lo políticamente correcto. Y te explico por qué: seamos sinceras, reina, nadie que yo conozca va a estar en esa misa, ya sea que se celebre en la Costa Verde, en la base de Las Palmas o en el coño de la Bernarda. Ergo, si mi tribu no estará presente, pucha, no hay por qué sufrir, un principio elemental común a las seis cunas de la civilización: Mesopotamia, Egipto, China, India, Mesoamérica y los Andes Centrales, aunque por acá haya habido un poquito de exageración, yo sé que tú me entiendes. Pero, chola, que yo sea indiferente a la misa papal no significa que también lo sea antropológicamente al hecho. Es que, hija, yo tengo una informante que trabaja como limpiadora en el baño de mujeres del Congreso y cómo te explico que por cien soles a la semana viene a mi casa y ahí en la cocina me chismea sobre todo lo que ve y escucha haciéndose la que trapea, mientras las madres de la patria hacen pichi, pupú y algunas hasta se lavan las manos. Bueno, me ha contado la Tarsila que desde hace una semana las doñas no hacen sino intercambiar información sobre lo que se van a poner para la misa de Papapancho y te lo juro que el asunto es un ácido con su ayahuasca más. La Luz Lomo Saltado, por ejemplo, que pasa de seriecita, ha contado que se ha mandado a hacer donde una tal Jacqkeline Pariona Outfit un chachá negro de seda plástica de dos piezas, saco y falda, pero que para poder ponérselo entre ahora y enero de 2018 va a tener que bajar treinta kilos. La Chacóncha, que es buenísima, al escucharla, desde el privado donde hacía “del cuerpo”, chilló: “Lucecita, mejor cámbiate de costurera porque vas a gastar tu plata por gusto… juajuajajuajua!” Ya después cuando salió del WC, la enrulada congresista contó que ella iba a ir de negro también pero con falda de tajo por si algún purpurado arreola se animaba. La verdad que esto último no lo entendí, cumplo simplemente con consignarlo. Lo que sí, también comentó que se iba a poner sombrero, “con ese velito sobre los ojos, como las putas francesas”, porque le parecía el no va más de la elegancia sobre todo combinado con su collar de tres vueltas de perlas imitación Mikimoto que son igualitas. ¿A qué? Nunca lo definió. Muñeca de Migajón, doña Rosita, ha elegido el blanco total, lo que me parece un desatino porque como ella es color yuca pelada, una tenida alba la va a hacer parecer un fantasma, y cuando la Miraseno le hizo ver que con ese color de piel le quedaría regio un rosado chicle, Muñeca respondió que lo que ella busca es que el papa piense que es su ángel de la guarda que lo viene a proteger a este país donde nunca sabes si te están asaltando o haciendo el amor, cómo te quedó el ojo. Bueno, pero una vez en lugar de hablar sobre sus tenidas se pusieron a rajar de las de los caballeros que conforman su bancada. La Potoborgo, o algo así, que parece que es cherry de Imbecerril, soltó que este iba a ponerse un terno celeste granadero, con mocasín, media blanca y corbata tornasol pejerrey. Por su lado una congresista que es analfabeta total y no me acuerdo de su nombre, dio la primicia de que Cagarruta está desesperado todos sus ternos están rasgados por adentro de las mangas, qué quieres que te diga. Salaburro, según otra de las tamalonas, que se las da de VIP trujillano, va a vestirse de chalán e intentará meter un caballo de paso al sagrado recinto, y todas se empezaron a cagar de la risa de imaginar que el chalán, que es bien culón, iba a terminar sembrando un zapallazo en suelo consagrado. En fin, cómo te explico que en lo que sí coincidían es en la cantidad de bocaditos que se van a llevar en sus tápers la noche de la recepción en la Nunciatura. Una tal Anaculo, que creo que es iqueña, remató la sesión diciendo, “ojalá haya butifarritas con harta cebolla que a mi marido, que es comandante, le encantan”. Regio, ¿no? Chau, chau. (Rafo León)

