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Muhammad Alí, un superhéroe de verdad

©

Roy Chaderton Matos

 

 

 
 

 

¿Cómo hizo Cassius Clay para no sucumbir ante tanto poder mediático racista y devenir en Muhammad Alí en el apogeo de su rebelión personal?


Cada vez que he visto imágenes de marines desembarcando y ametrallando gente en República Dominicana, en Panamá o Grenada, achicharrando niños vietnamitas con napalm, torturando prisioneros iraquíes en Abugrabi u orinando sobre cadáveres de guerrilleros musulmanes en Afganistán, ¿micción cumplida?, me pregunto hasta qué punto, ellos, mas allá del entrenamiento y el adoctrinamiento, han sido condicionados por la cultura de superhéroes inducidas desde la niñez en la mente indefensa de los niños estadounidenses a quienes desde la más temprana edad se les impone un muestrario cultural de personajes súper poderosos y por supuesto invencibles que representan bajo diversas formas o caracteres un orgullo nacional imperial blanco.

Para muestra mejor varios botones: Superman, un personaje del lejano espacio sobreviviente de la desintegración de un planeta y caído como bebé en una cápsula sobre trigales del medio oeste norteamericano; personaje de pura fuerza física, rodeado en su anonimato de colegas periodistas mediocres cuando se identificaba como Clark Kent, quien al desnudarse apresuradamente en una cabina telefónica mostraba un mugroso calzoncillo rojo puesto sobre los pantalones porque su mamá, al salvarlo de Kryptón, no tuvo tiempo de enseñarle que van por dentro. Batman, un “papeado” gorilón típico clase media alta, disfrazado de murciélago que tenía como asistente a un obediente efebo en su lucha contra el mal. Un mago llamado Mandrake, de bigotìn y peinado engominados, vestido de frac a toda hora, que sostenía una relación asexuada con una atractiva señora Narda, acompañado por un grandulón escolta africano, semivestido y descalzo, con camiseta de piel de tigre, de nombre Lotario. El Fantasma residente de la cueva de la calavera en el centro de África, vestido de morado, ciento por cierto poliéster, en esos sofocones de la selva congolesa, apoyado siempre por su obsequioso asistente, un pigmeo africano llamado Guràn y una lejana novia de nombre Diana Palmer súper ejecutiva en los cuarteles generales de la CIA, en Langley, Virginia, con la cual procreó dos carricitos, a cual más catiritos. Uno de los más populares, Tarzàn de los monos, bebé superviviente también, en plena selva africana donde recibió su educación entre simios y paquidermos, y que al final consiguió una novia inglesa con quien volaba de liana en liana, de una ribera a otra del río Congo sobre la frustrada y voraz mirada de los cocodrilos locales. Hay una súper heroína, La Mujer Maravilla, parecida a Maria Corina Machado, pero con súper poderes. El Llanero Solitario, vaquero invencible sobre un caballo blanco, siempre acompañado por su sirviente un indígena apache llamado Toro (en español) pero cuyo nombre en el original inglés es Tonto (sic). El último que se me ocurre ya no es un murciélago sino El Hombre Araña, un personaje algo insalubre que deja todo empegostados a los ventanales de la gran metrópoli por la saltadera de un rascacielos a otro, con sus pies y manos viscosas.

¿Cómo hizo Cassius Clay para no sucumbir ante tanto poder mediático racista y devenir en Muhammad Alí en el apogeo de su rebelión personal? La explicación es simple, un personaje de alma pura y guerrera surgido de la pobreza y la discriminación racial con un coeficiente intelectual superior y un sentido del humor aplastante. Posiblemente haya sido el mejor boxeador de la historia; parecía flotar sobre el ring y descargar cañonazos en cada puño. Destinado a ser millonario optó por la cárcel y retorno a la pobreza para negarse al reclutamiento forzoso que lo habría obligado a asesinar vietnamitas, seres humanos de tierras lejanas que él no conocía. Fue el más grande de todos y aún pudo regresar al boxeo después de varios años detrás de las rejas. Se mofaba del racismo blanco de su país, se mofaba del Dios Blanco, la Casa Blanca y de todo lo blanco excluyente, símbolos de poder que no aceptaba. Imagino que llegó a conocer, por muy anterior a sus tiempos, la versión cantada del poema “Angelitos Negros”, de un súper héroe popular venezolano, Andrés Eloy Blanco, interpretado por la cantante afro estadounidense Eartha Kitt. ¿Cómo entonces no sentirme conmovido y solidario con el pueblo estadounidense no racista ni fascista ante su ascensión al Cielo de los auténticos Súper Héroes donde seguramente lo estarán esperando Abraham Lincoln y Martin Luther King?

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