 

Dos respuestas de

   

 

La China c’est moi, por Francesca Denegri
"El problema es que la China se quedó congelada en el tiempo y su lenguaje no cambió al ritmo que la sociedad le exigía". "La pregunta es si podemos acusar de racista a Rafo León, autor precisamente de un personaje que caricaturiza a una mujer discriminadora, tan clasista como racista, para mofarse de ella".
Poco importa si Flaubert dijo o no dijo “Madame Bovary c’est moi”, lo que interesa es que sus lectores están convencidos de que se buscó a sí mismo en su personaje, y que tal vez se encontró en él. El novelista escribió acerca de su particular capacidad para entrar debajo de la piel de Emma, hasta el punto de sentir miedo frente a la posibilidad de envenenarse con el arsénico que ella tomara para matarse. Emma Bovary no era real, pero la crisis de identidad que vivió el autor en el proceso de su creación fue tan intensa que las fronteras con el personaje terminaron borrándose y así fue como la frase “Emma soy yo” pasó a la historia.
El asunto de la lectoría es fundamental para entender lo que hoy está pasando con la columna de la China Tudela. En los noventa no era tan difícil lograr que el lector promedio de “Caretas” se riera a costa del “jalado con modales agropecuarios” y “vista de rendija”, o del “Wantán Mayor” y su “mancha amarilla”, como se refería la China al patriarca Fujimori y a su entorno en Palacio. Ello porque el Perú de entonces era acaso tan racista como el de hoy, pero con la diferencia de que tenía apenas conciencia de su racismo. Hoy, en cambio, son bastante menos los lectores que se animan a celebrar el chiste de la “porcina ojos jalados”, no solo porque deploran la ofensa, sino también porque hay conciencia del daño que este mal endémico causa en el tejido social del que todos somos parte. El problema es que la China se quedó congelada en el tiempo y su lenguaje no cambió al ritmo que la sociedad le exigía; y como sabemos, no hay texto sin lector, o mejor dicho, al texto lo hace la lectora o el lector.

La prueba del cambio operado en el país está en las denuncias y sanciones contra personas de carne y hueso como Butters, y personajes cómicos como la Paisana Jacinta o el Negro Mama; también contra ciudadanos ampayados en el banco o en el aeropuerto en pleno ademán discriminatorio que son grabados y denunciados en las redes ante la indignación de muchos. No es exagerado decir que hoy hay una masa crítica de peruanos y peruanas de todas las generaciones y grupos sociales, pero sobre todo de jóvenes que están dispuestos a combatir el racismo en los colores y texturas en que este se presente. Entre ellos habrá también más de un sanisidrino que va a Asia como la China, a quienes la columna de marras ya no les causa tanta gracia como a sus padres.
La pregunta es si podemos acusar de racista a Rafo León, autor precisamente de un personaje que caricaturiza a una mujer discriminadora, tan clasista como racista, para mofarse de ella. En “Dueño de nadie”, su columna semanal, León escribe con aprecio acerca del humilde vigilante lector, del alcalde de Motupe o de los devotos de la Cruz del Chalpón, gente que se debe a sus pueblos y que él conoce gracias a sus viajes para el programa que conduce en la televisión. Sin embargo, el asunto se complica con las publicaciones en su página de Facebook, donde expresa con el mismo desdén que la China, y una dosis de malhumor, su impaciencia frente a la clase emergente “que toma Frugos”, se corta el pelo al rape y trabaja en locales apestosos. Así, lo que es aprecio por los peruanos pobres diseminados en el interior del país, parece convertirse en irritación cuando estos pasan a ser vecinos suyos.
Tal vez haya razones para pensar que con los años al autor de la polémica sátira se le hace difícil mantener la distancia con su personaje, como algunos lectores en las redes lo sugieren. Pero si los lectores de Flaubert se identifican hoy con lo de “Madame Bovary c’est moi” porque los dilemas morales de su heroína son también los propios, no podríamos decir lo mismo de “la China c’est moi”. Puede ser que su autor hable cada vez más como su personaje, pero el hecho es que con sus lectores parece que sucediera precisamente lo contrario.

 

China, no me vengas con cuentos, por Andrés Calderón
"Si queremos proteger la libertad de expresión, hay que defenderla también de quienes abusan de ella". "No creo que alguien ponga en duda la naturaleza satírica y ficticia de las narraciones de la China Tudela, pero con su insistencia en ofender veladamente a las lideresas del fujimorismo ya nos mostró el fustán".
“China te cuenta que…” es la columna semanal que publica Rafo León en la revista “Caretas”. Una sátira de la vanidad, clasismo y racismo de la clase alta limeña personificada en la ‘China’ Lorena Tudela Loveday.
Desde hace un tiempo, sin embargo, la China ya no solo nos invita a burlarnos de ella, sino también de otros personajes, con calificativos e insultos que poco hacen por motivarnos a la reflexión. Hace tres meses hizo una alusión a Keiko Fujimori como la “porcina ojo jalado”, que le valió los justificados reproches de políticos de todas las tiendas y diversas personalidades mediáticas. Incluso, el Ministerio de Cultura publicó un comunicado en el que rechazó los calificativos en la columna de León, aunque reconoció que se trataba de una sátira política, y sin aclarar si podría corresponder o no una sanción estatal por la afrenta racista.
Hace unos días, la China insistió (en su columna del 5 de octubre) con lanzar agravios de índole físico y sexual a representantes del fujimorismo. Si la sátira tiene un propósito de crítica social, no entiendo cómo extraerlo de expresiones como “Luz Lomo Saltado”, que tiene que “bajar treinta kilos”, o “La Chacóncha” vistiendo una “falda de tajo por si algún purpurado arreola se animaba” o usando un velo sobre los ojos “como las putas francesas”. Alguien podría decir que lo que se busca es mostrar la banalidad y vulgaridad de las preocupaciones estéticas de la gente a la que representa la China Tudela, pero eso suena más a cuento chino; una coartada para gastar oprobios gratuitos a políticos que desagradan al autor, con el agravante de imponer o reforzar, a través del insulto, estereotipos físicos o sexuales sobre las mujeres.
Dicho esto, no creo que lo realizado por León sea ilegal. La sátira, la parodia y otros recursos humorísticos son necesarios en una sociedad democrática que defiende la libertad de expresión (incluso la que ofende), y su licitud se mantiene en la medida que queden dentro del ámbito de la crítica subjetiva, es decir, que no presenten sus afirmaciones como verdad, como sucesos que realmente ocurrieron, pese a saber que son falsos.
El caso emblemático de la parodia en el ámbito mundial es el de Larry Flint y su revista “Hustler”, enjuiciados por publicar un póster que parodiaba un anuncio del licor Campari que incluía el supuesto testimonio del reverendo Jerry Falwell, confesando que borracho tuvo un encuentro sexual con su madre. A pesar de la gravedad (y mal gusto) de lo que mostraba el anuncio, la Corte Suprema de EE.UU. resolvió que la parodia del personaje público era lícita, en tanto era evidente que ninguna persona razonable la tomaría seriamente.
No creo que alguien ponga en duda la naturaleza satírica y ficticia de las narraciones de la China Tudela, pero con su insistencia en ofender veladamente a las lideresas del fujimorismo ya nos mostró el fustán. Y aunque legalmente no hay ni debería haber represión (un control estatal de qué puede ser objeto de sátira o parodia crearía un riesgo inconmensurable de censura), moralmente sí. Y las instancias de la autorregulación deberían tomar cartas en el asunto, añadiría yo. Como he señalado antes, si queremos proteger la libertad de expresión, hay que defenderla también de quienes abusan de ella.

 

 

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